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Entrevista a José Luis Santos Rodrigo, payaso tradicional
Reportaje - 06/11/2019 - José Luis Santos durante una actuación. Foto: Jesús M. Atienza.

Marcel Barrera - José Luis Santos Rodrigo representa la esencia y el alma del payaso tradicional. Séptima generación de artistas, se pone maquillaje que aguanta funciones y más funciones, presenta hilarantes entradas clásicas como el agua, toca pasodobles con el saxo y tiene esa gracia innata y natural que siempre consigue sacar una sonrisa a un burgués o a un proletario. No hay clases para estos payasos. Después de 24 años recorriendo circos europeos, la temporada 2018/2019 volvió a España para actuar en el Circ Històric Raluy y el Circo Rosa Raluy con la carablanca Giulia Azzario y el contraaugusto Quique Riquelme, con quienes forma el trío José Michel Clowns. Nació en un pequeño pueblo minero de Asturias, en Sotrondio, y junto con su mujer, Giulia Azzario, tienen dos hijas que también se dedican al circo: Quincy y Katie. En su caravana, instalada cerca del campo de fútbol de L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), nos explica con pasión qué significa ser payaso y ponerse cada día unos zapatotes.

¿En qué momento cree que está como payaso?

Creo que me encuentro en uno de los mejores momentos de mi vida. Con la edad estoy más relajado y sin esa lucha para demostrar lo que hago. ¿Cómo fueron sus inicios? Yo pensaba irme a la escuela de arte dramático, pero cuando estaba haciendo la mili, mi primo Pedro Rampín me dijo: ¿Nos juntamos para salir fuera de España? Teníamos que coger un carablanca que hablara idiomas porque nosotros na de na… ¿Y quién estaba libre? Michel. Nos juntamos y nos fuimos a hacer galas. Estábamos en la caravana de mi tío. Las cortinas eran de cuadros azules y blancos. Por la noche las cortamos, nos hicimos dos mandiles y ensayamos la entrada de la crema. Y salió bastante bien. Mandamos el vídeo y nos salió un contrato para el circo Arnardo de Noruega.

¿Usted es el maestro de la entrada del agua?

Yo no soy el maestro de nada. La parodia del agua no es la misma ahora que cuando la empezamos hace más de 30 años. Es como si tuviéramos un cacho de leña. A lo largo de los años le salen formas y brilla.

Es lo bonito de lo clásico…

Claro. La fuimos trabajando y cambiando. Fue tal el éxito que enseguida nos marchamos en 1988 a Montecarlo, pero la cagamos porque éramos demasiado inocentes. Con la entrada del agua estuvimos siete años en Dinamarca, cinco años en Escandinavia. Cuando nos llamaban era para dicha entrada. Empezamos con el agua en 1985 y fuimos a Valencia con el circo de Japón. Estaban locos con nosotros. Íbamos a las discotecas y nos anunciaban como los payasos del circo de Japón. Fue una revolución.

¿Cómo ha evolucionado?

La entrada del agua la puede hacer cualquiera y, de hecho, la han presentado muchos, como Fumagalli, por ejemplo. Pero una cosa es tirarse agua y otra es cómo lo haces, y eso lo sabes estudiando al público. Cuando empiezo a trabajar en una ciudad, tardo entre 10 y 15 días en habituarme al público del país. Durante ese tiempo capto los matices, dónde parar, dónde atacar, dónde puedo regodearme. Sé cuándo me puedo explayar o cuando veo que la gente no va al ritmo. Odio a los payasos robots de abcd. Los ves una vez y siempre son clavados. A los payasos que empiezan siempre les digo que tienen que mirar y ver al público, sentir su respuesta.

Tortell Poltrona me dijo eso precisamente, que el payaso mira al público…

Es que no hay otra. Luego puedes ser bueno o malo, o puede que la parodia no tenga chispa. Yo he ido a circos en los que la gente no se ríe y el payaso no era malo. O al revés. Puede parecerte malo a ti como profesional pero lo importante es que llegue al público.

¿Y el timing?

Eso es muy difícil, no puedes decir exactamente cómo tiene que ser.  El timing te lo va dando el público, que te va diciendo ‘quédate o vete ya, que me aburres’. Como cómico, te tienes que dar cuenta de cuáles son los puntos donde la risa está garantizada, pero ha de ser rápido que el espectáculo vaya fluido. El humor tiene que ser muy natural. Soy payaso y me creo cada día lo que hago. Cuando fallo me creo que he fallado, y cuando se me cae la peluca, se me ha caído realmente y la gente lo capta. Siempre actúo como el primer día. La reacción de cara al público tiene que ser de que no lo has hecho nunca. Normalmente nos lo pasamos bien.

¿Usted hace mucho el papel de tonto?

Yo soy el primer augusto que hace el tonto pero es el listo. Mi mujer Giulia Azzario es la carablanca y Quique es el locutor. Todo lo que quiere hacer bien, le sale mal. Y con Francis Raluy hago la reprise de los pañuelos. Él no es un segundo, es un tercer augusto y a mí me llega.

¿Giulia, su mujer, desde cuándo hace la entrada?

Nos conocimos en 1985 en el circo Arnardo de Noruega. Ella hacía un número de patines con The Skating Willers. A algunos no les gusta que el carablanca sea una mujer, pero creo que es un plus. En algunos sitios no hemos actuado por llevar un carablanca mujer.

Y usted se lo pasa bomba en cada función…

Yo disfruto y si el público acompaña, todavía más. Cuando ya no me divierta lo dejo. El día que sea solo por dinero me hago camionero, que te pagan las vacaciones y tienes paro. Nací en Sotrondio, una cuenca minera en Asturias. Viví mi juventud en Gijón y hasta los 16 años estuve estudiando.  Desde pequeño supe que lo mío era el circo. Las vacaciones las pasaba en el circo de mis tíos. A los 14 años, creé un grupo en la escuela y cuando hacíamos fiestas, interpretábamos a los payasos que yo veía en mi familia. De ahí pasamos a hacer fiestas por Asturias hasta que los Cristiani alquilaron el circo a mi familia. Como necesitaban payasos me contrataron. Así empezamos.

Pertenece a la séptima generación de la familia Santos…

En un libro de grandes circos, es la única familia de calle que sale. Eran ocho hermanos y hacían números de calidad. Había dos trapecios, números de fuerza y equilibrios. Imagínate en la calle con dos trapecios, un alambre, un número de palomas, payasos… Estaba mi tío con Feri y los Rampín. También estaba mi primo Emilio, que fue mi referente. Como payaso no he visto  nadie mejor. Como transmitía, como tocaba el saxo...Cuando empecé le copiaba, hablaba como él.

¿Cómo ve a los payasos clásicos ahora?

Muy mal. Nos hemos ido a un mundo económico y no hay valores. Es más fácil coger una persona y pagarle la mitad, sin importar si la gente se ríe. Lo que quieren [los directores] es tapar huecos. No se dan cuenta de que los payasos tradicionales tendrían que prevalecer. El circo debería tener prioridad por los cómicos. La tradición del circo es el trapecio, los animales y los payasos. Que la gente se ría y se lo pase bien tendría que ser primordial en todos los espectáculos, se llame circo o se llame cabaré, siempre tiene que haber un cómico que relaje los nervios.

Nos hemos levantado para que te puedas maquillar antes de la función. ¿Cómo se prepara antes de cada actuación?

Hay gente que dice que se prepara psicológicamente, pero esto no va conmigo. Una vez que trabajamos con los Goti, vi cómo iba maquillado el viejo y le dije que me gustaba la nariz que llevaba. Me vino y me enseñó cómo hacerlo. ¿En serio? Sí, primero me pongo lanolina y polvos de talco. Poner el fondo son tres minutos. Luego el maquillaje que tengas que ponerte. Me gusta resaltar las facciones y que la sonrisa no sea permanente; que pueda estar triste y contento. Hago hincapié en el blanco para resaltar la risa. También pongo un poco de sombra en el pómulo y luego ya el lápiz.

¿Y al final del maquillaje?

Polvos de talco, que es como un fijador y te mantiene el maquillaje aunque sudes. Trabajamos con agua y el maquillaje aguanta hasta tres funciones. El agua que nos lanzamos está tibia, porque yo soy friolero, pero con el hándicap que cuando se pone en el cuerpo está fría.

[Volvemos al sofá mientras un perro no para de corretear por la caravana]. ¿Cuál es el papel de los payasos clásicos?

Están poco valorados. Hemos perdido importancia porque a lo mejor no hay muchos payasos que hagan reír. El empresario coge a una persona, le paga una tercera parte. Ya no escoge a un trío con todo lo que comporta: tres caravanas, tres sueldos, tres familias… Hace 20 años cobrábamos lo mismo que ahora. Es increíble. Y como no tienes fuerza no te lo van a pagar.

¿Cuáles son los valores de un payaso tradicional?

Es intentar agradar a la gente. Como filosofía, lo más sencillo y normal, que la gente no tenga que pensar qué estás haciendo, por qué y para qué, sino que cuando te vea transmitas relax y esté contenta y se ría. Intentar hacer olvidar a la gente los problemas que tenga. Esa es la parte difícil, traerte al publico a tu zona y que se lo pase bien. Los payasos son payasos y nuestra sabiduría profesional viene directamente del público.  En cambio, en el caso del actor hay unas pautas y unas técnicas. Payaso te lo da la vida y el público, y luego lo tienes que llevar dentro.

¿Cómo se puede revertir la mala prensa de la palabra payaso?

No se puede combatir, quizá con educación, con respeto desde pequeños, pero no solo a los payasos, a todas las clases sociales, a mujeres, hombres gais, lesbianas. Aquí en España dicen: ¡Esto es un circo, eres un payaso! ¿Por qué no dicen: ¡Es usted un fontanero!? ¿Qué quiere decir un circo? ¿Es un caos? Si es un caos se va a la mierda, como toda empresa. ¿Qué quiere decir que eres un payaso? ¿Que eres un idiota? ¿Que no tienes cultura? ¿Que hay que reírse de ti? Para ser payaso y que se rían de ti, tienes que tener un poco de salsa. ¿Te crees que se van a reír de ti solo porque vayas pintado?

Con el Circ Històric Raluy ha viajado a la isla de Reunión, Mallorca y ha actuado en la gira por Catalunya. ¿Cómo valora la experiencia?

Muy buena. Ahora [la entrevista se realizó en el mes de marzo] es cuando me siento más cómodo. He estado 24 años fuera de España, actuando en Alemania, Escandinavia, etc. Cataluña me emociona y me gusta muchísimo, y durante las actuaciones mezclamos catalán y español y cantamos Baixant de la font del gat pero también un pasodoble. Con la Transición, fuimos los primeros payasos que cuando íbamos a Asturias tocábamos Asturias patria querida y en Sevilla y Valencia tocábamos sus himnos. Considero que a cada región o cada nacionalidad, como lo queráis llamar vosotros, hay que respetarla y hacer lo propio con lo que para ella es importante, el idioma. Me integro en la forma de vivir allí donde voy. Creo que eso lo tendría que tener en cuenta mucha gente, no solo los artistas. Con la familia Raluy también hay una historia anterior. Carlos Raluy le está muy agradecido a mi tío porque hubo un inundación en los años 60 y los Raluy lo perdieron todo. Mi tío, que estaba trabajando en la calle, fue a ver a los Raluy y sin conocerlos les puso 30.000 pesetas en la mano y les dijo: Ya me lo devolveréis. Se quedaron paradísimos.

¿Se ve muchos años trabajando en el mundo del circo?

No me gustaría morirme en la pista como Pio Nock. Se cayó al suelo y Cortés, que era el carablanca y español, le dijo: Hombre, Pio, ¿qué te pasa? Y Pio no dijo ni pío, estaba muerto y lo tuvieron que sacar. No me gustaría morirme así, me gustaría morirme en mi casita. Cuando no esté contento con lo que haga o la gente de circo no me valore, entonces diré: “Hasta aquí he llegado y lo veré todo desde la barrera”.

(Entrevista publicada en el número 61 de la revista Zirkólika)

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