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[OPINIÓN] Apuntes para el día después
Reportaje - 01/10/2020 - Miguel Ángel Tidor

Estamos viviendo un tiempo convulso en el que la realidad cambia a un ritmo vertiginoso y nos obliga a adaptarnos a nuevas formas de relacionarnos y de vivir, de modo que nuestras respuestas, tan aceleradas y cambiantes, a menudo quedan rápidamente obsoletas.

La inestabilidad, la incertidumbre de no tener ningún tipo de control sobre lo que podrá suceder, nos hace, por un lado, ser conscientes de nuestra propia vulnerabilidad, de la que en ocasiones pareciéramos habernos  olvidado.  Por otro lado, esta alteración de la rutina nos genera la necesidad de volver a la ‘normalidad —esa palabra que tanto hemos escuchado últimamente— y nos anima a querer recuperar esa realidad anterior en la que, vista desde la necesidad y limitaciones del confinamiento actual, todo parecía funcionar. En suma, este periodo de obligado parón, nos ha servido de invitación para la reflexión, nos ha hecho detenernos y evaluar, más profundamente, cuántas de las cosas que conformaban esa realidad anterior no eran tan positivas como hoy nos puedan parecer sin que el deseo de salir de esta situación nos haga confundirla con un espejismo.

El circo ha logrado siempre, con mayor o menor acierto, adaptarse a las necesidades y transformaciones de sociedades y culturas cambiantes en el tiempo. Ha sabido aprender de cada crisis y reinventarse a través de ella; ha modificado y creado espacios propios para la representación, ha dado respuestas a sus necesidades de itinerancia, ha innovado en modelos publicitarios, en el aprovechamiento de avances tecnológicos y en la captación de público. Ha modificado sus estructuras empresariales, la manera de formar a sus artistas, su lenguaje. Se ha fusionado y renovado, una y otra vez, sin perder su esencia y eso le ha facilitado su existencia.

Lamentablemente, resulta irrisorio ver cómo el circo, un arte estrechamente relacionado con el desarrollo histórico, cultural, social y económico de un país, sigue siendo eludido en documentos y comunicados oficiales como un arte escénica más, como el teatro o la danza. Esta invisibilidad nos acaba relegando a un segundo plano donde la precariedad parece estar asumida. Tras esta situación de crisis internacional sería injustificado el anhelo del sector por recuperar su normalidad donde, ya de por sí, ha sido tradicionalmente olvidado.

Nueva realidad

Quizá sea un buen momento para tratar de trazar las líneas sobre las que queremos construir la nueva realidad, sin caer en el error de repetir todo lo que ya entonces no funcionaba. Quizá, tras este primer envite de una crisis que pretende acompañarnos en el tiempo y que ha removido al sector, sea un buen momento para romper inercias y generar otra realidad. Un ejemplo de estas actuaciones para el cambio son las 52 medidas extraordinarias para afrontar las consecuencias de la crisis sanitaria provocada por la COVID-19 en el sector de las artes escénicas y la música. El documento, que han apoyado más de una treintena de entidades que representan a los diferentes sectores artísticos, tanto públicos como privados, refleja, después de años de fronteras y diferencias, la necesidad de la unión del sector. También así se manifiesta en la carta firmada por los representantes del sector del circo en la Comisión Estatal del INAEM.Las reivindicaciones del sector podrían adquirir en el futuro una mayor relevancia si aunasen un criterio compartido que beneficiase a todo el conjunto de sensibilidades.

En lugar de fraccionarse y parcializar los intereses particulares de cada uno de los ámbitos, el sector necesita asumir que, más allá de su diversidad, el circo es todo lo que se construye en torno a una misma idea de la que nacen diferentes criterios, puntos de vista y realidades múltiples, tan respetables unas como otras. Por eso, encontrar los puntos de coincidencia que los unen, con los que todos los distintos ámbitos se sienten identificados, escuchados y representados, donde no existan intereses por erigirse portavoz del sector y donde haya mayor número de receptores de ayudas y subvenciones, puede ser una clave fundamental a tener en cuenta en la construcción de esta nueva realidad.

Por lo tanto, esta oportunidad que se nos brinda es un buen escenario para revisar el propio concepto de circo; identificar y cuantificar su ecosistema, conocer las partes que lo conforman y analizar cómo se relacionan entre ellas para así comprender que cada pieza pequeña de este complejo engranaje es la que permite el movimiento del colectivo. Todo lo que no sea eso, será un arreglo parcial, momentáneo que sirva más para la supervivencia individual que para el desarrollo grupal.

Con todo, conviene también revisar los modelos de producción, la precariedad de los artistas de circo —algunos de ellos recogiendo premios y reconocimientos nacionales o internacionales, al mismo tiempo que compaginan su labor artística con un trabajo parcial en la hostelería para llegar a fin de mes—, o el funcionamiento interno de algunas entidades representativas del sector, que se desarrollan sobre una coordinación a media jornada. No deberíamos seguir asumiendo esta precariedad como algo normal, aceptándola y resignándonos.

Por su parte, sería positivo revisar los modelos de ingreso económico del sector. A parte de las ayudas y subvenciones conviene repensar su principal fuente de ingresos que es el mercado, ya que, en situaciones como la vivida, además de programaciones y festivales cancelados, la contratación directa se ve enormemente resentida. Tendríamos que reflexionar sobre el modelo productivo y otras posibles fuentes de ingresos, especialmente en un periodo donde son previsibles las restricciones de movilidad y los recortes a comunidades y municipios. El circo tiene múltiples formas y posibilidades y únicamente cuando todas ellas hayan optimizado su rendimiento, el sector será fuerte.

Quizá sea un buen momento también para reforzar el circo social como herramienta socio-emotiva tras una pandemia mundial que ha modificado y alterado nuestra estabilidad, así como reconocer la labor de escuelas no profesionales de circo que, extendidas a lo largo de todo el territorio nacional, cubren una demanda creciente y son parte importante de creación de nuevos públicos y futuros artistas. Las salas de entrenamiento y creación, las residencias artísticas, la investigación, la indagación de nuevos lenguajes, deben tener ahora más que nunca un lugar reconocido dentro y fuera del sector.

Quizá sea un buen momento para que los circos itinerantes sientan el apoyo colectivo y escuchen las demandas de transformación, pero sobre todo, para evitar que se vayan apagando progresivamente como un enfermo sin oxígeno. Algo tendrá que cambiar y tenemos que asumir esta necesidad de manera constructiva. 

Las escuelas

Quizá también sea un buen momento para valorar la importancia de las tres escuelas profesionales de circo y, además de asegurar su persistencia, poder impulsarlas de forma definitiva como un motor de creación y de nuevas producciones de circo. Para esto, las escuelas tendrán que desarrollar nuevos protocolos, duplicar espacios para reducir ratios, generar estructuras móviles para diversificar clases, modificar programas, tiempos y modos de trabajo, invitar al  alumnado a la investigación autónoma guiada, desarrollar modalidades online en algunos ámbitos; en definitiva, aprovechar para abordar los procesos de enseñanza-aprendizaje desde otra mirada.

Pero, para acometer todos estos cambios, será necesario que el sector siga identificando en sus filas voces relevantes, no ganadas a base de contrataciones o favores. También saber incorporar a especialistas de otros campos que aporten al desarrollo del sector. Será necesario crear una política cultural clara, a largo plazo, que aborde los diferentes ámbitos de actuación, con objetivos definidos, cuantificables, evaluables, donde el sector tenga un papel primordial y no sea un mero usuario receptor; una política cultural que se extienda por todo el Estado, que no tenga un crecimiento tan desigual según la comunidad y que no se convierta en un embudo territorial que acaba con todo un sector llamando a las únicas puertas donde se sienten escuchados. Habrá que generar acuerdos que no acaben en papel mojado, como las normativas europeas que instan desde hace más de una década a los países miembros a la protección y revitalización del circo, o como el Plan Nacional de Circo, que poca incidencia real ha llegado a tener.

Veamos por tanto una nueva posibilidad de cambio de paradigma, de reinvención, como hemos hecho tantas veces, juntos, con toda la amplitud y fuerza del sector. Prioricemos necesidades, olvidemos la individualidad y busquemos puentes de unión sin olvidar que, por encima de todo, está el circo y todas sus sensibilidades.

Miguel Ángel Tidor es investigador y autor de la tesis doctoral ‘El Circo en España. Una revisión crítica desde la investigación’.

Foto: Circored.

(Artículo publicado en el número 65 de la revista Zirkólika). 
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