El circo de los saltimbanquis
Lluís Raluy Tomàs. Primera edición, junio de 2013 Editorial: Javier Sáinz Ediciones / 212 páginas / 38 ilustraciones a color / 14,42 euros / ISBN 13: 978-84-15987-00-0
Con mirada de saltimbanqui
Lluís Raluy se estrena como escritor con un libro de pluma ágil. Una mirada particular y sin rodeos de un payaso carismático.
Saltimbanqui es aquél que crea, aquél que innova. No fue sino un saltimbanqui el primero en trascender de lo mundano y ver más allá de lo palpable. El saltimbanqui descubrió el arte, y con él dio paso a todo lo demás. “El saltimbanqui es la historia misma”, asevera Lluís Raluy, ‘Lluïset’ para muchos (Sant Adrià del Besós, 1942), en su recién publicado libro, editado por Javier Sáinz y titulado, cómo no, El circo de los saltimbanquis.
Sea como sea, nadie puede ser calificado como saltimbanqui si el mismo Lluís Raluy no lo es. Él lo es por excelencia, y así lo demuestra su carrera, en la que jamás ha dejado de buscar el “más difícil todavía”. No teniendo bastante con ser un entrañable payaso carablanca, se lanzó a la conquista de las misteriosas matemáticas y, aun sin tener suficiente, debuta ahora en el arte de escribir cual artista en una nueva pista. Y ha valido la pena. Su particular obra representa un testimonio de valor incalculable, un homenaje al circo y a todos aquellos artistas que han hecho posible su existencia y perdurabilidad en el tiempo.
El primer ser humano, aquél que dejó de ser animal para ser persona, fue ni más ni menos que un saltimbanqui. Ellos inventaron la rueda por su condición nómada, así como la carreta y la carpa que, pese a que Lluís no osa fijar la fecha, intuye que se inventó “por las playas de San Adrián, lugar donde el río Besós entrega sus limpias aguas al Mediterráneo”, y lugar donde, casualmente, nació él mismo. Guiños como éste inundan el libro, plagado de humor, ironía y más de un comentario que pilla desprevenido al lector, que ríe inevitablemente. Narra la evolución de los retretes en el circo, detallando el uso de tinajas, papel de periódico e incluso bolsas de plástico, hasta llegar a los actuales inodoros, comparables a “los que pueda tener el mejor de los palacios reales”. Hablar de retretes y no hablar de relaciones íntimas sería sacrilegio, así que lo hace sin tapujos, y es que son “el único hecho histórico que precede al saltimbanqui en veteranía”.
La crítica aporta sabor al libro, algo picante y con toques ácidos. Juzga el teatro y el fútbol, lamentando la uniformidad de sus figuras, y reprocha al Ministerio de Cultura que priorice la inversión en teatro, intuyendo que “ha sido asaltado por los actores teatrales al más puro estilo de Juan Palomo”. No se esconde al tachar las nacionalidades de “inútiles e innecesarias” y al remarcar que el saltimbanqui suele estar “inmunizado contra el fervor patriota de la bandera” por su nomadismo. Y no olvida a la “gente buena”, aquéllos que defienden las prohibiciones camuflándolas tras un halo de protección hacia los que consideran desvalidos. Ellos desterraron a los freaks del circo, privándolos de una forma de vida que les libraba de “la execrable humillación de la limosna”. Lamenta que esta ‘gente buena’ haya fijado su objetivo en los animales de circo, y se pregunta quiénes serán los siguientes. La crítica podrá ser constructiva o no, pero lo que sí es, es ilustrada: treinta y tres dibujos del propio Lluís, cuatro de su hermano Francis y uno de Carlos, acompañan el texto, así como lo hacen decenas de fotografías del archivo del autor.
Pero este libro no es un libro, sino dos, y muy distintos. Mientras que en la primera parte Lluís deja volar su privilegiada imaginación de saltimbanqui, evocando un mundo lleno de metáforas e ideas punzantes, la segunda plasma la historia del circo catalán de una forma más plana y convencional. Pese a que los datos salen “exclusivamente del archivo de los sesos” del autor, contribuye a que no se olviden decenas de viejas pero eternas glorias. Dedica espacio también a los circos estables, a las peculiaridades del circo catalán y, como tenía que ser, a la historia y peripecias de su padre, Luís Raluy Iglesias.
El circo de los saltimbanquis se erige así como tributo desenfadado al circo, de lectura amena y fácil, y pluma cercana y ágil, propia de la mente del que es conocedor del mundo entero. Es un soporte que fija lo que en la realidad es volátil, un testimonio eterno del peregrinar de los saltimbanquis.
Anna Badia