Nos deja el pallasso Manel Vallès, más conocido como Totó

Nos deja el pallasso Manel Vallès, más conocido como Totó

El payasso Manel Vallès Totó murió de forma inesperada a los 77 años este sábado día 10 de septiembre en un hospital de Calella, donde fue trasladado de urgencia por encontrarse mal desde su residencia habitual en Malgrat de Mar.

Tótó hacía 5 años que estaba retirado de la pista después de haber actuado como augusto en los mejores circos europeos y en diferentes escenarios con su inseparable partenaire y esposa Rose-Marie Risto, con la cual formó la pareja de los hermanos Totó.

En el Número 12 de la revista zirkolika publicamos una entrevista que nuestro colaborador Quim Elías hizo en la primavera de 2007:

Artículo de la revista número 12 de zirkolika
Autor: Quim Elias

Manel «Totó» Vallès, galardonado con el Nas d’or honorífico en el último festival de payasos de Cornellà (noviembre 2006)

Cuando llego a casa de Totó estoy emocionado. Me recibe en una habitación mitad museo mitad biblioteca. Le acompaña, como siempre desde hace 40 años, su esposa y partenaire en la pista Rose-Marie.

Me doy cuenta de que estoy delante de la historia viva de 60 años de profesión de payaso, ante un artista que ha pisado las pistas de los mejores circos de Europa y ha gozado de un prestigio que se ha ganado a pulso en cada actuación. Nacido en Barcelona, debutó el año 1946 con 12 años. En realidad, todo había empezado el primer día de clase de párvulos, en su escuela de Cornellà, cuando se cayó de la silla y sin proponérselo consiguió que toda la clase estallase en una ruidosa carcajada. Descubrió cuánto le gustaba hacer reír a los otros niños, sobre todo en medio de aquella guerra fraticida que ennegrecía la vida cotidiana de los compañeros. Las siguientes payasadas fueron la desgracia de la maestra, que le ponía de cara a la pared. Totó piensa que debía de ser una pared maestra para poder enseñarle algo.

Pronto, de retorno a Barcelona con seis años, descubrió el desafortunado Circ Olympia, en la Ronda de Sant Pau. Primero con sus padres, después con una tía y después solo los jueves por la tarde, cuando los niños entraban gratis. Él mismo lo describe: “¡Qué emoción el ver unas focas jugando con unas pelotas de colores en equilibrio! ¡Aquellos caballos blancos y negros que evolucionaban llenando la pista! ¡Enormes elefantes bailando un vals! ¡Divertidos perritos, muy graciosos, que jugaban a futbolistas! Se me ponían los ojos como platos al ver como unos señores con trajes blancos muy ajustados volaban por los aires de un trapecio al otro, como ángeles sin alas… En fin, ¡para mí era como un sueño maravilloso!” Así veía él el circo, el Circ Olympia, un espectáculo y otro, una y otra vez.

Allá vio a los mejores payasos de la historia del circo, todos pasaron por el Olympia: los Hermanos Moreno; Pompoff y Theddy con sus hijos Zampabollos y Nabucodonosorcito; los Hermanos Andreu-Rivels: Polo, René, Celito y Rogelio; Rico y Alex; los Hermanos Díaz, los Hermanos Cape, los 5 Rudi-Llata, Cody y Cugatti, los Frattelini, Pipo Rhum y los Hermanos Sala y los magnífi cos augustos capitaneados por El Gran Señalada. Y tomó una decisión que marcó su vida: sería payaso. No de mayor, sino inmediatamente: fundó una pareja, Toni y Totó, con un compañero de barrio y empezaron a actuar en la casa parroquial de Hostafrancs y en los cines de barrio. Pronto se dio cuenta de que le hacía falta una buena base musical, aprendida con rigor y seriedad, nada de tocar de oído. Y se matriculó en el Conservatorio del Liceu. Aprendió clarinete y saxo. Allá conoció e hizo amistad con Juanito y Rino. Y juntos, los tres fundaron los Hermanos Martini.

Con ellos triunfó en Barcelona, en España y por toda Europa y ganaron, en 1960, el Premio Nacional de Circo. Fue entonces que le conocí. Mi padre, Jordi Elias, ya hacía años que escribía sobre ellos definiéndolos como un diamante en bruto, augurando que triunfarían porque tenían madera de artistas de primer orden. Y para informarse sobre ellos, se encerraban en su despacho en unas conversaciones serias que dejaban de serlo cuando se abría la puerta y los hijos de la casa éramos invitados a presenciar parodias y entradas que improvisaban para nosotros. Reír a gusto no sería la expresión adecuada, llorábamos de tanto reír, dulce compensación por unas infancias demasiado grises. Cristóforo Cristo, padre del también empresario Ángel Cristo, les contrató en 1960 para actuar en el Circo Nacional de Holanda. Después fue Juan Carcellé con el Circo Español y el Festival Mundial del Circo. De allí, se atrevieron a dar el salto internacional, ni más ni menos que al Coliseo dos Recreios, circo estable de Lisboa, auténtica catedral de varios pisos, donde triunfaron plenamente. Después París, contratados por Bouglione, después Suecia con el Circo Scott. Ahí Totó se enamoró y se quedó en el país.

Rino y Juanito dejaron los Martini y se incorporaron Carlos y Loren, y fueron los 4 Martini con la participación de Rose-Marie. Años a venir, se incorporó José Llata y se llamaron los Martini Llata. La lista de países en los que ha actuado Totó es larga, es toda Europa. También en Marruecos. Incluye Montecarlo en el primer año del Festival, en 1974. Más interesante es la lista de circos que le han visto bajo la carpa, son los mejores de Europa: Cirque de Noël, Berny, Rebernigg, Althoff , Cirque d’Hiver, Krone, Sabine Rancy, Continental, Pinder, Royal y Benneweis, entre otros. Si preguntamos a Totó como ha sido posible la sucesión múltiple de tantos éxitos internacionales, la respuesta solo es una: la autoexigencia constante para llegar a la máxima perfección que permita estar a la altura del respeto que el público se merece con satisfacción de la propia dignidad personal.

Y si empezó sus actuaciones como un niño travieso espontáneo y comediante, su éxito se basa en ir depurando y puliendo cada uno de los gestos y movimientos, aprendiendo cada día de los grandes maestros, buscando siempre el rigor preciso que le encamine hacia la propia esencia. Él es un payaso de pista, clásico, tradicional y convencional. Payaso musical que consigue el silencio sepulcral del público cuando arranca de los instrumentos unos arreglos que parece que esté tocando una orquesta o una banda entera. Y cuando mira atrás repasando su vida personal y profesional está satisfecho de la profesión que eligió. Él lo escribe así: “En un mundo como el actual, en el que predomina la violencia, la mezquindad, la maldad y la hipocresía y donde parece que los valores humanos hayan desaparecido, poder estar rodeado de criaturas que te miran con los ojos abiertos como platos, que te dan la mano, que te abrazan…; cuando con toda la candidez e inocencia un niño te dice: “Eres un payaso de verdad, te quiero, ¿puedo darte un beso?”, entonces yo, delante de eso, solo puedo decir: gracias, Dios mío, por haberme hecho payaso!” Su vida profesional culmina y se cierra al recibir el año pasado el Nas d’Or honorífico del Festival de Pallassos de Cornellà, en su 12ª edición.

Allá, Totó manifestó que aquel premio él lo recibía como compensación por todo lo que se había entregado al circo durante sus 60 años de profesión. Mejor recompensa, imposible. Pero su vida profesional no debería de acabarse. Totó goza de una calidad intelectual nutrida durante sus viajes por Europa y por la lectura de toda la literatura circense publicada. Su criterio artístico es muy actual y sería bueno que tuviese la oportunidad de expresar todas aquellas aportaciones que el mundo del circo aún necesita. No en vano ha sido uno de los pocos payasos catalanes, si no el único, que ha conocido más de cerca a los mejores payasos europeos del siglo pasado y ha interiorizado un camino propio de artista genial descartando la salida fácil de la parodia chapucera, más bien al contrario, buscando siempre el trabajo de rigor y de creación propia basada en el gesto, la mímica y el movimiento del cuerpo. Si el circo es cultura, aún necesitamos que Manel “Totó” Martini nos guíe hacia los caminos de la excelencia.

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