Aquí, a ver esta maravilla… [Cirque le Roux, Circo Price]

Aquí, a ver esta maravilla… [Cirque le Roux, Circo Price]

Estaba esperando en la puerta del Teatro Circo Price, pues había llegado demasiado pronto, y saludé a una persona conocida. “Aquí, a ver esta maravilla…”, me dijo. 

Hacía mucho que no escuchaba esa frase. “¿Cómo sabes que es una maravilla? ¿Ya la has visto?”, le respondí, metiendo un poco el dedo en la herida. 

“Bueno, estoy seguro de que lo es”, insistió. “Entonces, ¿vienes ya predispuesto a que te parezca una maravilla?”, rematé, con un poquito de mala leche, mientras le veía cruzar el umbral con la excusa de que había que ir entrando…  

Había ido a la última función del espectáculo Entre chiens et louves (Entre perros y lobas) de la compañía francocanadiense Cirque Le Roux

Cirque Le Roux

Fundada en 2014, esta agrupación se ha hecho un nombre en el circo contemporáneo por su mezcla de virtuosismo y estética a partes iguales, todo ello aderezado con mucho humor.

Era su tercera visita a Madrid, pues también habían mostrado en el Teatro Circo Price sus dos producciones anteriores, The Elephant in the Room en otoño de 2018 y A Deer in the Headlights en primavera de 2022. 

Esta nueva propuesta, estrenada en septiembre de 2023 en París, y con ocho artistas en escena, arranca de una forma muy cinematográfica: los créditos iniciales son proyectados sobre la imponente fachada de una gran casa de arquitectura neoclásica.

Esa fachada se transforma enseguida en un espacio vivo de puertas y ventanas que se abren y un ascensor que oculta gente y, lo más importante, tres habitaciones suspendidas a más de dos metros de altura que, como en el tebeo 13, Rue del Percebe, permiten asomarse a lo que ocurre dentro. 

Primero vemos en la habitación central a Alex (Grégory Arsenal), sentado en una butaca, leyendo el diario de dos mujeres de otras épocas. 

En la habitación de la derecha aparece la autora de uno de los diarios, junto con su marido, en 1870, y poco después descubrimos lo que ocurre en la habitación de la izquierda, donde asistimos a la historia de dos mujeres ambientada en 1960. 

Las tres líneas temporales se entrelazan a través de la lectura de Alex, que nos arrastra a un viaje histórico y emocional por los intentos de liberación de personajes femeninos que tratan de huir de lo establecido, aunque sea con gestos mínimos, como el querer ir a un baile, al que su marido le impide acudir.

Al final, las grandes revoluciones también se construyen con la suma de pequeños actos de rebeldía: la mujer va al baile.

Los momentos acrobáticos de Entre chiens et louves brillan, aunque no todo el conjunto está igual de conseguido. 

En la parte de texto se sufre un poco por la dificultad de comprensión: a las voces en off se suman diálogos en español con un acento francés tan marcado que, en ocasiones, obligan al espectador a tirar de intuición más que de oído.

Más adelante asistimos al baile ya mencionado anteriormente, en el que todos bailan en pareja, salvo una persona que entra sola y a la que tratan de expulsar. 

Esos están un poco locos”, dijo en ese momento un niño de unos cuatro años que estaba sentado detrás de mí, y no sabría decir a quién se refería exactamente, pues cada uno de los ocho acróbatas tenía su propia dosis de locura.

Y así, entre números acrobáticos, intérpretes convertidos en caballos, proyecciones, música de Beethoven y otras melodías clásicas más difíciles de identificar, pero perfectamente reconocibles, la tarde va pasando.

En ese viaje entre distintos tiempos, con Alex irrumpiendo en los mundos de 1870 y 1960, asistimos a historias de represión, deseo y libertad, aunque la trama acaba perdiéndose un poco entre tanto salto temporal.

Quizá es solo una manía de espectador empedernido que busca resoluciones claras, pero se echa en falta un desenlace más nítido.

Aun así, el espectáculo deslumbra por su potencia visual y física: la escalada por la pared de una acróbata ayudada por manos que brotan de la fachada, los vuelos, los mortales, los saltos imposibles y, sobre todo, ese gran número final con los artistas suspendidos en una gran estructura giratoria, una especie de aspa de molino que hace volar a los acróbatas como a Don Quijote en su delirio.

Al acabar, uno no sabe bien si ha visto una obra de teatro con su parte de circo, un espectáculo de circo con su componente teatral, o una pieza de danza con ambos ingredientes. 

Pero sí sabe que lo ha pasado muy bien, porque Entre chiens et louves no es solo un ejercicio de destreza y belleza visual, también es un viaje emocional, y una reflexión sobre las pequeñas revoluciones íntimas y la búsqueda de libertad.

El público aplaudió en pie, y tras la segunda o tercera ovación, un intérprete del elenco pidió permiso para hablar y aprovechó para agradecer al equipo del Teatro Circo Price por esas dos semanas maravillosas de funciones. 

Yo, por mi parte, salí buscando entre la multitud a aquella persona que había entrado tan convencida de venir a ver “una maravilla”. Quería preguntarle si, al final, lo había sido.

Pero no conseguí encontrarla, había tanta gente que fue imposible; quizá, después de todo, la maravilla de este espectáculo había sido precisamente eso, conseguir llenar el Price.

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