Siete hilos para atar al espectador

Siete hilos para atar al espectador
Fotos: Gaby Merz

El Festival de Circo Riesgo ha querido prestar especial atención, desde su nacimiento el año pasado, a la divulgación y al pensamiento en torno al circo contemporáneo.

Si en su primera edición programó una conferencia de Víctor Bobadilla Parra que trazaba un recorrido desde el circo clásico hasta los lenguajes actuales, esta segunda edición ha continuado esa línea con la interesante ponencia de Roberto Magro, titulada Los siete hilos invisibles: un diálogo artístico entre el significado y el significante dentro de la escritura creativa en el circo contemporáneo, celebrada en la Sala de Cristal de Teatros del Canal.

Magro, director y pedagogo con una amplia trayectoria internacional en la investigación, la creación y la enseñanza del circo contemporáneo, planteó su intervención como una reflexión sobre aquello que sostiene un espectáculo más allá de la técnica: los vínculos invisibles que articulan la coherencia de una obra. (Conviene señalar que el ponente utilizó el término “escritura” allí donde podría entenderse “creación escénica”.)

Tras disculparse por su castellano —ya quisieran muchos castellanoparlantes hablar como él, por cierto— inició su exposición con una leyenda nórdica: la historia de un lobo atado por una cadena invisible, precisamente la única que no logra romper.

Esa imagen le sirvió para reivindicar la imaginación como motor de la identidad artística y como herramienta para “atar” al espectador. Hoy, afirmó, el público sabe más y resulta más difícil sorprenderlo; por eso la imaginación se vuelve un elemento esencial para conseguir atarlo.

Magro definió su amor por el circo a partir de tres conceptos: fragilidad, libertad y sublimación del límite. Crear desde la fragilidad, desde la libertad y desde la confrontación —o incluso el amor— al límite sería, para él, la base poética del circo contemporáneo.

A partir de ahí desarrolló hace ya tiempo su teoría de “los siete hilos invisibles”, que permiten que los distintos elementos de un espectáculo —acrobacias, música, vestuario, luz, escenografía…— dialoguen entre sí y construyan una unidad orgánica, evitando que el espectador perciba compartimentos estancos (“ahora viene la parte de malabares”, “ahora la de teatro”).

Frente a la lógica de la “macedonia”, donde se distinguen claramente los ingredientes, propuso la metáfora de la “mayonesa”: una mezcla en la que ya no es posible separar los componentes, y es justo hacia ese tipo de espectáculo hacia donde tiende el circo actual.

También señaló que no basta con ser un virtuoso en una técnica circense para hacer un buen espectáculo, sino que es preciso integrar todos los elementos, no solo en un número concreto, sino en el conjunto del espectáculo.

Según Magro, estos hilos invisibles son —y cada vez que los nombra lo hace en un orden distinto, porque no existe jerarquía entre ellos— el tiempo, el ritmo, las líneas del cuerpo, el espacio, las dimensiones, la textura y los niveles.

Para ilustrar estos conceptos mostró fragmentos de trabajos de artistas “estilo mayonesa” —en los que las artes están ya en tal estado de hibridación que resulta difícil discernir si se dedican al circo, a la danza, al teatro gestual o a las artes plásticas— como Peeping Tom, Anne Teresa De Keersmaeker, Alexander Vantournhout, Anton Lachky, Mauricio Celedón, Alice Rende, Claudio Stellato, Cirque Plume, Dulce Duca, Race Horse Company, Calder, Boris Gibé, Fragan Gehlker, Andréane Leclerc, Karl Stets o Phia Ménard, además de cineastas como Béla Tarr o Danis Tanović.

El primer hilo invisible del que habló fue el espacio, en el que distinguió diversas dimensiones: el espacio narrativo, que adquiere valor dramático; el espacio cerrado (huis clos), que intensifica la acción; el espacio relacional, definido por la relación entre el cuerpo y el objeto; y el espacio geométrico, que conecta con lo abstracto.

También subrayó, como parte activa del dispositivo escénico, la importancia del lugar en que los creadores deciden situar físicamente al espectador. 

Otro eje fundamental del que habló fue la relación con el objeto. El artista de circo, señaló, actúa a través de esa relación: su poética no se limita a la destreza técnica, sino que se construye en una práctica constante con el objeto, desplazándolo de su función habitual, cuestionándolo y transformando su vocabulario. Crear implica, en ese sentido, salir de lo que ya se sabe hacer y aceptar una incomodidad inicial como punto de partida.

Otro de los hilos invisibles son las dimensiones, y quiso incidir en cómo lo pequeño puede influir en lo grande y viceversa, así como en la posibilidad de crear a partir de gestos mínimos.

A continuación, habló de los niveles, invitando a pensar los objetos y el espacio según distintas alturas y a observar cómo cambia la creación cuando se modifica la relación con ellos en función de ese eje vertical. 

Como, desgraciadamente, el tiempo previsto para la conferencia ya se había sobrepasado, los últimos hilos invisibles fueron abordados de manera más fugaz.

Así habló precisamente del tiempo, afirmando que rara vez se trabaja este concepto de forma consciente en el circo; según Magro, modificar la velocidad de un gesto o de una acción altera profundamente su percepción.

Lo mismo sucede con la textura, entendida como la calidad de movimiento, pero también como el uso de materiales con propiedades físicas poco habituales en escena —aire, hielo, arena—, y con el ritmo, entendido como pulso y frecuencia interna del espectáculo. El último hilo invisible, las líneas del cuerpo, quedó sin desarrollo.

Finalmente, el ponente invitó a analizar los espectáculos “con las gafas de los hilos invisibles”, es decir, a observar no solo lo que se ve —el virtuosismo, el riesgo, la proeza— sino aquello que conecta los elementos entre sí y construye un paisaje escénico coherente.

En un contexto en el que el circo contemporáneo se cruza cada vez más con el teatro, la danza y las artes plásticas, estos hilos invisibles, entendidos como herramientas, permiten pensar la creación no como una suma de números, sino como una arquitectura sensible donde técnica, imaginación y dramaturgia se entrelazan.

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