Sueños, confeti y números circenses [Sueña despierto, Circo Price]
Como cada año, en noviembre se estrenó en el Teatro Circo Price una propuesta navideña para público familiar. En esta ocasión llevaba por título Sueña despierto, con idea y dirección de Juan Luis Iborra y producción de Jesús Cimarro, y ha amenizado las mañanas y tardes de las familias durante mes y medio.
Sueña despierto arranca con el personaje de la Luna —que desaprovecha la ocasión de llamarse simplemente Luna y decide presentarse como Moon, en ese idioma en el que nos creemos que todo funciona mejor— hablando en voz en off.
Es la voz de la actriz y cantante Eva Diago (quien es además ayudante de dirección, compositora de las canciones y coach de voz) que nos invita a imaginar que estamos en un bosque.
Tuvimos la gran suerte de ir el día de la función accesible, y vimos cómo al mismo entró en escena una intérprete de lengua de signos, Elena López Burgos, que está entre lo mejor del espectáculo: no sale del escenario en ningún momento, su vestuario va integrado en la estética del montaje, no desentona con el resto de personajes, participa en todas las coreografías, está tan cómoda en escena como el resto de artistas…
Resulta reconfortante que los teatros públicos se ocupen de la accesibilidad a este nivel: de este espectáculo se han programado cuatro funciones accesibles con la interpretación en LSE de Elena López Burgos, el diseño de audiodescripción para personas con discapacidad visual a cargo de David Ojeda (Palmyra Teatro) y la locución en directo de esta audiodescripción de Alejandro Pérez Portillo.
Sobre el suelo del bosque —la pista del Price decorada con un bonito dibujo de una espiral roja— vemos algo de basura abandonada por algún excursionista.
Enseguida entra en escena una pareja de profesores, interpretados por Pepa Zaragoza y Xisco González, que estaban de excursión escolar con un grupo de adolescentes en un autobús que se acaba de quedar sin gasolina en mitad del bosque.
Tras los profesores entran los adolescentes y todos, atrapados en la noche, sin cobertura para los teléfonos móviles y con el frío acechando, se encuentran con varios animales mágicos —el reno cansado, la cierva elegante, el búho, la ardilla y el conejo— y con un botones ciclista (Darío Dumont) que les guía hacia el circo de los sueños, aunque, a pesar de haberles dicho “seguidme”, acaba marchándose por un lugar distinto al que se ha situado la entrada a la carpa de circo.
A partir de ahí se suceden canciones —entre ellas una en la que los animales afirman ser salvajes y no querer que les achuchen, aunque no demuestran demasiado ese carácter tan fiero del que presumen—, coreografías demasiado sencillas, y breves escenas de escasa sustancia dramática, junto a correctos números circenses.
En una de las canciones se recoge la basura del suelo para introducirla en un gran saco; en otra, justo antes del intermedio, se levanta al público para ponerlo a bailar, algo que hace las delicias de abuelas y nietos.
Lo más interesante del espectáculo (y por lo que nos sentamos en las butacas del Teatro Circo Price) son los números circenses, entre los que se encuentran las sombras chinescas de Sergi Buka, presentado como el mago de las transparencias, que sorprenden a niños y niñas y causan sensación.
El graciosísimo Darío Dumont, vestido de botones con un traje amarillo —en realidad, del personaje Cándido, protagonista de la obra homónima, que conviene no perderse—, con un número de bicicleta acrobática y otro de equilibrio sobre rulos, ambos cargados de humor, y que los más pequeños recordarán pasados los días.
Los integrantes de la compañía de la sierra madrileña La Gata Japonesa, también habituales de las programaciones de muchos teatros y festivales, con dos números aéreos —uno de cuerda de Diego García, y uno muy elegante de straps aderezado de quick change (cambio rápido de vestuario), de Diego y Elena Vives—.
También el arriesgado número de los funambulistas del Dúo Alambria; las acrobacias de los cinco miembros de La troupe del Atlas; y Othman realizando equilibrios sobre sillas.
Todo ello acompañado por una solvente banda musical en directo (bajo, batería, guitarra y piano), y aderezado por la sugerente iluminación de Rodrigo Ortega y el colorido vestuario de Emilio Salinas.
La interacción con el público es puntual: los profesores se disfrazan de payasos, Pepa Zaragoza pregunta a un espectador con quién cree que tendrá pesadillas esa noche, si con ella o con su compañero, y se canta la canción que proclama que ser payaso es un placer porque conseguir que se rían los demás hace feliz a quien lo intenta.
También se juega ligeramente con términos asociados a los adolescentes —boomer, por ejemplo— y se desliza alguna broma muy poco afortunada sobre el lenguaje inclusivo, más propia de un espectáculo para adultos que de uno infantil, aunque quizá se la perdonemos porque estamos en Navidad.
La primera parte acaba con la voz de la Luna, que regresa para pedir que no ensucien su bosque, justo en el momento en que un montón de confeti brillante cae desde las varas y llega el intermedio.
Y tras una segunda parte muy breve, llega la invitación final a soñar: se anima a los niños a que, al llegar a casa, sigan soñando y no permitan que nadie se lo prohíba.
La magia —se nos dice— sucede cuando nos atrevemos a soñar despiertos. Tras el desfile de despedida, el público abandona la sala después de un espectáculo de una hora y cuarenta y cinco minutos, intermedio incluido, con muchas palomitas, muchas risas y un guion poco elaborado que, significativamente, nadie firma en la ficha artística.
Y aquí llega una última observación: da la sensación de que los artistas de circo son lo menos importante en este espectáculo, pues aparecen mencionados al final de todo en la ficha; sabemos antes quién es la ayudante de vestuario o el encargado del maquillaje, que los artistas de circo que pisan la pista.