Entre el barro y los residuos [Qui som?, Baro d’evel]

Entre el barro y los residuos [Qui som?, Baro d’evel]
Qui som? Foto: Christophe Raynaud de Lage

Él decía que la última vez que Baro d’evel vino a Madrid fue el año pasado. Y yo, empeñado en que no, que hacía ya dos años. Ninguno de los dos tenía razón. En realidad, hace ya tres años que inauguraron con Falaise la 40ª edición del Festival de Otoño, ¡en noviembre de 2022! Desde entonces Baro d’evel, compañía de la que Camille Decourtye y Blaï Mateu Trias son responsables artísticos, no había vuelto a la capital.

Antes de aquello, habían presentado en mayo de 2022 en las Naves del Español en Matadero, la misma sala donde ahora hemos visto Qui som? (¿Quiénes somos?), aunque hoy rebautizada como Centro Danza Matadero.

Esta era, del 5 al 7 de diciembre de 2025, su tercera visita a Madrid, pero las dos anteriores han bastado para consolidar una legión de seguidores fieles, porque las entradas para las tres funciones de Qui som? se habían agotado y había una gran expectación ante lo que esta compañía hispano-francesa, con sede en Toulouse y veinticinco años de trayectoria, iba a mostrar. 

Qui som?, estrenado en el Festival de Aviñón en 2024, es una ambiciosa propuesta con trasfondo filosófico que intenta responder a la pregunta del título recurriendo a los lenguajes habituales de la compañía: danza, circo, teatro, música y artes plásticas, en una aspiración clara a la obra de arte total.

El espectáculo contiene momentos de gran comicidad, otros de indudable potencia visual, y una pregunta constante sobre quiénes somos, qué nos ocurre y hacia dónde vamos. Sin embargo, también se articula en dos grandes bloques que no terminan de ensamblar entre sí.

Antes de acceder a la sala, el público entra a la antigua cafetería (el lugar en que antes se podía esperar a cubierto a que empezara la función, tomando algo o simplemente charlando, y ahora, por el contrario, la espera se hace pasando frío al aire libre…). Allí, el elenco completo nos aguarda, nos observa y nos saluda, de forma casi ceremonial. Sobre algunos expositores, varias vasijas de barro anticipan ya uno de los ejes del espectáculo.

Al entrar en la sala, el espacio escénico impone: una estructura oscura, enorme y misteriosa, como una montaña de algas, domina el escenario. A ambos lados, una fila de vasijas de barro sobre pedestales se extiende desde el público hasta el fondo de la escena —unas diez a cada lado—, marcando un recorrido ritual.

El inicio es deliberadamente sobrio. Tres intérpretes tocan una pieza demasiado sencilla con unos instrumentos y, al terminar, piden un aplauso. Precisamente por su sencillez y por la petición explícita, el momento resulta eficazmente cómico.

Acto seguido, en el extremo opuesto del escenario, Blaï rompe “sin querer” la vasija más cercana al público. Llega Camille, le reprende, saca un torno y le obliga a rehacer la pieza. Blaï se pone a ello, pero el barro sin cocer no se sostiene: al intentar colocar la nueva vasija sobre el pedestal, acaba dejando un amasijo informe y frágil.

Este es el inicio del primer gran bloque, centrado en el barro. Los intérpretes, vestidos de un impoluto negro (casi todo el espectáculo se mueve en la gama del blanco y negro), se sitúan delante de la gran montaña y, poco a poco, bajos sus pies, el suelo se cubre de un líquido blanquecino, sobre el que resbalan, caen, se levantan, vuelven a caer, hasta acabar completamente manchados.

A continuación, colocan las vasijas de barro sin cocer sobre sus cabezas, a modo de máscaras, perforan ojos y bocas, y caminan por el espacio convertidos en figuras inquietantes, híbridas, casi totémicas, a las que van añadiendo objetos que deforman aún más la máscara y desasosiegan todavía más al espectador. 

Multitud de imágenes se agolpan. Distintas músicas suenan, en ocasiones interpretadas por los artistas —que son a la vez bailarines, acróbatas, músicos y actores—; Camille canta un fragmento de una obra religiosa de Vivaldi. El escenario acaba convertido en un cenagal. De la absoluta pulcritud hemos pasado a la suciedad y la deformidad.

Un perro entra en escena (en otras propuestas estaban muy bien acompañados por un cuervo, un caballo, palomas…).  Y una niña —probablemente hija de Camille y Blaï— acude al lugar donde se rompió la primera vasija e intenta “arreglar” el desastre, introduciendo una tierna capa de fragilidad que remite, además, a las sagas familiares propias del circo.

Este bloque da paso a un segundo movimiento, dedicado a los residuos plásticos y a la contaminación marina. La gran montaña de algas se mueve y vomita (igual que anteriormente ha escupido o se ha tragado a los intérpretes) numerosos desechos, sobre todo botellas de plástico, que acaban cubriendo por completo el suelo. Los residuos se mueven, y enseguida descubrimos que los intérpretes están escondidos entre los plásticos; es entonces cuando vemos la coreografía más bella de la pieza.

Finalmente, la niña se acerca al elenco y poco a poco comienza a recoger botellas de plástico; ante eso, todos se ponen a amontonarlas hacia el fondo, hasta que gran parte del escenario queda despejado. “Habrá que trabajar juntos para ordenar este desastre que hemos creado”, parecen querer decir. 

Tras un aplauso caluroso y entregado, Camille se dirige al público. Habla de lo que vamos a dejar a las generaciones futuras, del mundo que ofrecemos a nuestros hijos. Y llega, de manera sorprendente, el momento metateatral: se disculpa, reconoce una dramaturgia deslavazada, admite las grietas del espectáculo, incluso llega a afirmar que saben que no es un buen espectáculo.

Entonces comienza el concierto final, algo habitual en Baro d’evel. El público es invitado a seguir al elenco al hall. Allí ocurre, quizá, lo más vivo y estimulante de la experiencia: se baila, se compra material del espectáculo, tazas de cerámica o libros de la compañía, y se comparte un happening que se prolonga durante unos veinte minutos. Muchos salen con una litografía enrollada para colgar en la pared de su casa. 

Qui som?, con su larga duración (dos horas y cuarto, incluyendo la coda final) contiene momentos potentes y sugerentes con un final participativo que está entre lo más interesante del conjunto. Pero la sensación es que estamos ante dos espectáculos distintos que comparten escenario sin terminar de dialogar: uno sobre el barro, el origen y la fragilidad; otro sobre el plástico, los residuos y la huella contemporánea. Quizá, desarrollados por separado y llevados hasta el final de sus posibilidades, ambos habrían resultado más fértiles.

Queda en la memoria, eso sí, un mensaje persistente: no tirar la toalla, que en francés sería “ne baisse pas les bras” (no bajes los brazos), una consigna que apela a continuar pese a las dificultades, a no renunciar, a mantener la esperanza… Un lema honesto y necesario, aunque en este caso no consiga cohesionar del todo un espectáculo tan ambicioso. 

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