La belleza del circo híbrido [Paradisum, Recirquel Cirque Danse]
Al Centro de Cultura Contemporánea Condeduque ha llegado una compañía húngara dentro de la segunda edición de Abrapalabra, Festival de Literatura Infantil y Juvenil.
El espectáculo, titulado Paradisum, pudo verse los días 20 y 21 de diciembre y agotó las pocas entradas disponibles del aforo de esta sala.
No es habitual ver espectáculos de circo en este espacio (en alguna ocasión algo se ha visto en los patios, pero no en la sala de la primera planta), como tampoco es habitual la visita a Madrid de una compañía procedente de Hungría.
La compañía se llama Recirquel Cirque Danse, un nombre que da buena cuenta de los lenguajes que cultiva: danza y circo. Según se puede leer en su web, su trabajo se centra en la exploración de nuevos caminos para las artes escénicas a través de la creación y la formación.
Dirigida por el artista Bence Vági, la compañía nace en 2012 a partir de la danza contemporánea y propone una hibridación entre danza y circo. Gracias a esta conjunción —afirman—, el circo encuentra una mayor libertad y la danza adquiere una nueva forma de expresión, dando lugar a espectáculos híbridos que aúnan ambas disciplinas.
El espectáculo presentado en Madrid, Paradisum, está dirigido y coreografiado por el propio Vági. Se trata de una propuesta sencilla pero rotunda, que explora nuevas posibilidades de la danza circense, y que está muy bien aderezada con una escenografía mínima, pero de gran impacto visual, una estupenda iluminación, un sólido diseño sonoro y un ambiente eficazmente creado a partir del uso del humo.
La troupe, con sede en Budapest, ofreció un trabajo que hizo las delicias del público: una sucesión de números circenses extremadamente precisos, interpretados por seis artistas —cuatro hombres y dos mujeres—.
La pieza alterna números de danza coral con solos. Comienza con la apertura del telón, que deja ver, entre la tenue luz y el humo, a un artista que inicia su número en un mástil pendular. Sin transición ni tiempo para el aplauso, le sigue un número coreográfico grupal: cinco intérpretes emergen de debajo de una gran tela negra que cuelga de las varas en distintos puntos del escenario.
A continuación, un número de equilibrio de manos sobre una plataforma elevada que no vemos, porque está oculta por esa misma tela negra, lo que provoca la sensación de que la artista flota en el aire. Entonces se calma la música y el público arranca a aplaudir, no por falta de deseo previo, sino porque los tres primeros números se han encadenado sin fisuras, como un continuo que no permite insertar la emoción del espectador en forma de aplauso.
La oscuridad del conjunto y la continuidad escénica hacen que apenas se perciban los cambios entre números. Así, un número tras otro, el espectáculo avanza hasta llegar al final: un solo de un artista que juega con una escalera de una sola hoja sobre la que realiza equilibrios, seguido de una coda final con el resto del elenco en una coreografía grupal, mientras él ejecuta malabares con tres y hasta seis pelotas sin abandonar el equilibrio sobre su escalera.
En conclusión, Paradisum, con una duración aproximada de una hora, se disfruta mucho y deja un agradable sabor de boca.
Sin embargo, las divagaciones metafísicas que se pueden leer en la web del Condeduque y que vendrán del material de la propia compañía (“una esperanza pura pero siniestra de renacimiento”, “la preservación de la pureza del alma”, “la felicidad en los ritos de la existencia comunitaria o el mito del despertar tras un mundo destruido”…) no se captan viendo el espectáculo, y quizá hubiera bastado con algo más sencillo, un simple consejo: “déjense llevar por la belleza estética creada por los cuerpos en movimiento y disfruten”.