Nadie debería quedarse sin su regalo [Noel, Circlassica]

Nadie debería quedarse sin su regalo [Noel, Circlassica]

Estas navidades en Madrid, Productores de Sonrisas ha vuelto a encandilar a miles de espectadores, grandes y pequeños, con Noel, un gran espectáculo de dos horas de duración (intermedio incluido) en el que se cuenta el origen de Papá Noel.

Nicolás es un niño con los cabellos blancos como la nieve, amante de la música, capaz de construir instrumentos musicales con lo que encuentra a su alrededor. Sueña con un circo en el que siempre sea Navidad, y promete que ningún niño o niña se quedará sin regalo por estas fechas. Para contar esta historia, la compañía ha reunido un extraordinario elenco internacional de una treintena de personas, entre artistas de circo, actores, cantantes, músicos…

Antes de acceder a la carpa de Circlassica, instalada en IFEMA, el público atraviesa otra carpa previa donde se encuentran los aseos, los puestos de los patrocinadores y la venta de palomitas, perritos calientes o bebidas pensadas para mantener ocupado el estómago durante el espectáculo.

Los avisos por la megafonía anuncian que el comienzo de Noel es inminente, y en cuestión de segundos, una marea humana avanza por un pasillo iluminado de blanco que llega a la gran carpa principal, con un aforo de casi 2000 personas. Apenas nos acomodamos en nuestros estrechos asientos, da comienzo la función. 

En el escenario, la fachada de una casita de cuento, con una gran puerta central. Sobre ella se proyecta la historia de Nicolás de pequeño, junto a sus padres; durante el resto del espectáculo, diversos vídeos de animación y secuencias de videomapping nos irán trasladando a distintos espacios y atmósferas.

A izquierda y derecha de la fachada de la casa, en alto, se sitúa la orquesta, cuatro músicos a cada lado, que no dejan de tocar en casi toda la representación. 

Nicolás llega a un pueblo encantado habitado por artistas de circo, y se encuentra con cuatro seres mágicos que cantan una canción de bienvenida al espectáculo. Estos personajes dicen su nombre, pero no los escuchamos bien (esto es una constante en la mayor parte de los grandes montajes con canciones que se pueden ver en los escenarios madrileños: no se entiende lo que dicen, a veces se tiene la sensación de que serían muy útiles unos sobretítulos…).

Son Mystirion, guardián de la magia; Amara, del amor; Chronos, del tiempo; y Sonora, de la música. Los personajes están interpretados por Adrian Garzia, Lucía Bentabol, Daniel Orgaz y Xiluva Tomás, todos ellos con sólidas voces, y ataviados con un vestuario de gran contundencia. Ellos le enseñarán a Nicolás que los verdaderos regalos de la vida son la magia, el amor, el tiempo y la música.

Tras la primera canción, un número inaugural con ocho bailarinas (saldrán varias veces durante la obra) da paso a la Troupe Amaraa de Mongolia: trece acróbatas ejecutando un impresionante número de combas a distintas alturas. Este comienzo es impactante. “Solo por esto ya ha merecido la pena venir”, comenta la pareja sentada a mi lado, que ha traído a disfrutar del espectáculo a dos niños demasiado inquietos.

Troupé Amaraa (Mongolia)

Entra entonces en escena la artista estadounidense Haley Viloria, que sobrevuela el escenario con un elegante y magnético número de straps y contorsión.

A continuación, aparece el protagonista de la obra, Nicolás, interpretado por el clown español Luigi Belui, imprescindible en los espectáculos de Productores de Sonrisas y con una amplia trayectoria internacional. Nicolás intenta tocar diversos instrumentos, pero un joven vestido de negro se los arrebata uno tras otro al grito de “aquí no se toca”. El público acaba aliándose con Nicolás y coreando “¡devuélveselo!” y otras frases por el estilo.

Le sigue un número de malabares con mazas y aros —cuyo intérprete no aparece identificado en la web— que da paso a uno de los momentos más tensos de la noche: la rueda de la muerte del Team Navas de Colombia, a cargo de Yefer Alexander Acosta Calderón y Yorman Steven García Zamora. Quizá sea esta la disciplina circense más arriesgada que existe y, como siempre, mantiene al graderío en vilo y deja el listón emocional muy alto justo antes del intermedio.

Durante el descanso, muchos salen a la primera carpa, otros se quedan en su asiento… Los niños siguen emocionados, especialmente si sus padres acceden a comprarles palomitas. Tanta emoción provoca, como era de esperar, una intensa lluvia de palomitas que cae desde los asientos, y que uno nota cuando atraviesa los pasillos bajo la grada para volver a su localidad.

La segunda parte comienza con un nuevo vídeo de Nicolás y una canción navideña cuya letra resulta incomprensible otra vez (¡qué bien vendrían los sobretítulos!).

A continuación, el bielorruso Artsiom Haurylik ofrece un impecable número de rueda Cyr, de gran presencia escénica.

Regresa Nicolás con un divertido momento musical utilizando bocinas, antes de dar paso al número de equilibrio sobre cuerda del chino Lan Shi Xiong, ejecutado con notable precisión.

Ya en la recta final, el Dúo Deep, procedente de Rusia, firma otro elegante número de straps en el que Anton Markov y Ekaterina Rubtsova ofrecen una bella y arriesgada danza aérea.

Luigi Belui vuelve a escena para sacar a seis voluntarios del público —cinco adultos y una niña— y convertirlos, con mucho humor, en una improvisada orquesta.

El cierre llega con el elenco de bailarinas marcando unos tímidos pasos de claqué que introducen el gran número final de saltos y báscula de la Troupe Amaraa, de enorme impacto y precisión. Estos acróbatas, presentes en dos momentos del espectáculo, se cuentan sin duda entre lo mejor de la tarde. 

Noel es una experiencia visual de gran formato que fusiona circo contemporáneo, música en directo y una propuesta artística de alto nivel. Más de treinta artistas internacionales convierten cada función en un reto físico y emocional en el que riesgo y belleza se toman de la mano.

La música en directo, el videomapping, la iluminación de Juanjo Llorens y el vestuario de María González y Belén Calvo construyen un universo onírico que envuelve por completo al público. Si, además, se entendiera con claridad la letra de las canciones, el resultado sería aún más redondo. 

Al final, el espectáculo deja un mensaje tan sencillo como poderoso: nadie debería quedarse sin su regalo. Al salir de la carpa, un niño le decía a sus padres: “Papá, prométeme que el año que viene volvemos”. Escuchar eso ya es, en sí mismo, un regalo.

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