Daniele Finzi Pasca: “Los payasos son filósofos de la simplicidad”

Daniele Finzi Pasca: “Los payasos son filósofos de la simplicidad”
Daniele Finzi Pasca © Viviana Cangialosi

El territorio de lo invisible

En el escenario o en una pista, lo que se ve es apenas una parte. Lo demás —y a veces lo esencial— ocurre en otro lugar: en la respiración del intérprete, en la atención del público, en ese territorio difícil de nombrar donde la emoción se forma antes de convertirse en gesto.

Es ahí donde se sitúa el trabajo del director y clown suizo Daniele Finzi Pasca, cuya exploración artística parte de una idea clara: “el arte se sostiene en lo invisible, en aquello profundamente perceptible: los sentimientos, la pena, el amor, el querer o el no querer; elementos que exigen otra forma de percepción”.

Ícaro: lo esencial como lenguaje

Esa búsqueda atraviesa también Ícaro, la obra más representada de la Compañía Finzi Pasca, que esta primavera podrá verse en cuatro ciudades españolas: Bilbao (29 de abril), La Coruña (2 de mayo), Barcelona (6 de mayo) y Madrid (8 y 9 de mayo).

Con más de 800 funciones desde 1991, el espectáculo se ha convertido en el manifiesto de la compañía y este año celebra su 35 aniversario.

Ícaro puede leerse a partir de la relación entre la cocina pobre y el teatro pobre de Jerzy Grotowski, con quien Finzi Pasca trabajó al inicio de su trayectoria. “En la cocina, lo “pobre” no remite a la carencia, sino a lo esencial: platos sencillos que, como los ñoquis que preparaba mi abuela, evocan un viaje al pasado”.

Bajo esa misma lógica, la sencillez convive con la sofisticación: para crear algo sublime hay que escoger lo mejor y tratarlo de una manera que sorprenda: “Tanto en la cocina como en el teatro, la tarea consiste en reinventar y en ir más allá”.

Ícaro © Viviana Cangialosi

El payaso: entre la risa y la fragilidad humana

La comicidad, explica Finzi Pasca, no conduce necesariamente a lo conmovedor: “El payaso habita un equilibrio constante entre la risa y la conmoción”. Ante la complejidad de la vida, su tarea es simplificarla y poner el foco en la fragilidad humana.

A veces la realidad resulta dramáticamente extraordinaria. El payaso, desde la ingenuidad, cuenta las cosas en su crudeza. Puede desviarse, incluso rozar cierta decadencia, pero sigue intentando nombrar lo esencial.

“¿Cómo hablar de lo extraordinario a alguien que vive bajo las bombas? Y, sin embargo, tenemos que estar ahí e intentar rescatar las grandes cuestiones, ser empáticos. No se trata necesariamente de hacer reír, sino de estar cerca: compartir esa danza que, en ocasiones, puede ser profundamente dolorosa”.

Llorar, para Daniele, es una sanación. Recuerda cómo, después de ver una buena película en el cine, su abuela y su tía solían decir: “Cuánto reímos y cuánto lloramos”. Como si ambas cosas fueran inseparables.

Ícaro: un gesto de confianza

Ícaro es la historia de dos personas que se encuentran en un cuarto sin puertas ni ventanas y, aun así, deciden que van a escapar volando. 

En cada función, el protagonista rompe la frontera con el público e invita a alguien a subir al escenario, a danzar con él. 

Es un gesto delicado, casi íntimo, donde no hay burla ni exhibición, sino el deseo de confiar, de entregarse por un instante y “dejarse ir en los brazos del otro”.

Pensamiento, memoria y tradición

Los payasos, aunque a menudo se los confunda, no tienen nada de necios. Bajo la ligereza hay un pensamiento profundo, a veces incluso radical. “Chaplin, gran pensador y gran filósofo, llegó a anticipar el nazismo. Los payasos se tratan de una representación compleja del ánimo humano, en su forma laberíntica y a veces frágil como el cristal. No es falta de pensamiento, no es necedad.”

Daniele lo entiende como una red invisible que atraviesa el tiempo. Recuerda una escena en Sochi (Rusia): un cuartito pequeño, casi improvisado, donde coincidieron Oleg Popov, Slava Popunin, David Shiner y él. Cuatro payasos compartiendo un rato de conversación. Semanas después, a través de Slava, le llegó una de las últimas cajitas de maquillaje de Popov. No era solo un objeto, sino un gesto, una forma de vínculo. De algún modo, piensa Daniele, “todos estamos conectados”.

Entender la vida para hacer arte

Hace dos años, Daniele dirigió una producción de flamenco en Madrid y se quedó en Jerez de la Frontera para entender ciertas cosas. Cuenta que una noche alguien le dijo que, para comprender qué significa el flamenco, primero hay que haber entendido la vida.

Algo parecido ocurre con el arte del payaso. “Quien quiere llegar ahí verdaderamente se va a través del pensamiento”.

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