Derecho a jugar [Play Time, Compañía Kanhahiota]
El Teatro Circo Price ha celebrado entre el 13 y el 17 de mayo, dentro de la programación de las Fiestas de San Isidro, la primera edición de Madrid a la Carpa, un ciclo concebido como muestra del circo vinculado a la escena madrileña y formado por cuatro propuestas dirigidas a públicos diversos.
Este pequeño festival se clausuró el domingo 17 con Play Time, espectáculo de la compañía Kanbahiota inspirado libremente en La nave de los locos y construido alrededor del juego como impulso de libertad, riesgo y resistencia frente a las normas sociales.
Este proyecto surge de la colaboración de las compañías Chisgarabís y Kanbahiota, iniciada en 2019 con La rueda y posteriormente con Volando vengo, dos propuestas basadas en la investigación sobre las estructuras que conforman sus escenografías.
El montaje parte de la conocida imagen medieval de aquellos individuos expulsados de la sociedad por no ajustarse a sus reglas —locos, disidentes, marginados…— para trasladarla al territorio de la infancia y del juego libre.

Al comienzo uno de los intérpretes aparece casi en penumbra preparándose las manos con magnesio y se acercar lentamente al público. Poco después, sale el resto de intérpretes, y una de las acróbatas toma un micrófono y lanza una frase que parece condensar buena parte del espíritu de la pieza: “Los que piensan enloquecen; yo no pienso nunca, por eso estoy sana”.
A partir de ahí, el espectáculo se abandona progresivamente a una lógica propia donde lo absurdo desplaza cualquier necesidad de explicación racional.
La propuesta, con dramaturgia y dirección de Irene Poveda (Chisgarabís), convierte a los personajes en cuerpos que actúan desde una lógica ajena a la racionalidad adulta, impulsados únicamente por el deseo de probar, tocar, arriesgar y transformar cuanto tienen a su alrededor. Desde el principio, la pieza parece renunciar a toda necesidad de explicación racional para dejar paso a acciones gobernadas por la intuición y el impulso.
La escena aparece dominada por una gran estructura semicircular que remite a los columpios infantiles de los parques de hace varias décadas. Ese elemento concentra buena parte de la potencia visual del espectáculo y funciona como un dispositivo escénico en constante transformación.
Los intérpretes lo escalan, lo hacen oscilar, se suspenden de él y lo convierten sucesivamente en plataforma acrobática, balancín o embarcación improvisada. El trabajo de investigación física sobre la estructura resulta uno de los aspectos más sólidos de la propuesta y evidencia el interés de la compañía por integrar aparato circense y dramaturgia visual.
Kanbahiota demuestra además un notable dominio técnico. Los portés realizados sobre la estructura móvil poseen fuerza y precisión, especialmente en los momentos en que los cuerpos se organizan a distintas alturas desafiando el equilibrio del aparato.
Sin embargo, el espectáculo encuentra sus imágenes más interesantes en la capacidad para transformar el juego en relato escénico. Cuando separan una de las barras del columpio para convertirla en mástil y transforman el balancín en un delirante barco, la referencia a La nave de los locos adquiere por fin toda su dimensión simbólica.
El humor atraviesa además buena parte de la función. Las caídas generan situaciones de comicidad que conviven constantemente con una sensación de peligro controlado. Esa mezcla entre juego y amenaza termina siendo una de las claves más sugerentes del montaje: el juego aparece como espacio de libertad, pero también como territorio donde no hay normas y todo puede precipitarse hacia el caos.

Precisamente desde esa deriva caótica avanza el espectáculo, saltando continuamente de una acción a otra y acumulando transformaciones, ideas e impulsos como sucede en el juego infantil, donde cada objeto puede convertirse en otra cosa y donde el tiempo parece perder importancia.
Play Time consigue transmitir una energía física contagiosa y una reivindicación del juego entendida no como evasión, sino como forma de resistencia frente a la rigidez adulta y social.
En ese sentido, el cierre del espectáculo introduce además una dimensión política inesperada: tras los aplausos, la compañía dedica la función “a todos esos niños y niñas que ya no pueden jugar en Gaza”. La referencia desplaza de pronto el sentido de cuanto se ha visto anteriormente y recuerda hasta qué punto algo aparentemente tan simple como jugar puede convertirse también en un derecho amenazado.
La compañía Kanbahiota clausura Madrid a la Carpa con una propuesta físicamente poderosa, imaginativa y atravesada por una defensa del juego como espacio de libertad, caos y comunidad.