Un payaso contra la espectacularidad [Fuman, el payaso músico viajero, Fuman Artist]
El Teatro Circo Price celebró entre el 13 y el 17 de mayo, dentro de la programación de las Fiestas de San Isidro, la primera edición de Madrid a la Carpa, un ciclo concebido como muestra del circo vinculado a la escena madrileña y formado por cuatro propuestas dirigidas a públicos diversos. Dentro de esta programación pudo verse Fuman, el payaso músico viajero, espectáculo del clown Fuman Artist.
En un momento en que buena parte del circo contemporáneo parece apoyarse cada vez más en el impacto visual, la dificultad técnica o la acumulación de riesgo, Fuman Artist apuesta por algo mucho más sencillo y también más difícil de sostener: la presencia escénica y el vínculo directo con los espectadores. Recupera así la figura clásica del payaso itinerante para construir un espectáculo de medios modestos, pero muy eficaz en su capacidad de conectar con el público.
En un espacio presidido por una gran batería central y distintos artefactos musicales, Fuman aparece por un lateral cargado de instrumentos y enormes globos de colores, con el aire excéntrico de un viajero ambulante. Desde ese primer momento queda definido un universo reconocible que remite al clown tradicional.
El espectáculo se apoya en mecanismos clásicos: el accidente, la torpeza deliberada, el objeto que se rebela, los ojos que lloran a chorros sobre la platea. Un platillo que cae inesperadamente al suelo, unas baquetas incapaces de alcanzar los bombos más lejanos o un sombrero que nunca termina de recogerse bastan para activar una comicidad elemental que sigue funcionando con eficacia. Fuman no pretende reinventar estos recursos, sino ejecutarlos con honestidad y con un ritmo que privilegia el juego compartido frente a la sofisticación formal.
Uno de los aspectos más logrados del montaje es la interacción constante con la sala. Especialmente divertidos resultan los momentos en que incorpora a espectadores a escena, no tanto por la situación en sí como por las reacciones imprevisibles que provoca. En ese sentido, la aparición de un niño muy pequeño acompañando a una de las voluntarias genera algunos de los instantes más espontáneos y cómicos de la función.
La música en directo ocupa un lugar central dentro de la propuesta, como ya anuncia el título. Las bocinas, la vieja radio o la gran batería permiten a Fuman articular distintos números en los que el sonido se convierte tanto en juego escénico como en herramienta de comunicación con los espectadores.
Sin embargo, el espectáculo no mantiene siempre la misma intensidad. Algunos números y ciertas transiciones se prolongan en exceso, haciendo que el ritmo decaiga antes de recuperar nuevamente la atención de la sala. También determinadas aproximaciones al público pierden eficacia debido a una iluminación insuficiente que dificulta apreciar con claridad el trabajo gestual del clown.
Aun así, Fuman consigue algo cada vez menos frecuente: construir una experiencia basada en la proximidad y en el juego compartido. Los niños responden desde la risa inmediata; los adultos, desde una complicidad más melancólica que conecta con la tradición del clown clásico.
El espectáculo no busca deslumbrar mediante la proeza, sino recordar que el circo también puede sostenerse desde la fragilidad, el humor físico y la capacidad de un único intérprete para crear comunidad durante un rato. Incluso durante los aplausos finales, Fuman prolonga el juego repartiendo los globos entre los niños y lanzando grandes bolas hinchables luminosas que atraviesan la platea de mano en mano.
Dentro del espíritu de Madrid a la Carpa, la propuesta de Fuman Artist ocupa un lugar coherente: el de un circo pequeño en escala, pero profundamente atento al placer sencillo del encuentro entre escena y espectadores.