The Greatest Showman


The Greatest Showman

The Greatest Showman

Phileas Taylor Barnum da para mucho. Desde que en el verano de 1835 anunciase la exhibición de Joice Heth, una esclava de ¡161 años! que había sido niñera del general George Washington, Barnum inició una meteórica carrera empresarial que le llevó a redefinir el mundo del espectáculo en una época —la segunda mitad del siglo XIX— en la que los entretenimientos y las diversiones estaban todavía consideradas casi como demoníacas.

Joice Heth resultó ser una anciana de 80 años y aunque Barnum defendió su desconocimiento del fraude —él también había sido engañado—, su nombre estuvo unido, desde ese momento, al engaño y la superchería. El Príncipe de los Farsantes, The Prince of Humbug, parecía no haber comenzado con buen pie, pero muy pronto se convirtió en uno de los primeros millonarios de una joven América que cayó rendida a sus pies y a la que transformó en la nación del show bussiness. Todo esto viene a cuento de la recién estrenada El Gran Showman (The Greatest Showman, Michael Gracey, 2017), un musical cien por cien americano que se sirve de P.T. Barnum para desarrollar un nuevo éxito de Hollywood que poco tiene que ver con la figura histórica del innovador empresario que revolucionó el mundo del espectáculo para siempre.

Pero esta falta de respeto a la historia, o esta libertad para adecuar la historia al producto que se necesita, no es exclusiva de la película del novato Michael Gracey. The Mighty Barnum (Walter Lang, 1934) es una de las primeras, una película con algunas inexactitudes históricas —como todas—, en las que destaca la participación de Wallace Beery interpretando a Barnum y la del mítico actor Adolphe Menjou que interpreta a su socio Mr. Bailey.

El recurso de Barnum

En 1986, Michael Crawford interpreta al genial empresario en la versión inglesa del musical de Broadway titulado Barnum!, que en España interpretó un jovencísimo Emilio Aragón en una de las últimas grandes producciones de Arturo Castilla y que en la versión norteamericana fueron Jim Dale y Glenn Close los que dan vida al matrimonio Barnum. En ese mismo año, un experimentado Burt Lancaster protagoniza una película para televisión, Barnum (Lee Philips, 1986), que ilustra la carrera meteórica de un Barnum sin escrúpulos, innovador en las técnicas publicitarias y dueño del museo más famoso de la historia de Estados Unidos.

En 1995 se realiza un magnífico documental del Canal Discovery de tres horas, (P.T. Barnum: America’s Greatest Showman, Andrea Black, 1995), en el que, por fin, podemos descubrir al auténtico Barnum. Los responsables de este documental son los mismos que los autores del magnífico libro: P.T. Barnum, America ́s greatest showman, la familia Kunhardt, estudiosos y coleccionistas de todo tipo de material relacionado con Barnum. En 1999, le toca el turno al actor Beau Bridges en P.T.Barnum (Simon Wincer, 1999), otra producción para la televisión americana en dos capítulos de hora y media nominada varias veces para los Premios Emmy.

Sin rigor histórico

La vida de Barnum da para mucho y por eso las creaciones inspiradas en su vida toman la parte por el todo o se detienen en algún aspecto de su vida que no enmarca lo suficiente la mastodóntica biografía e influencia de este genial personaje. The Greatest Showman es un ejemplo de ello. El personaje de Barnum (interpretado notablemente por Hugh Jackman) se convierte en el adalid del sueño americano, prototipo del triunfador que de la nada consigue un imperio. Su joven socio Philipp Carlyle (Zac Efron) nunca existió en la vida real y su inclusión en la película es para remarcar el amor interracial entre este y la trapecista Anne Wheeler (Zendaya), otro personaje inventado. Tampoco hay noticias de que el empresario tuviera una relación con Jenny Lind (Rebeca Ferguson), ni que los periódicos sacaran una imagen de ellos dos besándose, ni que su mujer Charity (Michelle Williams) le abandonase por este affaire.

Otra cosa son los freaks, los fenómenos, exhibidos por Barnum que aparecen en la película. En este caso podemos adivinar unos cuantos que sí están inspirados en la vida real, aunque no coincidan del todo en el tiempo en el que se desarrolla la película. Así, nos encontramos con el diminuto Tom Thumb (Sam Humphrey), al que Barnum comenzó a exhibir a la edad de 4 años — no de joven como aparece en la película— y que fue uno de sus tesoros y el que le abrió las puertas de Europa y del público aristocrático, suavizando el rechazo que producían este tipo de fenómenos en la época. Tom Thumb, disfrazado de General o de Napoleón, era simpático, ingenioso y sabía relacionarse con elegancia entre reyes y aristócratas.

Otros freaks que encontramos en la película son la mujer barbuda Annie Jones (Keala Settle), el hombre tatuado George Costentenus (Shannon Holtzapffel), el hombre perro Fedor Jeftichew (Luciano Acuna Jr.), los hermanos siameses Chang y Eng (Yusaku Komori y Danial Son), un par de negros albinos, un gigante o un gordo. Como soy un friky de los freaks, echo de menos a la Sirena de Fidji y un poco de rigor en la presentación del Museo Americano de Barnum. El Museo no era un circo, el circo propiamente dicho fue un proyecto tardío que P.T. Barnum llevó a cabo cumplidos los sesenta años.

Entonces, después de todas estas inexactitudes ¿merece la pena ver la película? Por supuesto. Es entretenida —lo que buscaba Barnum en sus negocios— y la banda sonora contiene algunos temas muy interesantes compuestos por Benj Pasek y Justin Paul, los mismos que recibieron el Oscar por La La Land: Una historia de amor (Damien Chazelle, 2016). Las canciones no son empalagosas y aparecen en la película de una manera sutil, sin estridencias. Las coreografías están bien diseñadas y son muy coloristas. Circo no hay demasiado, apenas una secuencia interpretada por Zendaya y Zac, en la que la primera sube a una cuerda y hace un arroje interminable mientras cantan Rewrite the Stars.

Como dice en la película el crítico James Gordon Bennett Sr. (Paul Sparks) —este sí, un personaje real, que no tenía demasiado aprecio por Barnum— “reunir en escena a personas de toda clase, formas y colores y presentarlas como iguales es una celebración de la humanidad”, tanto en el siglo XIX, como en el recién estrenado siglo XXI.

Por Javier Jiménez

Artículo publicado en el número 56 de la revista Zirkólika). Puedes suscribirte a la revista aquí.


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