Cuando el circo cambia nuestra forma de mirar [Tenet, Eunoia Kolektiva]
El circo apenas ha encontrado espacio en la 42.ª edición de Veranos de la Villa del Ayuntamiento de Madrid.
Junto al clown de Fuman, el payaso músico viajero (ya comentada aquí) que se puede ver en distintos espacios al aire libre de Madrid, el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque acogió el pasado 14 de julio la propuesta de danza acrobática Tenet de Eunoia Kolektiva, una agrupación formada por cuatro dúos especializados en portes acrobáticos que hace cuatro años decidieron unir sus trayectorias en un proyecto común.
Lejos de construir un espectáculo basado únicamente en el virtuosismo físico, Tenet utiliza la acrobacia como herramienta dramatúrgica para cuestionar una idea aparentemente sencilla: ¿vemos todos la misma realidad?
A partir de esa pregunta, el montaje despliega una investigación escénica sobre la percepción, la subjetividad y la manera en que la posición —física y vital— condiciona aquello que creemos observar.
Al entrar en la sala, el espacio escénico aparece prácticamente vacío. Solo un micrófono iluminado por un cenital ocupa el centro del escenario. Los ocho intérpretes y el músico entran en escena y, alguno de ellos se acerca al micrófono para describir aquello que ven.

Cada uno enumera elementos distintos del patio de butacas: gente, escaleras, unas gafas, una barba, un rostro… La realidad es la misma para todos, pero cada mirada selecciona aspectos diferentes. Esa sencilla premisa se convierte en el motor de un espectáculo que no deja de preguntarse cuánto depende lo que se tiene delante del lugar desde el que se observa o de la persona que lo observa.
A partir de ahí, la dramaturgia desarrolla esa idea mediante imágenes sencillas y eficaces. Los artistas modifican constantemente su altura, su orientación o la distancia respecto al observador para demostrar que una misma composición puede transformarse radicalmente con un pequeño cambio de perspectiva.
Un acróbata observa la escena desde el suelo y percibe que cuerpos situados a distintas alturas parecen alinearse; otro decide ponerse bocabajo para mirar al público y así comprobar que invertir el cuerpo altera la percepción del espacio. La perspectiva deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una experiencia física compartida con el espectador.

En Tenet las acrobacias no aparecen como un número aislado. Los portés no buscan únicamente el aplauso provocado por la dificultad técnica, sino dar forma física a la idea dramatúrgica. Las diferentes alturas, los equilibrios imposibles o los cambios de orientación materializan esa pregunta constante sobre cómo construimos aquello que creemos ver.
La música en directo acompaña el recorrido sin imponerse, generando una atmósfera cambiante que dialoga con el movimiento. También el humor ocupa un lugar importante. La complicidad entre los intérpretes y la participación del público alivian el componente filosófico del planteamiento sin restarle profundidad, y permite que conceptos abstractos se comprendan con naturalidad.
Uno de los momentos más curiosos llega cuando una de las artistas baja al patio de butacas con el micrófono para preguntar a varios espectadores qué están viendo mientras Guille y Alessio ejecutan un ejercicio de portes. Las respuestas espontáneas del público confirman, una vez más, que ninguna mirada coincide exactamente con la otra. Además, la diferencia de complexión entre ambos artistas convierte el número en una imagen sorprendente y elocuente sobre la confianza y el equilibrio.
Uno de los momentos más sugerentes llega con la aparición de unos grandes espejos que los artistas mueven por el escenario. La pregunta «¿qué vemos cuando nos miramos?» abre una nueva dimensión a la propuesta. Ya no se trata únicamente de cambiar el punto de vista físico, sino también de cuestionar la imagen que cada uno construye de sí mismo.
Ese momento, en que la escena multiplica las perspectivas y resulta difícil distinguir qué pertenece al cuerpo y qué a su reflejo, acompañado por la música en directo, consigue estampas visuales realmente bellas.

La dramaturgia vuelve una y otra vez sobre esa diferencia entre ver, mirar y observar, invitando a detenerse en los matices de una acción cotidiana que rara vez cuestionamos. La participación del público, sin sentirse forzada, se integra orgánicamente en el discurso. Así, el momento de mayor belleza llega hacia el final.
Tras fijarse en las miradas del público, los artistas invitan a cuatro espectadores —tres adultos y una niña— a subir al escenario. Durante unos minutos desaparece la frontera entre intérpretes y público: ya no son ocho cuerpos en escena, sino doce. Los recién llegados terminan suspendidos en el aire gracias a la confianza depositada en los acróbatas.
El virtuosismo sigue estando presente, pero ahora la emoción nace de comprobar cómo unos desconocidos aceptan dejarse sostener por otros. Es una imagen de enorme fuerza poética que resume buena parte del discurso del espectáculo, ya que este deja de hablar únicamente sobre quién mira para convertir al espectador en parte activa de lo que está siendo observado.

Quizá la reflexión se explicita más de lo necesario mediante el texto hablado. El espectáculo posee suficiente fuerza visual para transmitir sus ideas sin verbalizarlas. Sin embargo, ese ligero exceso expositivo apenas empaña una propuesta que mantiene el interés durante casi una hora gracias a un ritmo fluido y a una constante capacidad para sorprender desde recursos sencillos.
La ovación final, con buena parte del público en pie, precede a una última intervención en el micrófono. Tras haber hablado durante toda la función de las distintas maneras de mirar el mundo, una de las intérpretes recuerda que queda una última mirada: una mirada contra todo genocidio y a favor de la dignidad humana.
Ese cierre trasciende la metáfora inicial y sitúa el espectáculo en el presente, recordando que cambiar el punto de vista no es únicamente una cuestión de percepción, sino también una forma de posicionarse ante la realidad.
De Tenet uno sale con la sensación de que quizá la realidad no haya cambiado, pero lo que sí puede cambiar es la forma de mirarla.