Experimentos inútiles para un público imprescindible [Der Lauf, Les Vélocimanes Associés]

Experimentos inútiles para un público imprescindible [Der Lauf, Les Vélocimanes Associés]
Fotos: Gaby Merz

Los días 14 y 15 de febrero pudo verse en la Sala Verde de Teatros del Canal, dentro de la segunda edición del Festival Riesgo, Der Lauf (La carrera), de la compañía belga Les Vélocimanes Associés, un espectáculo de circo contemporáneo que hizo reír y disfrutar al público asistente, además de implicarlo activamente en su desarrollo. Hacía tiempo que no tenía una sensación tan clara de que el público era absolutamente imprescindible para que el espectáculo existiera.

La acción tuvo lugar en un espacio dispuesto a dos bandas, con las entradas sin numerar, lo que hacía que cada espectador eligiera su asiento en las gradas según iba entrando. Sobre cada butaca había un sobre que no se podía abrir —y que, obedientemente, nadie abrió hasta que no se pidió expresamente al final—.

Entre ambas gradas se encontraba el espacio escénico, delimitado por unos cordones como un ring de boxeo, y en él varios objetos que más tarde se utilizarían en escena. Desde uno de los extremos nos vigilaba un extraño personaje: un hombre con traje y corbata, sentado en una silla, con un cubo cubriéndole la cabeza y ligeramente iluminado.

Para comenzar el espectáculo apareció otro hombre disfrazado de conejo rosa y pulsó un enorme botón rojo. Entonces el hombre-cubo se levantó, cogió unos carteles y mostró un texto en el que se advertía que lo que íbamos a ver no era exactamente un espectáculo, sino una serie de “experimentos inútiles”, tal y como define la propia compañía su propuesta en el programa de mano.

Y así fue: a partir de ahí asistimos a una sucesión de acciones aparentemente insignificantes que acabaron dejando una notable cantidad de vajilla rota en el suelo, con un público completamente entregado y con capacidad real para decidir el curso de la función.

Cuando el hombre avanzó unos metros, alguien accionó una cuerda y dejó caer sobre su cabeza otro cubo del que colgaban varias botellas, que comenzaron a oscilar a su alrededor sin rozarlo. Como el intérprete no veía nada, el efecto cómico fue inmediato y las risas surgieron desde los primeros minutos.

A continuación, avanzó hacia el centro del ring un artefacto con siete varillas alineadas y unos platos apilados en un extremo. El hombre-cubo se acercó, tomó un plato y lo colocó sobre una de las varillas haciéndolo girar. Repitió la operación con otros platos hasta que uno cayó al suelo. Lógicamente, realizar una actividad de este estilo sin ver, hace que el riesgo se multiplique.

Fue entonces cuando el público comprendió que su intervención sería vital para evitar que se rompieran más platos —o al menos para intentarlo— y comenzó a guiar sus movimientos usando la voz. Las varillas estaban numeradas, de modo que la comunidad de espectadores empezó a decir números a gritos para indicarle cuál debía mover.

Aunque sabíamos que evitar la rotura de más platos era casi imposible, el intérprete consiguió finalmente mantener los siete girando al mismo tiempo, lo que provocó un aplauso general: no solo por su logro, sino por el éxito del tándem formado por el hombre-cubo y los espectadores. En cierto modo, el público se estaba aplaudiendo a sí mismo.

En la siguiente escena, el hombre se sentó en una silla, se colocó unos guantes de boxeo y, ante él, descendió una plataforma con varias copas de vino. De una gran caja con ruedas salió otro hombre-cubo idéntico al primero; se sentó frente a él y comenzaron una especie de partida de ajedrez en la que, por turnos, iban colocando objetos —copas o ladrillos que sacaban de un cubo— hasta construir una torre de dudosa estabilidad.

Tras cada movimiento pulsaban un timbre, de los típicos de recepción de hotel, situado también sobre el tablero. De nuevo el público, trabajando como un equipo coordinado, suplía los ojos de los hombres y les indicaba dónde colocar las piezas.

La escena concluyó, como era de esperar, cuando todo se vino abajo y se rompió contra el suelo. Resultó especialmente interesante cómo ambos artistas conseguían construir dos personajes chulescos: cada uno, con el cubo en la cabeza y los guantes de boxeo puestos, reaccionaba a los ruidos o voces del público como si pudiera ver a cada espectador, pedía aplausos, agradecía los ánimos recibidos…

Enseguida uno de ellos (no se sabe cuál de los dos, pues en ningún momento se quitaron el cubo de la cabeza y ambos tenían la misma complexión física) inició un juego de trileros con varios cubos y cartas, tratando de que el público adivinara en qué cubo estaba la carta del corazón.

Tras ello, uno se situó en el centro y el conejo rosa colocó una copa sobre la superficie del cubo de su cabeza. Como en el episodio de Guillermo Tell y la manzana, el otro hombre-cubo lanzó pelotas hasta derribarla. La acción se repitió con otros objetos frágiles, pero esta vez fue el público quien, como en un juego infantil, lanzó enérgicamente las pelotas, disfrutando abiertamente de la experiencia y trabajando en comunidad de nuevo para derribarlo todo, sin piedad. Resulta paradójico comprobar cómo en los juegos anteriores el objetivo del público era salvar la vajilla, mientras que en este quiere acabar con todo a bolazo limpio.

Como colofón, se invita al espectador a abrir el misterioso sobre y, una vez más, en comunidad, todos lo hacen… Sin embargo, no es necesario desvelar aquí su contenido…

Lejos de buscar el virtuosismo circense, Der Lauf propone una sucesión de situaciones absurdas y frágiles en las que el accidente y la participación del público como un equipo coordinado forman parte esencial del juego.

El error se convierte en motor dramático, y la masa de espectadores se transforma en los ojos de los hombres-cubo, guiando sus movimientos y participando activamente en el desarrollo de cada “experimento inútil”.

El resultado es una propuesta lúdica que invita a reflexionar sobre el trabajo en equipo y la propia noción de espectáculo, que arrancó muchas risas y aplausos en el auditorio. Lo verdaderamente interesante es observar cómo el público comprende, poco a poco, que lo mejor que puede hacer no es solo mirar, sino también participar.

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