Otra vez una maravilla [14º Festival Internacional Elefant d’Or, Girona]
Las crónicas publicadas por Zirkolika sobre el Festival Internacional de Circ de Girona durante sus catorce años de existencia tienen varios elementos en común. Lo más significativo, para mí, es que en todas ellas quien las escribe queda maravillado por el espectáculo ofrecido en la gala final de entrega de premios.
Y la XIV edición del Festival, celebrada el 2 de marzo, ha continuado la tradición: los números, el ritmo, el ambiente y la sensación final con la que los espectadores nos fuimos a casa fueron excepcionales, magníficos, absolutamente cautivadores. Sí, los centenares de espectadores que llenamos la carpa, vivimos una maravilla.
La gala, que se desarrolló con un ritmo inmejorable hasta la entrega de premios y reconocimientos, sin pérdidas de tiempo en presentaciones y saludos innecesarios, empezó con el cuarteto aéreo vietnamita Du Non.

Cuatro mujeres jóvenes, elegantes y sonrientes, ofrecieron suspensiones capilares y dentales, giros y juegos con cintas. Ejercicios no excesivamente difíciles ni originales. La dificultad y la originalidad radicaba en el hecho que fueran cuatro las artistas que los presentaran ya que, habitualmente, ese tipo de números los realiza una o, como máximo, dos acróbatas. Con una gran sincronización y simetría, Du Non creó imágenes aéreas de gran belleza.
Aramis González, un joven malabarista argentino, presentó un número convencional de malabares con mazas y aros realizado con una velocidad, elegancia y simpatía discreta y natural realmente excepcionales. Su trabajo con los aros, hasta nueve, provocó el entusiasmo de los espectadores. Me supo mal que su actuación no fuera premiada con ningún galardón. Creo que se lo merecía.

La pareja china que forman la Jiangsu Acrobatic Troupe ofreció un número de antipodismo con sombrillas mezclado con una historia amorosa tópica que me pareció poco elaborado o con pocos movimientos espectaculares o, como mínimo, sorprendentes.
Moroco es un joven payaso brasileño que nos metió en su bolsillo con una reprise cómica que, sin ningún truco especialmente original y un sencillo juego con sombreros, cautivó al público con su ritmo, su simpatía y su humor blanco. Y con su original nariz negra, que se movía compulsivamente como si estuviera accionada por un resorte eléctrico.

El adagio acrobático presentado por el Dúo AnVi fue el primer número de la gala que, al terminar, provocó que los espectadores nos pusiéramos en pie a aplaudir. Mezclando contorsión y equilibrios, los dos bellos artistas ucranianos, fueron intercambiando los roles: en algunos ejercicios el base era el hombre, Vitalii y, en otros, quien ejercía este rol era la mujer, Anna. Un gran número.

También levantaron al público de sus asientos los integrantes de la colorista troupe mongólica a la báscula Troupe Tengri. Con un estilo desenfadado y simpático, sin pretensiones, efectuaron saltos extraordinarios hasta llegar a cuádruples mortales. Uno de los ejercicios estrella de su actuación fue un salto del ágil desde la báscula hasta una quinta altura. Fue aquí donde se produjo un momento que, aunque sutil, tuvo para mí un inusual toque dramático. El primer intento de salto no acabó bien, falló, y el director de la troupe, un hombre maduro y fornido, decidió discretamente reemplazar al base. Los otros tres integrantes montaron la torre encima suyo, los dos lanzadores saltaron desde la torre a la báscula, el ágil voló impulsado hacia arriba y fue a caer, sin problemas, a la quinta altura ¡Conseguido!
Después de este número aparecieron Los Polémicos, cuatro jóvenes payasos musicales, hispanos, que ofrecieron una entrada convencional, como de otra época, realizada con limpieza y buen sentido musical tocando trompetas, saxo y percutiendo botellas medio llenas. Frescos y cercanos, utilizaron con efectividad recursos tan manidos como provocar competiciones de aplausos y abucheos entre una mitad y otra de los espectadores.
El octavo número de la primera parte de la gala fue un ejercicio de mástil aéreo presentado por Dúo in Flow, una pareja rusa formada por Iana Lebedeva e Ivan Tushnov. Sus ejercicios cautivaron por su cuidada y elegante coreografía y, en mi caso, por la simpatía y naturalidad, como si no estuviera actuando, de la acróbata.

La primera parte terminó con un número excepcional de rola rola presentado por Dmitry Lazarte, un artista argentino adolescente con una cercanía, una sonrisa y unas habilidades que cautivaron al jurado, que le otorgó uno de los Elefants d’Or.
Al jurado y a los espectadores, que estallamos en aplausos cuando terminó sus elaborados, originales y dificilísimos ejercicios de equilibrio, de pies y de manos. Una fantástica exhibición del circense más difícil todavía. Empezó su actuación bajando una escalera, haciendo la vertical y agarrando la tabla con las manos, saltando de un rulo a otro, situado cada uno en un escalón. Y la finalizó aguantando el equilibrio sobre una torre inestable de varios rolas. Espectacular. Casi imposible.
Acabó la primera parte y me quedé con la sensación que había visto un espectáculo completo de circo. Y que la segunda sería un regalo añadido. Y, aunque más corta, con solo cinco números, realmente fue un regalo.
Un regalo que empezó con los extraordinarios chilenos The Flying Maluendas con su atracción de dobles trapecios volantes en cruz: dos grupos simultáneos de trapecistas con sus aparatos y su red dispuestos perpendicularmente ocupando toda la carpa.
Ocho trapecistas y dos portores ofrecieron un número alegre, trepidante, elegantísimo y con una dificultad extrema. Para empezar, uno de los volantes lanzó, como quien no quiere la cosa, un triple mortal.
Y a partir de ese momento, fue una sucesión de saltos dificilísimos, efectuados con una seguridad aplastante sin un solo fallo: dobles planchados, un triple con giro completo en el tercer mortal, triples encarpados y la gran traca final, un cuádruple mortal realizado a una velocidad de vértigo y atrapado por el portor con una facilidad increíble. Fueron los más que brillantes merecedores de otro de los Elefants d’Or.

Después de la espectacularidad, la altura y la grandiosidad de los Maluendas, fue el turno de Ase Brothers, dos hermanos etíopes que nos ofrecieron, a pie de pista, su número de icarios. Vestidos con una especie de pijamas tuneados, su modestia, su simpatía y sus trucos cautivaron a todo el mundo.
Algunos de los ejercicios que presentaron fueron de una gran dificultad: dobles mortales; impulsos del base con un solo pie; recepción del ágil, después de efectuar un mortal, con los dos pies sobre un pie del base… Ganaron, merecidamente y por goleada, el premio del público, que se levantó entusiasmado al finalizar su actuación.
El Dúo Love, de Vietnam, ofreció otro de los muchos números aéreos de la gala. Envueltos por una iluminación preciosa desarrollaron una historia de amor, basada, sobre todo, en presas dentales y capilares que hacían sufrir un poco a Bui, que colgada de su pelo tenía que aguantar su peso y el de Vu, su partenaire.

A continuación, los dos artistas brasileños integrantes del Dúo Vibraz, presentaron un número extraordinario de equilibrios mano a mano. Muy elegante y con unos ejercicios de fuerza que parecían imposibles. Pero nos demostraron que no lo eran y, por eso, al finalizar los espectadores nos levantamos aplaudiendo para honrar y agradecer lo que nos habían ofrecido Vitor Ganancio y Vinicius Cardoso.
Cerró las actuaciones de la gala la pareja rusa Smuglyanka, que presentó un magnífico y original número de cuerda aérea, merecedor del tercer Elefant d’Or, con un estilo, un vestuario y un acompañamiento musical basado en el folklore de su país que recordaba los cuadros de la época soviética en la que aparecían, pintados con colores claros, campesinos socialistas contentos y felices.
Al finalizar las actuaciones que, como siempre, estuvieron acompañadas musicalmente por la calidad, ritmo, potencia y efectividad habituales de la sensacional Paris Circus Orquestra, e iluminadas con unos efectos y diseños luminotécnicos fuera de serie, se desarrolló la ceremonia de reparto de premios y de agradecimientos.

Una ceremonia que fue seguida con atención y simpatía por los artistas que ocupaban, sentados, el banco circular de la pista pero que, teniendo en cuenta que la gala había empezado con más de media hora de retraso, quizá fue demasiado larga, compleja y pormenorizada.
Pero, ya se sabe, a Genís Matabosch, alma mater, director y presentador del Festival, le das un micro y, llevado por su entusiasmo, no hay manera que lo suelte, aunque haya pasado ya la media noche, tengamos que volver a casa y mañana sea día laborable. Pero, en todo caso, un hecho que es pecata minuta de una gala inolvidable, una nimiedad en una noche maravillosa.