En un salón donde todo es posible [Play Dead, People Watching Collective]
La segunda edición del festival Riesgo de la Comunidad de Madrid, bajo la dirección de Eva Luna García-Mauriño, se inauguró el pasado 12 de febrero en la Sala Roja de los Teatros del Canal con una propuesta tan sugerente como delicada: Play Dead, de la compañía canadiense People Watching Collective.
El espectáculo llega a España de la mano de Ysarca (Pilar de Yzaguirre), un sello que suele ser sinónimo de citas escénicas imprescindibles; basta encontrar su nombre en una ficha artística para saber que merece atención.
Play Dead es una pieza de danza acrobática y teatro físico construida a partir de pequeñas historias entrelazadas, interpretadas por seis acróbatas de extraordinaria elasticidad.
La obra observa la realidad cotidiana a través de un prisma de surrealismo poético que propone un juego constante de preguntas en la mente del espectador: ¿estamos en una fiesta?, ¿en un cumpleaños?, ¿en un velatorio?, ¿están vivos o muertos quienes habitan este salón? Retorcer la realidad es uno de los motores de la propuesta: lo reconocible se vuelve extraño y lo doméstico adquiere una cualidad inquietante.
La identidad de la compañía, fundada en la tumultuosa primavera de 2020, reside en lo colectivo, y en esta propuesta no hay un único director artístico ni un coreógrafo, sino que los seis fundadores de la agrupación (Ruben Ingwersen, Jérémi Levesque, Natasha Patterson, Brin Schoellkopf, Jarrod Takle y Sabine Van Rensburg) comparten esos roles en esta creación onírica donde las disciplinas de cada intérprete convergen en un lenguaje común.
El inicio es sobrio e inquietante: un espacio doméstico con mesa, sillas, armario, una gran cortina, una mesita… Un leve malentendido —unas voces que parecen surgir del público y resultan ser dos intérpretes, ella y él, entrando desde el patio de butacas— introduce un discreto humor que desarma la tensión inicial.
Ya en escena, ella comienza a separarse de él y a moverse de forma extrañamente antinatural, con pequeñas contorsiones que generan una primera sensación de extrañeza. Pronto comprendemos que esta casa no está habitada por seres del todo normales y que sus relaciones y reacciones tampoco lo van a ser.
A partir de ahí, la dramaturgia avanza por acumulación de escenas: una figura aparece tras la cortina a varios metros de altura; uno de los intérpretes cae una y otra vez fulminado —en clara alusión al título, que se podría traducir como “fingirse muerto” o “hacerse el muerto”—; otro camina con unos cordones de los zapatos larguísimos y elásticos que le hacen tropezar; cinco cuerpos permanecen sentados inmóviles (haciéndose los muertos) mientras el sexto acróbata hace bailar once platos sobre varillas colocadas a ambos lados del escenario. La dirección de la pieza acierta al no estirar en exceso cada acción, y de ese modo deja un buen sabor de boca, sin cansar, y pasa a la siguiente imagen.

La danza va ganando presencia en dúos, tríos y escenas corales. Vemos el estriptis de uno de los componentes (que no llega al desnudo integral, como intenta advertirnos la web de venta; aunque en otro lugar se habla de desnudo parcial… quizá estemos dando demasiados avisos previos que condicionan al espectador). Se revela una escena sexual dentro del armario —mueble que se convierte así en un elemento narrativo clave y muestra algo distinto cada vez que se abre—.
Más adelante, la camisa blanca de uno de los personajes se va manchando poco a poco de sangre. Llega un número especialmente sugerente bajo una única lámpara colgante y móvil mientras suena el Concierto para piano de Chaikovski.
La iluminación parcial de este momento impide ver del todo lo que sucede y, precisamente por eso, despierta el deseo de ver más. La mesa se desmonta y se transforma en rampa para otro dúo acrobático. Un sencillo número de equilibrio sobre botellas provoca el impulso inmediato de aplauso, que el público termina reprimiendo para no romper el flujo de la pieza.
Play Dead no busca el impacto rotundo, sino la sutileza; prefiere insinuar antes que explicar, sugerir antes que afirmar.

El resultado son setenta minutos de gran delicadeza y elegancia, sostenidos por una banda sonora compuesta por piezas reconocibles y muy bien elegidas y una iluminación que insinúa sin deslumbrar.
La acogida fue cálida y prolongada, con numerosos saludos finales y con buena parte del público —incluidos muchos profesionales del circo nacional— felicitando a la directora del festival por una inauguración tan arriesgada como poética.
Quizá la única nota discordante llegó antes de empezar la función, cuando tras el aviso de bienvenida bajó una gran pantalla sobre la boca del escenario (ocultando la escenografía que ya llevábamos un rato contemplando) y sobre ella se proyectó el avance del festival. Fue un gesto innecesario que rompía el clima y desplazaba por un momento el protagonismo de la compañía; una vez que ha terminado la cuña comienza el espectáculo, no es cuestión de mostrar un vídeo a mayor gloria del organizador.
Por fortuna, bastó con que comenzara Play Dead para que la escena recuperara su lugar: el de un salón extraño donde la muerte se finge y la imaginación permanece muy viva.