Murió Trude Sarrasani, una auténtica leyenda del circo

Murió Trude Sarrasani, una auténtica leyenda del circo

TENIA 96 AÑOS, HABÍA NACIDO EN SUIZA Y VIVÍA EN SAN CLEMENTE DEL TUYU

Desde los 28 años dirigió la empresa. Se instaló en el país luego de la Segunda Guerra.

Igual que la fina huella de alguno de sus caballos blancos lipizzanos, su espíritu artístico quedará por siempre impregnado en la arena de los circos del mundo, como un emblema de la fantasía posible pese a todo. Gertrude Kunz Stosch-Sarrasani, la legendaria «Trude», murió el jueves (4 de junio) a los 96 años, frente a las olas cobrizas del mar argentino, en San Clemente del Tuyú, su paisaje cotidiano de los últimos treinta años.

Fue la directora de circo más joven de la historia: en 1941, a los 28 años, heredó la conducción del Sarrasani, el circo alemán más fastuoso de la humanidad, después de que una enfermedad matara a su marido Hanz Stosch-Sarrasani Junior.

Evidentemente, Trude nació para transitar el mundo. Nació en Zurich (Suiza) el 18 de enero de 1913, cuando el Sarrasani llevaba ya más de una década asombrando a Europa. Hija de Aulda Esche y Robert Kunz, violoncelista de la Sinfónica de Tonhálle, abandonó la tranquilidad familiar encantada con el mundo circense y la idea de viajar. Su madre la ayudó a convencer a su padre, asustado porque el destino era Sudamérica.

Se sumó al Sarrasani en 1934 como bailarina del Ballet Escamillo, con la troupe que emprendió su segundo viaje a éstas latitudes. En altamar conoció a Hanz, al divisar las costas de Brasil se dieron el primer beso y en Buenos Aires, un año después, se casaron. «Bueno, nos casamos es una forma de decir, porque me casó con un engaño. Me hizo creer que estábamos en la oficina de catastro firmando un terreno que quería poner a nombre mío y a la noche, apenas bajamos las escalinatas del hotel para ir a cenar, me encuentro con una multitud vestida de gala en el hall. De inmediato comenzó a sonar la marcha nupcial. Yo miré a mi marido y le dije: es una broma ¿no?. Y él me respondió que me amaba», le contó a Gustavo Bernstein (autor del libro «Sarrasani, entre la fábula y la epopeya», e hijo de Jorge, actual dueño del circo) para un reportaje en la revista Nueva.

Para esa época, el circo era furor en América del Sur y en Europa. En 1940, Trude se presentó por primera vez como artista ecuestre con su número de lipizzanos y, por su talento y su belleza, enseguida se convirtió en la estrella. Aunque no eran años sencillos. El Tercer Reich ya había marcado al Sarrasani como un «judenzirkus» (circo de judíos). Trude consiguió falsificar su árbol genealógico y ocultar sus raíces judías, pero igual estuvo presa por elegir primero a los extranjeros del circo en el reparto de alimentos durante la guerra. «Era una señora de gran corazón», cuenta hoy, no sin dolor, su amigo Jorge Bernstein, presidente de Sarrasani.

Trude sobrevivió al bombardeo de Dresden, que destruyó el circo y se enfrentó cara a cara con Goebbels, el jefe de la propaganda nazi. Primero la ayudó a superar la crisis que dejó la guerra y después la presionó para que saque a los extranjeros y «levante la moral alemana». «Me hizo pasar a una oficina llena de polvo donde tenía un sofá cama abierto. Yo me asusté porque Goebbels tenía fama presionar a las mujeres, pero conmigo fue un caballero», contó en el reportaje de Bernstein.

Ella evitó trabajar para el régimen y, tras la Segunda Guerra, rearmó el circo y lo instaló en Argentina.

Juan Domingo y Eva Perón quedaron tan fascinados que, por idea de Evita, declararon al Sarrasani «Circo Nacional Argentino». «Ella (Eva) realmente era una mujer muy hermosa. Y muy buena. Me llamaba para organizar funciones a beneficio para escuelas pobres de la provincia», dijo alguna vez Trude, a quien hoy extrañan los príncipes Alberto y Stephanie de Mónaco, quienes publicaron un aviso fúnebre en La Nación del domingo. Stephanie es presidenta del Festival Internacional de Circo de Montecarlo y jamás se saca un anillo del Sarrasani que le regalaron Trude y Jorge Bernstein.

Ya viuda, se casó con el trapecista húngaro Gabor Némedy. La carpa del Sarrasani sobrevivió aquí hasta 1973, cuando decidieron retirarse y vivir en Quilino, Córdoba. Nuevamente viuda, Gertrude encontró su lugar en San Clemente junto a su perro Kiki, siempre contemplativa del mar sobre un sillón de mimbre. Su belleza, sus ojos celestiales y su encanto no dejarán de ser el destello de magia que la hizo leyenda en el fantástico mundo del circo.

Fernando Soriano

Fuente: Diario Clarín

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