Circo entre barrotes [PrisionIA, Circo de los Horrores]
¿Por qué nunca había ido a ver al Circo de los Horrores? Eso pensaba a los cinco minutos de haber comenzado PrisionIA. Mi acompañante (un artista de circo al que llamaré, por ejemplo, Javier, cuando me refiera a él más adelante) me miraba para comprobar si estaba disfrutando tanto como él. Y sí: estaba disfrutando mucho. No sé cuántas veces había oído el nombre de esta compañía sin haberla visto nunca. Cuando en uno de los momentos apareció en la proyección un señor calvo, Javier dijo: «Ese es Suso Silva». Yo le respondí que ya lo sabía: sabía que ese era el creador de esta compañía a la que nunca había venido a ver.
Según me contó Javier, el Circo de los Horrores comenzó hace casi veinte años con espectáculos más siniestros, irreverentes y terroríficos (de ahí su nombre). Pero Suso Silva, según me explicó, ya se ha retirado de los escenarios. Ahora la compañía, con él al frente junto a su hija Sara Silva, ha optado por una propuesta que asusta menos, aunque los presos dan bastante miedo…
Llegamos con media hora de antelación a la última función en Madrid. La carpa, instalada en la Casa de Campo entre las bocas de metro de Lago y Puerta del Ángel, aparecía majestuosa entre los árboles; al mirarla de frente se distinguían al fondo los edificios de Madrid y las montañas nevadas. Entramos en la antesala, una pequeña carpa con numerosas pantallas que mostraban unos extraños seres conectados a tubos (con pinta de estar hechos con inteligencia artificial) y, en el centro, la barra del bar. Ese espacio ya resultaba inquietante.
Oímos risas dentro de la gran carpa (¿con aforo para unas dos mil personas?). «Debe de ser el preshow», dijo Javier. Al entrar, vimos una exhibición de todo lo que sabían hacer los reclusos de la prisión: sí, nos encontrábamos encerrados con ellos. Con mayor o menor vestuario carcelario —y a veces con poco vestuario en general— los presos y presas entrenaban, interactuaban con el público y sacaban a algunos espectadores a hacer flexiones. «Que no nos saquen», comentó Javier. Hicieron una pequeña muestra de varios números que aparecerían más tarde, como el lanzamiento de cuchillos o el de la báscula.
De pronto, para dar comienzo al espectáculo, se fue apagando la luz de la grada, salieron un guitarrista (Iván Yuman) y una cantante de potente voz (Anes León) e interpretaron Thunderstruck de AC/DC (que me perdonen los rockeros si no era exactamente esa canción).

A partir de ahí, un vídeo nos sitúa: los presos están encerrados en una enorme prisión dirigida por una inteligencia artificial llamada Madre IA. Comienza entonces un viaje inmersivo para público adulto en esa cárcel dominada por la tecnología, con una puesta en escena visualmente impactante en la que se suceden números de circo, canciones de rock y escenas de carácter más teatral, todo ello cuidadosamente iluminado por Juanjo Llorens.
PrisionIA propone un duelo entre Madre IA y la protagonista, Azul, interpretada por Sara Silva. La inteligencia artificial la considera un error (¿una alusión al temido error de pantalla azul de Windows?) y la mantiene encerrada. Azul despierta en una cápsula sin saber dónde está ni por qué ha sido apresada, y sin recordar nada. Finalmente, solo una de las dos sobrevivirá.

Como en este tipo de espectáculos, la dramaturgia no es especialmente sólida y funciona más bien como pretexto para encadenar los números de circo, presentados como duras pruebas para los artistas. Así, un acróbata realiza un número de straps con cadenas mientras anuncia él mismo que su memoria será reiniciada en cinco minutos si nadie lo remedia.
De vez en cuando aparecen pinceladas de crítica a la tecnología, a las redes sociales, a la inteligencia artificial —aunque resulta paradójico que parte del imaginario visual parezca generado con IA— y a nuestra propia sociedad: se nos recuerda, por ejemplo, que tenemos seguidores en redes que no harían nada por nosotros, o que deberíamos “suscribirnos a la vida” y aprovecharla.

Los números de circo son variados: Supersilva (Brasil) trata de huir de la cárcel caminando boca abajo, colgado de los pies en su peligrosa marcha invertida; el Dúo Hurricane (Rusia) realiza un bello número aéreo con suspensión capilar y mandibular; las Ethiopian Girls (Etiopía) presentan un sencillo y efectivo número de contorsión; Michael Laner y Yary Celis se lanzan cuchillos y hachas incluso sobre una plataforma giratoria; los ucranianos Nikita Turenko y Oleksandr Kryshmar deslumbran con sus acrobacias sobre barras fijas; y los Brothers Zapata (Colombia) ejecutan un potente número de báscula.
No falta el humor, como el número de la toalla que se va doblando cada vez más, interpretado por interpretado Carlos Pérez, Laura Blázquez y Alejandro Sanabria, a los que se presenta como tres nuevos reclusos muy peligrosos.
O el de una presa que a modo de monologuista de stand up comedy interactúa con el público en diferentes momentos y que nos da algunas pistas sobre nuestras propias cárceles cotidianas (lo que ella llama cárcel es lo que nosotros llamamos alquiler, o las mascotas son una verdadera cárcel y las hacemos más caso que a nuestras abuelas…)

El gran número final es el de Eros Riders (Argentina, Colombia y Venezuela), que desafían al peligro con el número del globo de la muerte con siete motos.
En total son alrededor de unas cuarenta personas en escena, entre artistas de circo, actores, músicos, bailarines (llamativo el número del vis a vis). Quizá no haya nombrado a alguno de los artistas, y ahí sí que quiero hacer una llamada de atención a la compañía: en la web no aparecen sus nombres y en el espectáculo tampoco se dicen.
Tras su estancia en Madrid desde el 13 de diciembre de 2025 al 18 de enero de 2026, PrisionIA visitará Valladolid, Zaragoza, Gijón, Barcelona, Valencia, Alicante, Santander… Ahí hará todas las delicias de su legión de seguidores.
Al salir de la carpa, mientras aún resonaban en mi cabeza las motos del globo de la muerte y la guitarra de AC/DC, volví a mirar a Javier. Él sonreía. Yo le dije que el próximo espectáculo del Circo de los Horrores no me lo iba a perder. Él me dijo que conocía al guitarrista. Y ambos propusimos a la vez ir a tomar algo y seguir hablando de circo.
Al girarnos de nuevo hacia la carpa, me di cuenta de que era la última función en Madrid, y traté de calcular cuánto se tardaría en desmontar por completo todo aquello… ¿Dos días? ¿Tres?