Quince años caminando por las paredes [Leo, Tobias Wegner]

Quince años caminando por las paredes [Leo, Tobias Wegner]
Fotos: Andy Phillipson

El primer fin de semana de la 30ª edición de Teatralia (Festival Internacional de Artes Escénicas para todos los públicos) ha traído de nuevo a Madrid el espectáculo Leo del alemán Tobias Wegner, una propuesta de teatro físico dirigida por el canadiense Daniel Brière estrenada en 2011 en el Chamäleon Theater Berlin y que desde entonces no ha dejado de girar por el mundo: más de 1100 funciones en 35 países y varios premios internacionales avalan el recorrido de este pequeño clásico contemporáneo. 

“Esta ya la hemos visto”, escucho decirme a una espectadora asidua a todo tipo de espectáculos de circo y títeres —es decir, a todo aquello que no suele verse con frecuencia en los teatros madrileños—.

Yo también tengo esa sensación: recuerdo haber visto hace años, en el madrileño Teatro Circo Price (resultó ser en junio de 2013) y un par de temporadas más tarde en Titirimundi, en Segovia (en mayo de 2025), un espectáculo que utilizaba un recurso muy parecido al que había visto en la web. Pero ella insiste: no, aquel espectáculo del Price se llamaba igual que este, Leo.

Al final resultó que sí, que era el mismo que ya había visto otras dos veces. Pero ¿qué problema hay en volver a ver algo por tercera vez si encima es bueno? Nadie dice que no se pueda disfrutar de nuevo de algo que funciona.

Y, en efecto, se disfruta: del ingenio de sus creadores, de la interpretación de este clown encerrado en una habitación imposible, y de comprobar cómo el público —niños y adultos— se entrega con entusiasmo a cada hallazgo escénico. 

El mecanismo del espectáculo es sencillo y eficaz. Al levantarse el telón vemos, a la izquierda del escenario, una proyección: un hombre con una maleta aparece en una habitación apoyado en una pared azul, pisando un suelo rojo, y la pared que tiene a su lado es negra.

Poco después el telón se abre por completo y, a la derecha de la pantalla, descubrimos al mismo hombre en el espacio real. Basta comparar ambos planos para entender el truco: la imagen que vemos proyectada a la izquierda es lo que sucede a la derecha, pero girada 90º.

A la derecha, el actor, tumbado en el suelo azul y con los pies apoyados en la pared roja, aparece en la pantalla de pie. Ese pequeño giro de cámara basta para alterar por completo nuestra percepción y recordarnos hasta qué punto el teatro —como la vida— puede engañar a nuestros ojos: no siempre debemos creer todo lo que vemos.

Es inevitable recordar en este punto uno de los momentos más extravagantes del cine clásico, a Fred Astaire bailando por las paredes en la película Bodas reales

A partir de ahí comienza un viaje tan vertiginoso como divertido por unas leyes de la física que parecen haber perdido el sentido de la orientación.

Los movimientos habituales que en la pantalla parecen muy sencillos —caminar, sentarse, apoyarse en una pared— se revelan, al mirar el espacio real, como ejercicios físicos casi imposibles.

Ese juego constante entre ambos planos atrapa al espectador y sostiene durante una hora un dispositivo escénico milimétricamente afinado tras quince años de gira mundial.

En su intento de comprender el mundo en el que ha quedado atrapado, Leo recurre a la imaginación. Saca de la maleta —increíble que quepan cosas tan grandes en un equipaje tan pequeño— un saxofón y se pone a tocar, luego baila…

Con una simple tiza dibuja en la pared negra los objetos que necesita: una silla, una mesa, flores, una pecera, un gato… Pero gracias a unas proyecciones superpuestas, los dibujos cobran vida y la situación se descontrola. La pecera se rompe, el gato se lleva al pez, el agua inunda la habitación, aparecen tiburones, incluso un cachalote, y Leo debe nadar para sobrevivir en ese océano improvisado.

Y todo con un humor cercano al cine mudo que mezcla clown, acrobacia y teatro físico con una precisión coreográfica que convierte cada gesto en parte de un mecanismo perfectamente engrasado.

Fotos: Andy Phillipson

Hacia el final de este espectáculo que desafía los sentidos, el juego visual alcanza su momento más poético: Leo parece desdoblarse. En la proyección comienzan a aparecer varios Leos que comparten el espacio, como si la sala se hubiera llenado de reflejos o de pensamientos.

La escena funciona como una especie de vuelo onírico que rompe momentáneamente las reglas del dispositivo y abre una dimensión más lírica dentro del espectáculo.

Quizá Leo no tenga ya el efecto de sorpresa de la primera vez —el truco se revela pronto y la estructura del espectáculo es bastante clara—, pero sigue funcionando gracias a la precisión de su intérprete y a la elegancia de un dispositivo escénico que, con muy pocos elementos, logra algo cada vez menos común: hacernos mirar de nuevo una acción tan cotidiana como caminar… y que dudemos, durante un instante, de lo que nuestros propios ojos están viendo.

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