Pobrecita mía [Shake, Shake, Shake; Pakipaya]

Pobrecita mía [Shake, Shake, Shake; Pakipaya]
'Shake, Shake, Shake' de la Cía. Pakipaya. Fotos: © Gaby Merz

El Invernadero Circo, en Alcobendas (Madrid), es un espacio que merece la pena conocer. Desde 2021, esta antigua infraestructura municipal acristalada, recuperada después de llevar años en desuso y transformada en un centro dedicado al circo contemporáneo, acoge formación, residencias artísticas y una programación estable. Está gestionada por las entidades PDCirco y Scimmie Volanti en colaboración con el ayuntamiento de Alcobendas.

Allí, el domingo 18 de octubre por la mañana, la compañía catalana Pakipaya puso el broche al MADn Circus Festival 2026 con Shake, Shake, Shake, un espectáculo que lleva doce años de gira y más de 900 representaciones en doce países. 

Al entrar en El Invernadero, el público se distribuye en tres filas de gradas de madera frente a un pórtico para ejercicios circenses hecho con dos mástiles verticales, tras el que se ven unas enormes colchonetas. Los más pequeños se sientan sobre unos tatamis en el suelo, más cerca de la acción.

La función comienza con dos tipos que entran por la misma puerta que el público. Hablan español con un extraño acento inglés y, a ratos, directamente en inglés, reparten chicles, limpian el suelo del agua de lluvia que han traído los espectadores con su calzado y paraguas, y se comportan como estrellas internacionales.

Son Tony Fumé (Adrià Mascarell), un seductor convencido de sus encantos, y Maikel (Ferriol Barbé), su fiel ayudante. «I speak English because the English is good», proclama Tony, antes de prometer un espectáculo que «te cagas en bragos».

Durante buena parte de la función hay quien piensa que son extranjeros, pero no es lo único que el público se cree cándidamente. «C’mon, Alcobendas!», gritan, mientras los espectadores dan palmas al ritmo de Don’t Worry, Be Happy.

La verdadera función empieza cuando Tony elige a una voluntaria. Se llama Ana, es valiente (o eso confirma cuando él se lo pregunta) y parece dispuesta a seguirle el juego. Le pone unas gafas y una boa de plumas, hacen un playback de Te quiero, de Nino Bravo, y la cosa empieza a torcerse.

Tony le pide un beso, ella se resiste; después llega un truco de magia: Tony le hace meter la cabeza en una caja y le clava unas espadas… Ana parece cada vez más desconcertada. Y el público también. [Si va a ver la función en un futuro cercano, puede dejar de leer aquí.]

Mientras Tony y Ana desaparecen tras unas colchonetas, Maikel recluta a otros dos espectadores para que le ayuden a moverlas. Arturo y Daniel se suman así a una función en la que alguno o alguna entre el público se preguntará si no será el próximo en salir a escena.

Cuando las colchonetas quedan colocadas bajo el pórtico, Tony reaparece vestido de blanco, Ana luce un vestido dorado y ambos llevan unas pelucas de rizos imposibles. El seductor tiene nuevos planes para ella, y el público se teme lo peor: toca subir a las alturas.

Tony sube por el mástil a lo alto del pórtico y coloca una escalera colgante para que Ana ascienda. Ella sube con un miedo que parece muy real, aferrándose a la escala, y acaba de pie en lo alto, agarrada a la estructura.

Tony retira la escalera y comienza el número aéreo. Es entonces cuando algunos espectadores descubren (o terminan de sospechar) que Ana no es una voluntaria cualquiera, sino una acróbata de la compañía, Noemí Díaz, que ha interpretado su papel a la perfección durante más de media hora. Sus titubeos, su vergüenza y sus reticencias formaban parte del engaño. Ya todo el auditorio respira aliviado.

Pero hasta ese momento, en la grada se ha sufrido de lo lindo. «¡Pobrecita mía!», repetía una espectadora, mientras una adolescente comentaba lo que podría haber ocurrido si la elegida hubiera sido su propia madre: «Imagínate que te hubieran sacado a ti», le decía.

Lo interesante de Shake, Shake, Shake no está en los números circenses, que no son muchos, sino en la capacidad de la compañía para mantener la ficción y hacer que el público se implique emocionalmente en una situación que cree real.

El resultado es un espectáculo divertidísimo, que juega con la credulidad de los espectadores y con esa mezcla de apuro y fascinación que produce ver a alguien metido en un buen lío, junto al alivio de que no le haya tocado a uno mismo. [Pedimos disculpas por desvelar el secreto…] 

La acrobacia aérea final y un pequeño momento de mástil chino, en el que Tony se deja caer y queda a escasos milímetros de la boca de Ana, tumbada en el suelo, son los principales momentos circenses del espectáculo.

Ambos están al servicio de esta comedia de enredos, en la que el humor lleva la voz cantante. Tony, con su desparpajo y su ridícula seguridad, y Ana, que sostiene el engaño sin levantar sospechas, mantienen viva la función hasta el desenlace: un número de baile a ritmo de música disco. 

Shake, Shake, Shake demuestra que para hacer disfrutar a una sala entera no hace falta encadenar números espectaculares: basta con elegir bien a quién se saca del público… Eso sí, después de ver la función, más de uno se lo pensará dos veces antes de aceptar salir a escena.

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