Arquitecturas humanas [Gravity & Other Myths: The Mirror]
La compañía australiana Gravity & Other Myths, fundada en Adelaida en 2009 y convertida en una de las referencias internacionales del circo contemporáneo, ha regresado a Madrid después de muchos años de ausencia. Durante dos semanas, el Teatro Circo Price ha acogido The Mirror, su nueva gran producción, un espectáculo de gran potencia visual en el que la acrobacia convive con la música, el humor y la tecnología.
El espacio está presidido por un gran arco de proscenio con barras led que cambian de color (en ocasiones blanco, en otras verde o rojo). Delante de él, en el suelo, un gran radiocasete antiguo.
Como asistimos al espectáculo el día del accidente ferroviario en la provincia de Toledo, el elenco al completo sale a escena y se guarda un minuto de silencio, durante el cual todo el público se pone en pie.
Después, una de las integrantes de la compañía, que tendrá un papel destacado como cantante durante la función, lleva el radiocasete a un lateral, pulsa un botón y empieza a sonar Summertime, de George Gershwin. Ella misma amplifica la canción con un micrófono de mano, de modo que se escucha por los altavoces.
Mientras suena la música, los propios artistas desplazan unos telones bajo el arco de proscenio que muestran u ocultan lo que sucede detrás. Cada apertura desvela una nueva composición formada por los cuerpos de los acróbatas: figuras de dos, tres o más personas que aparecen y desaparecen a medida que se mueven los telones. Es un recurso que se utilizará durante buena parte de la función.
También hay en escena dos paneles: uno de ellos es un marco iluminado que los intérpretes atraviesan para entrar y salir; el otro, una pantalla de proyección en la que veremos imágenes grabadas en directo por los propios artistas con un teléfono móvil.
Durante todo el espectáculo se suceden las figuras acrobáticas, los equilibrios y los portes, de dos personas, de tres y, poco a poco, en construcciones colectivas que alcanzan distintas alturas e implican a todos o casi todos los acróbatas.
Los cuerpos se enlazan, se apoyan unos en otros y se transforman para dar lugar a estructuras cada vez más complejas, hasta formar auténticas torres humanas en las que una sola persona puede llegar a sostener a cuatro compañeros.

Lo admirable no es únicamente la dificultad de estas composiciones, sino también la manera en que se construyen, con movimientos fluidos y encadenados que parecen surgir unos de otros. La precisión y la seguridad con que las ejecutan son extraordinarias.
Todos los intérpretes van descalzos y se mueven con una naturalidad que no deja entrever el enorme esfuerzo físico que hay detrás. La dependencia entre unos cuerpos y otros está siempre presente, cada figura que forman depende de la confianza, el equilibrio y el trabajo conjunto del elenco.
Pero The Mirror no se limita a mostrar el resultado de esas proezas físicas. También deja entrever el trabajo que hay detrás: el esfuerzo, los pequeños desequilibrios, la necesidad de recuperar fuerzas y la confianza que exige cada ejercicio.
Hay cierta voluntad de acercar a los intérpretes al público, de desmitificar el virtuosismo y mostrar que detrás de esas imágenes aparentemente imposibles hay personas que trabajan, se esfuerzan y dependen unas de otras.
La música está presente durante toda la función y una de las nueve integrantes, cantante además de acróbata, es responsable de buena parte de ella. En ocasiones canta mientras camina descalza sobre los cuerpos de sus compañeros tumbados en el suelo.
En un momento los acróbatas se colocan a distintas alturas, formando una especie de escalera ascendente, y ella camina sobre ellos hasta llegar a los hombros del último, desde donde continúa cantando, de pie, en equilibrio.
También la visten y la cambian de ropa en escena mientras canta, pasando, por ejemplo, del negro al rojo. Es precisamente ella quien protagoniza uno de los momentos más divertidos de la función, cuando se mezcla entre el público e incluso sube a la parte superior de las gradas para recitar fragmentos de canciones conocidas, desde La Macarena hasta algún tema de Queen; todo este recorrido lo graba con un teléfono móvil y se proyecta en la pantalla, de modo que podemos seguir tanto sus movimientos como las reacciones de los espectadores.
Hay mucho juego y bastante sentido del humor en el espectáculo. Los intérpretes hacen playback, juegan y convierten incluso los cambios de vestuario en parte de la función: entregan algunas prendas a espectadores y, cuando llega el momento de cambiarse, les piden que se las lancen.

A lo largo de la función son muy numerosos los cambios de vestuario, aunque la gama cromática se mantiene siempre en el blanco y el negro. Además, las prendas dejan buena parte del cuerpo al descubierto, lo que permite apreciar el trabajo físico y las posiciones que adoptan unos cuerpos sobre otros. Solo en el número final se rompe esa uniformidad y aparecen otros muchos colores.
El espectáculo tiene momentos de indudable espectacularidad, especialmente cuando las construcciones humanas alcanzan mayor altura o cuando los equilibrios parecen desafiar cualquier lógica. El tramo final plantea un último reto: levantar una torre de tres alturas y comprobar cuánto tiempo son capaces de mantenerla.
The Mirror es un espectáculo ejecutado con una precisión y una maestría extraordinarias, en el que ni la energía ni la destreza de sus intérpretes decae en ningún momento.
Sin embargo, algunos de los recursos tecnológicos que se usan no resultan imprescindibles para disfrutar de lo que mejor sabe hacer esta compañía: construir, a partir de la fuerza y la confianza mutua, imágenes de una belleza y una dificultad asombrosas.