El circo sin una categoría propia en los Premios Max de las Artes Escénicas
La XXIX edición de los Premios Max ya tiene nominados. Como cada año, la cita impulsada por la SGAE se presenta como un termómetro de la creación escénica en España, reconociendo la excelencia en teatro, danza y otras disciplinas. Sin embargo, entre las 22 categorías oficiales, el circo y el clown continúan sin un espacio propio en el que ser reconocidos.
Una ausencia que no impide que estas disciplinas estén presentes —y con fuerza— en la lista de nominados. Compañías y creadores como Zirkozaurre, Cia. La Corcoles, La Troupe Malabo, Txema Muñoz, la Compañía de Circo ‘eia’, LaBú Teatre, Ganso&Cía, Cia Infinit, Nueveuno Circo o Chicharrón Circo Flamenco figuran entre las propuestas seleccionadas con espectáculos que combinan riesgo, poética visual e innovación escénica.
Nominados sin categoría: excelencia en tierra de nadie
Títulos como Ardatzak (Ejes), Carena, Eirenê, Gota, La piedra de madera, Triplette, Welcome & Sorry, Nilu, Todo lo posible o Empaque evidencian la diversidad y madurez del circo contemporáneo. Lejos de los tópicos, estas propuestas dialogan con el teatro físico, la danza y la dramaturgia visual, ampliando los límites de lo escénico.
Sin embargo, su presencia en los Max se produce en categorías generalistas, donde compiten en desigualdad de condiciones. No existe un reconocimiento específico que atienda a sus códigos, lenguajes y riesgos propios. La consecuencia es doble: por un lado, se diluye su identidad artística; por otro, se invisibiliza su aportación al panorama escénico.
Una cuestión de reconocimiento estructural
La paradoja resulta evidente: si los Premios Max nacieron en 1998 con el objetivo de reconocer “la calidad de las producciones más destacadas del año en el ámbito de las artes escénicas”, ¿por qué disciplinas como el circo, el clown o la magia siguen sin categoría propia?
La pregunta no es menor. El modelo actual parece responder a una jerarquía implícita donde teatro y danza ocupan el centro, mientras otras formas escénicas quedan relegadas a los márgenes. Esta estructura no solo condiciona la visibilidad, sino también la legitimidad institucional de sectores que llevan décadas profesionalizándose y renovando sus lenguajes.
El jurado y la mirada especializada
A esta situación se suma otro elemento clave: la composición del jurado. En la presente edición no figura ningún especialista en circo o clown, pese a la presencia de espectáculos de estas disciplinas entre los nominados.
La ausencia de miradas expertas plantea dudas sobre los criterios de evaluación y refuerza la sensación de desconexión entre las instituciones y la realidad del sector circense. En un ámbito donde la técnica, el riesgo físico y la investigación escénica son fundamentales, la especialización no parece un detalle menor.
Más allá de la queja: una oportunidad de futuro
Lejos de ser una reivindicación corporativa, la demanda de una categoría propia para el circo y el clown apunta a una cuestión de coherencia cultural. Reconocer estas disciplinas no implicaría fragmentar los premios, sino ampliarlos para reflejar con mayor fidelidad la riqueza de las artes escénicas contemporáneas.
El circo ya no es un arte periférico. Es un lenguaje consolidado, con circuitos, festivales y compañías de referencia internacional. Lo mismo ocurre con el clown, que ha evolucionado hacia formas escénicas complejas y profundamente conectadas con el presente.
La pregunta, por tanto, no es si el circo merece un espacio en los Premios Max, sino cuánto tiempo más podrá el sistema seguir ignorándolo sin quedarse atrás.