Merche Ochoa:

Merche Ochoa:

Esta artista y pedagoga nacida en La Rioja y afincada en Barcelona es la tercera mujer que recibe el Premio Nacional de Circo. Poco conocida entre el gran público, en esta entrevista pone de manifiesto la dedicación, honestidad y compromiso que la han hecho merecedora del galardón.

Llega montada en su bicicleta plegable y resoplando. Son las 9.30 de la mañana y ya está agotada, pero no de pedalear. Merche Ochoa es una payasa que siempre siempre va deprisa y corriendo. Es lo que ocurre cuando, además de ser artista, te embarcas en la aventura de abrir un espacio propio donde haces de profesora, administradora única, paleta y donde, si hace falta, también pasas la bayeta. En el Rinclowncito del barrio de Gràcia es donde pasa más horas dando clases, pero el Premio Nacional la sorprendió en la sala Almazen, donde ensayaba con Cristi Garbo y Lluna Albert su papel de granjera de la América profunda que sueña con ser una estrella de cabaret. La entrevista original se desarrolló en catalán y se publicó en el número 44 de la revista Zirkólika.

– Una pregunta “fácil” para empezar. ¿Eres mujer antes que payasa o eres payasa antes que mujer?

¡Caramba! Pues depende de las circunstancias. Antes pensaba que si eras una mujer payasa o payaso no era importante, pero con el paso de los años me he vuelto más crítica. La primera mirada sería la de payasa, porque soy una payasa que mira el mundo; pero en algunos momentos tengo que imprimir mi mirada como mujer, porque todavía es un mundo muy masculino.

– De hecho, solo eres la tercera mujer que recibe el Premio Nacional de Circo que concede el Ministerio de Cultura en los veinticuatro años de historia del galardón.

Pinito del Oro, Miss Mara y yo, sí. Impresiona un poco estar al lado de estos mitos.

– Algunas voces del circo tradicional han criticado el premio porque no frecuentas las pistas de circo.

¡Esto no es cierto! Hace cuatro días estábamos en el Circ Cric. Es la maldición de los payasos de esta época: hemos ganado otros territorios pero según para qué no somos de circo y según para qué no somos de teatro. Si nos quieren en un lugar no nos quieren en otro. Es como decir que la gente que hace circo en la calle no hace circo. ¿Qué significa esto?

[Pocos días después de la entrevista, la Associació de Professionals de Circ de Catalunya emitió un comunicado defendiendo a la artista de esta y otras críticas.]

– ¿Qué pensaste cuando te comunicaron que había ganado el premio?

Cuando me llamó el secretario por poco le cuelgo el teléfono, pobre hombre. No me lo esperaba para nada. Lo primero que pensé fue: “¿Por qué me lo dan a mí cuando hay tanta gente haciendo circo?” “¿Cómo me han visto?” “¿Cómo me han encontrado?”. Pero ahora ya sé por qué me lo han dado. Llevo muchos años y he trabajado mucho. A raíz del premio me han dicho cosas muy bonitas, desde que soy “una payasa de pueblo” hasta que “los «anónimos» también merecen reconocimiento”.

– El premio también se te ha entregado “en representación de las mujeres payasas”, justamente para visibilizar a las “anónimas”.

Desde el momento en que empecé a trabajar como payasa, he sido muy consciente de que nuestra generación estaba abriendo el camino para las que vinieran detrás y, en este sentido, el premio es un reconocimiento pero también una responsabilidad. No quiero decir que antes no hubiera referentes. Están Annie Fratellini, Gardi Hutter, Marceline (de Marceline&Silvestre), y cómicas como Mary Santpere y Lina Morgan. Pero ahora somos muchas más: Nola Rae, Hillary Chaplin, Marta Carvallo, Virgina Imaz, Pepa Plana, Alba Sarraute…

– Hay quien dice que hasta ahora no ha habido muchas mujeres payasas porque hacer reír poniéndose en ridículo resulta poco femenino.

Me parece una solemne estupidez. El humor es una herramienta que libera muchísimo y, según como, también es un arma. Mientras se ríen de ti, estás sometido; pero cuando te ríes de ti mismo, te liberas. Si la mujer tiene la posibilidad de reírse de sí misma, el hecho de que alguien se ría de ella se la trae al pairo; ya no me puedes someter riéndote de mí, ahora soy yo quien decide cómo quiero que te rías conmigo.

– En el último programa oficial del Festival Internacional de Payasos de Cornellà no había ni una mujer.

Hay mujeres con calidad para hacer entradas de circo, pero no nos programan. En Cornellà las mujeres actuamos en la biblioteca bajo el epígrafe “otras actividades”.

– “Un Premio Nacional de Circo… ¡en el ‘off’ de Cornellà!

Pero entonces aún no me habían dado el premio, ¿eh?

– Quizá el año que viene sí que estarás allí, en la pista.

No lo sé. Supongo que un premio como este te da visibilidad y te abre puertas, pero no hará que mi trabajo sea mejor ni peor. Está bien que te den la oportunidad de que la gente te vea, pero que sea por tu trabajo no porque te hayan dado un título.

– Este año dos personas han renunciado al Premio Nacional por desacuerdo con la línea del Ministerio de Cultura de Wert.

Sí, primero lo hizo Jordi Savall y después Colita. Yo quedé entre los dos, como un bocadillo.

– ¿La decisión de Savall y Colita te ha hecho pensar si tenías que aceptarlo o no?

No, esto ya lo había pensado antes. Valoré quién era el jurado que me daba el premio, más allá de que no esté de acuerdo con la política del señor Wert, evidentemente. Además, la situación del circo es bastante diferente a la de la música o la fotografía, y mi situación laboral y profesional no es comparable a la de Jordi Savall o Colita. Y si yo diera un puñetazo sobre la mesa como ese, no sé si tendría la misma repercusión. Si ahora vinieran las payasas a decirme que renunciara, me lo pensaría, pero todas me han felicitado. Y por una vez que tengo la oportunidad de representar a las mujeres payasas, la quiero aprovechar. Los gobiernos cambian, pero los artistas continúan.

– Buena reflexión. Parece que tienes el premio muy asumido.

No sé si del todo. Esto sí, cuando cobre ya sé en qué invertiré el dinero.

– En reparar las goteras del Rinclowncito?

¡Exacto!

– Naciste en Logroño en 1967 y empezaste a hacer teatro en compañías ambulantes. ¡Como el circo!

Era como la película El viaje a ninguna parte. Íbamos a los pueblos en transporte público, en bus, cargados con todos los “trastos”, y actuábamos en las plazas y salas parroquiales. Yo era muy alegre y era como un torbellino. La gente decía: “¡Mira qué graciosa la pequeña!”. Era un poco como la mascota de la compañía. Cuando se abrió la escuela de teatro de La Rioja, decidí formarme, pero por circunstancias político-culturales tuve que dejar mi tierra y venir a Barcelona.

– ¿Qué circunstancias te obligaron a marchartede casa tan joven?

En La Rioja hubo un cambio político. Teníamos un gobierno del PSOE que había apostado por la escuela de teatro, pero cuando entró Alianza Popular se la cargó, entre otras cosas.

¿Quieres decir que la cerraron?

Sí, y además lo hicieron a pico y pala. Era un local que estaba al lado de la Consejería de Cultura, y un día estábamos todos en mallas haciendo una clase de pantomima cuando empezamos a oír golpes. ¡Pim! ¡Pam! ¡Pum! Pensamos que venían a reparar las goteras, pero no. Había un hombre abriendo a golpes una puerta para comunicar nuestro local con la Consejería de Cultura y echarnos de allí. En una semana desalojaron la escuela, pero nosotros en protesta ocupamos un teatro pequeñito que se llama Gonzalo de Berceo. Estuvimos encerrados allí casi cuatro meses. Peleamos hasta conseguir un despachito en la consejería e invertimos unos ahorros de la escuela en impartir cursos de formación. Pero yo quedé agotada; quería hacer teatro, no política. E hice las maletas para venir para aquí.

– ¿Eres consciente de que la gente que derrumbó tu escuela es la misma que ahora te ha dado el Premio Nacional?

¿Son ellos conscientes de esto?

– Muy buena. ¡Las vueltas que da la vida!

Yo no me fui por decisión propia, me echaron. En aquel momento era muy triste dejar mi casa. Era muy joven y habíamos hecho muchos proyectos, pero los cambios siempre son para bien, aunque sean dolorosos. En Barcelona fui a parar a la escuela El Timbal, y Ton Font me dio la oportunidad de dar clases de payaso. Me quedé veinte años. Siempre le estaré agradecida.

– Pero cuando empezaste, ¿tú querías ser actriz dramática, verdad?

Sí. Si te cuento cómo fue mi prueba de ingreso a la escuela de teatro… No he tenido nunca oído y cantar no es mi fuerte. No es lo mío. Pues en la prueba de ingreso, me tocó el texto de la zarzuela La corte del faraón. Estaba aterrorizada. Sabía que si cantaba no me cogerían. Entonces entré en la sala y empecé a recitar como si fuera un texto de García Lorca [recita]: “Son las mujeres de Babilonia / las más hermosas que el amor crea / Ay va, / Ay va, / Ay va”. Los profesores aún se están meando de risa. Yo no lo sabía, pero se ve que ya apuntaba maneras.

– Con los tiempos que corren, ¿los artistas no deberíais implicaros más en política?

Los artistas tenemos que estar al pie del cañón, sí, pero hay muchas maneras de estarlo. Hay muchos artistas poniendo su granito de arena en el anonimato. Hace siete años que hago animación a la lectura, en la biblioteca del barrio del Bon Pastor, con chicos que están en riesgo de exclusión social.

– Esto es una manera de hacer política.

Hay mucha gente trabajando en espacios que no salen constantemente en la foto. ¿Que podríamos hacer más cosas? Probablemente, sí. Es sorprendente cómo podemos estar tan callados a veces, pero también creo que mucha responsabilidad la tiene la prensa.

– Vaya, ya nos la hemos cargado los periodistas.

Todos no, también hay gente que se lo curra mucho; pero los periodistas sois los que nos podéis dar voz o quitarla.

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