El surrealismo de la vida en gira [Bürstner’s Club, Cía. Delsaltres]

El surrealismo de la vida en gira [Bürstner’s Club, Cía. Delsaltres]
Fotos: Gaby Merz

Bürstner’s Club, de la compañía valenciana Delsaltres, que se ha podido ver dentro del Festival Riesgo, es una propuesta multidisciplinar e inmersiva que deja un aroma a circo itinerante, a troupe desplazándose por los caminos a la manera tradicional: por carreteras secundarias, durmiendo donde se puede.

Refleja esa vida en comunidad —una verdadera familia— que aún en nuestros tiempos caracteriza a muchas compañías de circo en gira, con sus más y sus menos, sus altibajos, enfrentándose a la lluvia, al calor, al cansancio de convivir y a los ensayos improvisados en los ratos libres.

La compañía está capitaneada por la italiana Eleonora Gronchi y el español Pablo Meneu, que dirigen también el espectáculo. El elenco responde a una lógica habitual en el circo contemporáneo: artistas de distintas nacionalidades que conforman una pequeña comunidad nómada.

Este espectáculo se creó en Valencia dentro del programa Graners de Creació, con el apoyo del Espai Inestable, el centro de formación CREAT, el Institut Valencià de Cultura y el Ayuntamiento de València.

Se trata de una propuesta para público reducido —al menos así se presentó en los Teatros del Canal—: únicamente ochenta personas, dispuestas a dos bandas, cuarenta a cada lado, en dos filas enfrentadas a otras dos filas.

El público entra en el escenario de la Sala Roja de los Teatros del Canal y va ocupando sus asientos poco a poco, eligiendo con cuidado: algunos temen la primera fila por si les hacen participar; otros desconfían de la segunda por miedo a no ver bien.

En escena, a un lado hay un coche negro; al otro, una caravana Bürstner Club, que da nombre al espectáculo. Cerca del coche vemos un neumático, algunos trapos, una pequeña nevera, una farola con un teléfono y un sillón rojo… Siete artistas habitan este campamento de un circo itinerante, lejos de la civilización, mientras se enfrentan a la soledad (incluso en comunidad) y a la complejidad de la convivencia.

La función comienza con una presentación tranquila de los personajes, casi una escena costumbrista. Pablo Meneu entra con unos plátanos y los guarda en la nevera. Después llega Nicolò Marzoli, saca un par de cervezas y ofrece una a una espectadora; cuando va a dar la segunda a otra persona, Pablo le detiene: ¡no se puede regalar todo!

El escenario queda vacío y aparece Rosa Schmid con manos y pies atados; el contraste con lo anterior es inmediato. Se introduce en el maletero del coche. Poco después, Eleonora Gronchi corrige a Pablo: los plátanos no se meten en la nevera (más tarde ese mismo texto se lo dirá él a ella).

Eleonora se acerca al teléfono, llama a la pizzería, pregunta al público si quiere pizza y termina encargando ochenta y cinco; a cambio, el pizzero le pide que le cante por teléfono.

Nicolò empieza a arreglar el coche: está tumbado debajo de él y solo se le ven los pies. Claudia Zucheratto llega con un pequeño trozo de queso y le dice que ha encontrado el que le gusta. Pero Nicolò no responde, quizá no la oye bien…

Entre estas escenas cotidianas —en las que beben, bailan, celebran un cumpleaños y también se insinúan las relaciones sexuales como parte natural de la convivencia— se intercalan números de alto nivel técnico.

Rosa Schmid realiza un impactante número aéreo con cuerdas; Elena Vives ejecuta un elegante ejercicio de straps sobrevolando el coche y otro caminando sobre botellas en el techo de la caravana mientras Eleonora Gronchi canta ópera.

Guillem Fluixà protagoniza un número de clown intentando matar un mosquito con una chancla, Rosa, Nicolò y Guillem realizan portés acrobáticos; Rosa y Nicolò, juegos icarios… En resumen, Bürstner’s Club es una mezcla constante de costumbrismo y acrobacia, acompañada de una selección musical impecable que hace las delicias del público.

Tras la función hubo un encuentro con el público moderado por la directora del Festival Riesgo, Eva Luna García-Mauriño. En él, Eleonora y Pablo explicaron que la vida en la caravana —que ellos mismos han experimentado en gira— tiene algo de surrealista, y ese carácter es el que han querido trasladar al espectáculo.

A partir de las preguntas de los treinta espectadores que se quedaron al encuentro, se habló del valor de crear un espectáculo entre amigos, lo que había permitido desarrollarlo en apenas veinte días gracias a la confianza mutua y al conocimiento previo entre los intérpretes.

Surgieron también reflexiones sobre la edad y el paso del tiempo, y se hizo referencia a números que antes algunos podían realizar y ahora no, con la consiguiente necesidad de incorporar artistas más jóvenes para determinadas acrobacias.

Se mencionó igualmente la idea constante de traspasar límites: el momento en que se consigue un doble mortal y el entrenador, lejos de felicitar, pregunta cuándo llegará el triple.

Por último, se invitó a los espectadores a correr la voz, no precisamente para la representación de este espectáculo al día siguiente dentro del Festival Riesgo (con el aforo estaba agotado desde hacía días), sino para animar a más gente a acercarse al circo contemporáneo y desprenderse de los prejuicios que todavía lo rodean.

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