Clown íntimo dentro de una yurta [Si c’est sûr c’est pas peut-être, Cie Takakrôar]
En la última semana del Festival Riesgo se ha podido ver Si c’est sûr c’est pas peut-être, de la compañía Cie Takakrôar, una formación de reciente creación procedente del noroeste de Francia integrada por tres jóvenes artistas con una sublime intuición para el clown: Louison Lelarge, Charly Sanchez y Madeg Menguy. Tocan varios instrumentos musicales, desafían a la gravedad, se convierten en filósofos a la hora del té y, sobre todo, juegan, entre ellos y con el público, con una facilidad natural para provocar la risa.
La compañía comenzó hace cuatro años componiendo la música del espectáculo; a partir de ahí crearon algunas escenas y, al unirlas, aparecieron los personajes y la dramaturgia final, cuyo estreno tuvo lugar en 2025.
Ahora ese espectáculo —una mezcla de clown, teatro y circo, con abundantes dosis de humor absurdo— se presenta en la Sala Negra de los Teatros del Canal dentro del armazón de madera de una yurta (una tienda de campaña circular cubierta por fieltro o pieles y usada por los nómadas de Asia Central), con capacidad para 75 espectadores distribuidos en tres filas muy próximas a los artistas.
El público rodea a los intérpretes y la primera fila casi puede tocarlos. Es un espectáculo muy íntimo y, al mismo tiempo, debido a la cercanía de los espectadores, los artistas quedan más expuestos que nunca.
Cuando el público entra y elige asiento, los tres intérpretes ya están en escena como quien está en su casa: en bata y calcetines, sentados en unas sillas con ruedas alrededor de una mesa situada en el centro. Bajo las batas llevan camisa, corbata y calzoncillos. Uno de ellos se acerca al personal de sala para comprobar si ya pueden comenzar el espectáculo.
Entonces se cierran las puertas de la yurta y deciden preparar una peculiar infusión: colocan unas flores en una tetera de porcelana, activan un cronómetro para calcular el tiempo que deben infusionar y esperan, unos con más paciencia que otros.

Como se cansan, van hacia un lateral y se disponen a tocar unos instrumentos (teclado, guitarra y contrabajo). Pero el guitarrista invade el espacio del contrabajista, y eso hay que solucionarlo con buenas palabras… Toda esta conversación se desarrolla en un susurro en castellano —con el texto aprendido para la ocasión— que, gracias a la cercanía, se escucha perfectamente.
Por fin comienzan a tocar y, en mitad de la canción, suena el cronómetro y regresan a la mesa: vierten el contenido del jarrón (un líquido ligeramente azulado) en tres tazas y se lo beben.
A partir de ahí, el espectáculo se despliega como una sucesión de juegos que fracasan o se ejecutan de forma peculiar, y la sonrisa del público va en aumento: equilibrios sobre uno de los maderos del techo de la yurta, con uno de los tres colgándose desde lo más alto protegido por una absurda armadura de cajas; lanzamientos de platos metálicos; un intento de uno de ellos de mantenerse en equilibrio cabeza abajo sobre los pies de otro; un fallido truco de cartas (el de la mandarina misteriosa) con el público; un castillo de naipes sobre una mesa en movimiento…
Incluso hacen referencia a una teoría filosófica sobre las leyes fundamentales de la estupidez humana, dividida en varios epígrafes. Se preguntan qué sentido tienen las acciones estúpidas que están realizando, pero no encuentran respuesta.

A mitad del espectáculo, el público ya ríe a carcajada limpia. Como colofón, tratan de tocar los instrumentos mientras ejecutan una graciosísima coreografía de besos cada vez a más velocidad. Al finalizar, el público los ama profundamente: ¿cómo no amar a estos tres clowns?
Según las imágenes que circulan por internet, el espectáculo presenta múltiples variantes: hay escenas que en esta ocasión no se han mostrado. Es una lógica propia del circo y del clown, donde modificar un fragmento no hace que el conjunto se resienta, algo impensable en montajes teatrales como Hamlet o La casa de Bernarda Alba.
Aunque tanto en teatro como en circo el espectáculo evoluciona a medida que avanzan las funciones, por su propia concepción el circo ofrece una libertad mucho mayor y está más abierto a transformaciones profundas.
Pese a la incomodidad de los asientos, la duración —unos cincuenta minutos— hace que el cuerpo del espectador no sufra en exceso. El público aplaude con entusiasmo y abandona la yurta visiblemente satisfecho.
A la salida, lo más comentado es la calidad del propio festival: incluso se escucha que podría llegar a desbancar al Festival de Otoño (una pareja asegura que el año próximo comprará todas las entradas de Riesgo y no tantas de Otoño).