Ver el mundo cabeza abajo [Le complexe de l’autruche, Collectif d’Équilibristes]

Ver el mundo cabeza abajo [Le complexe de l’autruche, Collectif d’Équilibristes]
Fotos: Gaby Merz

La última función del Festival Riesgo ha sido Le complexe de l’autruche, de la compañía francesa Collectif d’Équilibristes, que ha llenado de humanos cabeza abajo y de avestruces el escenario de la Sala Roja de los Teatros del Canal.

Se trata de un espectáculo de creación colectiva estrenado en 2021 y firmado por los ocho componentes de una compañía formada en Francia en 2010, todos ellos artistas de circo contemporáneo. La especialidad de este colectivo, como demuestra esta propuesta —que exige un virtuosismo físico que pocas veces se ve sobre el escenario—, son las verticales, es decir, el equilibrio sobre manos.

Es bien conocida la leyenda de que el avestruz esconde la cabeza para no enfrentarse a la realidad. A partir de esta premisa, la compañía decide subvertir la idea: sí, estos ocho acróbatas se enfrentan a la realidad, pero de otra manera, cambiando la perspectiva y mirando el mundo cabeza abajo. La metáfora es clara y eficaz, aunque a lo largo de la pieza se repite de forma insistente, hasta el punto de que el espectáculo se siente algo alargado.

La pieza comienza con un casting: un equilibrista realiza una serie de ejercicios ante otro que los evalúa y le da consejos en un castellano con acento francés. Después, los ocho intérpretes, descalzos y vestidos con una ropa cómoda, como de entrenamiento, realizan una coreografía grupal de equilibrios sobre manos que ocupa todo el escenario: a veces todos ejecutan el mismo movimiento; en otras ocasiones se alternan y unos van hacia la derecha, otros hacia la izquierda…

Desde la siguiente escena, cada uno construye con su cuerpo la figura de un avestruz y, a partir de ahí, irán alternando entre ese animal y ellos mismos cabeza abajo, a veces lo hacen de forma colectiva y otras en solitario.

Unas veces se apoyan en soportes elevados, dispuestos a distintas alturas; otras, directamente sobre el suelo. Todo ello está plagado de momentos de humor que provocan carcajadas, sobre todo en el público más joven, y está iluminado con mucha delicadeza, de modo que la luz tenue y el humo crean un ambiente inquietante que invita a dejarse llevar.

Las veces que se ponen cabeza abajo son incontables. Como se lee en su propia web, la pieza contiene 417 equilibrios en siete minutos, siete minutos sin equilibrios y un equilibrio que dura siete minutos (una mujer permanece siete minutos cabeza abajo mientras una fiesta se desarrolla a su alrededor).

Estos espectaculares datos numéricos subrayan el virtuosismo físico del montaje, pero también apuntan a que la pieza se fundamenta en la acumulación, y por tanto la sucesión de proezas termina imponiéndose como principal motor del espectáculo por encima de una evolución narrativa algo más compleja.

No obstante, cuando caminan sobre los pies, bailan o cantan, tal y como lo haríamos nosotros, se agradece, y esos momentos nos permiten valorar más aún esos momentos en los que se colocan cabeza abajo.

Tras los aplausos, que han sido largos, una de las acróbatas ha dirigido unas palabras al público, ha agradecido la cálida acogida, y ha puesto un buen broche final a esta segunda edición del Festival Riesgo con un grito tan simple como eficaz: «¡Viva el circo, viva el amor!».

Al salir, tanto en el hall como en la calle, público de todas las edades —con una mano en alto, la otra entre las piernas y el cuerpo doblado por la cintura— hacía de avestruz. Ese gesto contagioso prolonga la experiencia fuera de la sala, pero también confirma que la imagen del avestruz, más que abrir nuevas lecturas sobre la realidad, se impone como icono lúdico del espectáculo.

Otra parte del público, que por pudor no hizo el avestruz, quizá lo intente en casa, a solas, lejos de las miradas furtivas del resto de espectadores. Yo, cuando termine de escribir, voy a intentarlo.

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