Las que estaban antes [Voces que no ves, Pepa Plana]
Siempre es un acontecimiento que Pepa Plana se deje caer por los escenarios madrileños. En esta ocasión ha sido con una única función de Voces que no ves, dentro del Mes del Payaso del Teatro Circo Price, el pasado 26 de septiembre. La función está dirigida por Joan Arqué y Pepa Plana comparte escenario con Clara del Ruste.
Pepa Plana, que está, como siempre, maravillosa, se mezcla con el público antes de que comience la función. Con un gran fardo a la espalda empieza a recorrer filas y butacas, arrancando las primeras risas.
Habla de una prueba para un papel que se va a hacer en ese espacio y pregunta al público si también ha ido al casting. Se escucha entonces la cuña de «apaguen sus móviles», en la voz de Pepe Viyuela. Pepa contesta a Viyuela y después dice que hay gente que es imbécil, refiriéndose a quienes no apagan el teléfono. Ya en esos primeros minutos vemos que Pepa no se calla nada.
Le pregunta algo a una espectadora y, cuando esta responde, la manda callar porque, si no, aquello no va a comenzar nunca. Grita que ya se puede empezar, a ver si alguien en el escenario la escucha, pero no tiene éxito.
Así que entra en escena para buscar a alguien para la prueba. Según dice, quieren a una persona de su perfil y, claro, se pone de lado y nos enseña su perfil. Entonces se escuchan unas voces de payasas o actrices: son esas voces que no vemos y que dan título al espectáculo, voces de mujeres que siempre han estado ahí, trabajando en el teatro y el circo.
Pepa descubre que de una gran caja sale humo. Sale corriendo a buscar agua y, cuando está fuera, la pared frontal de la caja cae y aparece Clara del Ruste, sentada y con un enorme moño. Intenta levantarse, pero el moño choca varias veces contra el techo hasta que consigue salir.
Empieza entonces a intentar dar un recital, hasta que vuelve Pepa para apagar el supuesto incendio con un barreño de agua que, asegura, ha tenido que ir a buscar hasta Cibeles. Sin mirar, le tira el agua encima.
A partir de ahí se suceden los números clásicos de clown, entre la payasa Augusta de Pepa Plana y la Carablanca de Clara del Ruste.

Y aquí está una de las claves del espectáculo: no se trata simplemente de hacer números clásicos de payasos, sino de comprobar qué ocurre cuando son dos mujeres quienes ocupan esos papeles que durante tanto tiempo hemos visto interpretados por hombres.
Pepa quiere ser actriz y trabajar en el teatro. Pregunta por el director del Price. Está de vacaciones. Pregunta por el gerente y tampoco está, así que deduce que está de vacaciones con el director.
Pregunta finalmente por el secretario, que tampoco está. «Los tres están de vacaciones juntos», se escandaliza Pepa, que acaba concluyendo que aquello es un putiferio y se marcha con un «chao, pescao».
En una clara conexión con la actualidad madrileña, el «chao, pescao» aparece varias veces a lo largo de la función hasta transformarse finalmente en «chao, cacao».

La broma tiene algo más detrás: Pepa ha llegado a un teatro buscando trabajo y acaba descubriendo que, mientras los responsables nunca están, a ella sí le encuentran rápidamente una ocupación: señora de la limpieza.
Pepa se opone, pues ha ido allí a hacer teatro y asegura ser muy buena actriz de comedia, de drama y de teatro épico. Clara le propone entonces Molière, Brecht, Racine, Chéjov, Ana Diosdado y Shakespeare; Pepa repite como puede todos esos nombres, pero cuando llega al último dice que ese no, porque lo hace todo el mundo.
Las dos empiezan entonces a ensayar una escena de la obra griega Lisístrata, protagonizada por la heroína del mismo nombre a la que Pepa llama «la drogadicta», confundiendo los significados de la palabra «heroína».
Una caja se convierte en templo y una escalera plegable hace las veces de escalera de mármol —o de «escalera de mierda», según Pepa—.
Clara le proporciona un improvisado escudo y un caballo, que no es otra cosa que una fregona, y ambas ensayan una escena que acaba, como era de esperar, con Pepa empapada y bebiendo más alcohol de la cuenta.

Después de esta sucesión de números y de las consiguientes carcajadas del público, cuando quedan unos diez minutos para el final llega un tajante cambio de tono.
Por boca de las dos empieza a salir una retahíla de frases machistas que algunas mujeres han tenido que escuchar alguna vez, entre ellas «Las mujeres no saben hacer reír».
Primero aparecen como comentarios generales y después de forma más concreta, atribuidas a hombres con nombre y apellido, algunos vinculados al mundo de la cultura.
El mecanismo es sencillo y efectivo: convertir el desprecio en una nueva colección de gags y devolver esas palabras a quienes las pronunciaron. Y, de paso, demostrar que sí, que las mujeres pueden hacer reír. Como declaración de principios, las dos incluso cantan una haka, el ritual maorí que sirve para intimidar al adversario.
La carcajada sigue estando presente al escuchar alguna de esas frases, con esa especie de risa floja que provoca reconocer que tal o cual barbaridad fue pronunciada por alguien conocido.
Después de haber pasado buena parte de la función demostrando que estos números clásicos también pueden funcionar en manos de dos mujeres, el espectáculo pone sobre la mesa las razones por las que quizá hemos tardado tanto en verlo.
El final es entrañable: pompas de jabón que aparecen por un lateral y Pepa, armada con un cazamariposas, intenta atraparlas al son de una alegre música.

Después, Clara canta Padam Padam, de Édith Piaf, ciertamente mejor cantado que el cuplé de Sola en la vida de Mary Santpere que Pepa había interpretado antes. El pequeño homenaje a Santpere funciona además como otro recordatorio de una tradición de mujeres cómicas que también forma parte de la historia de la escena.
El colorido vestuario de Rosa Solé e Imma Ebjol y la escenografía de Xavier Erra completan esta propuesta, construida a partir de los códigos clásicos del género: el choque entre Augusta y Carablanca, los malentendidos, los objetos que se transforman, la torpeza y el fracaso.
«Si nos habéis visto es porque estamos aquí», vienen a decir Pepa y Clara. Y quizá ahí está la clave de Voces que no ves: no solo reivindicar a las payasas que están hoy sobre el escenario, sino recordar a las que estuvieron antes.
A esas madres y abuelas que, como recuerda el espectáculo, vivieron en un tiempo en el que ni siquiera podían imaginarse como payasas.
Algunas de esas voces quizá no las vimos. Pero estaban.