Un divertido banquete [Triplette, Labú Teatre & Cris Clown]

Un divertido banquete [Triplette, Labú Teatre & Cris Clown]
Triplette. Foto: Arian Botey

Dentro de la programación seleccionada por Lola Lara para el ciclo Veranos en el Parque de la Comunidad de Madrid, el Parque Santander acogió el pasado sábado 18 de julio Triplette, una delicada propuesta de clown capaz de cautivar al público de todas las edades.

Triplette es una coproducción entre Labú Teatre (Andreu Sans y Anna Ros) y Cris Clown (Cristina Solé), dos compañías que comparten un mismo lenguaje escénico basado en el teatro físico y el clown contemporáneo. Bajo la dirección de Leandre Ribera, la pieza apuesta por un humor que huye de la palabra para apoyarse en la precisión del gesto, los silencios y la escucha entre los intérpretes. El resultado es un espectáculo que transforma la aparente sencillez en una fuente inagotable de imaginación.

La acción gira en torno a una cena imposible. Un espacio escénico delimitado por una gruesa cuerda roja y dos paneles que ocultan unos pocos objetos que irán apareciendo durante la función bastan para levantar un mundo donde todo parece dispuesto para un banquete que nunca llega a desarrollarse con normalidad.

El público se dispone en una grada semicircular de la propia compañía, con los adultos sentados a tres alturas y los niños sobre unas alfombras en el suelo. Esa proximidad favorece desde el principio la complicidad entre intérpretes y espectadores y convierte cualquier pequeño gesto en un acontecimiento compartido.

El espectáculo comienza con los tres personajes que llegan desde el fondo, vestidos de negro, con unos característicos sombreros naranjas cada uno de un tamaño distinto y el rostro parcialmente pintado de blanco. Cris Clown lleva sobre sus manos una pequeña maleta abierta que funciona como una caja de música, y en la que se ven tres sombreros como los que los que lucen los intérpretes, a escala, colocados de mayor a menor tamaño.

Como es habitual en el clown, desde el primer momento queda claro que cualquier acción cotidiana está destinada al fracaso o se va a realizar de la manera más inesperada. Colocar una mesa, mover unas sillas, extender un mantel o servir una bebida se convierten en pequeñas aventuras donde el error nunca supone un problema, sino el origen de un nuevo juego. Los tres clowns demuestran una gran capacidad para convertir lo cotidiano en extraordinario.

La dirección de Leandre Ribera se percibe en el cuidado del ritmo y en la importancia concedida a las pausas. Los gags no buscan la carcajada inmediata, sino que se cocinan lentamente y permiten que el público intuya el desastre antes de que ocurra. El humor nace de la repetición, de las miradas compartidas y de la precisión física con la que los intérpretes construyen cada situación. Los tres forman un engranaje perfectamente sincronizado, alternando el protagonismo con naturalidad y sosteniendo un delicado equilibrio entre la comicidad y la poesía.

Triplette. Foto: Arian Botey

Uno de los momentos más celebrados llega con la cena romántica con aceitunas protagonizada por Cristina Solé y un espectador invitado a subir al escenario, que resulta ser un compañero de juego excepcional. La propuesta, lejos de convertir al voluntario en objeto de broma, lo integra con gran inteligencia dentro del juego, y él además pone mucho de su parte, hasta el punto de que acaba comportándose como un clown más. La secuencia, sencilla y llena de ternura, resume a la perfección el espíritu de Triplette: generar humor desde la complicidad y nunca desde la burla.

La relación con el público constituye uno de los grandes valores del espectáculo. Los invitados a participar en el escenario lo hacen siempre desde la confianza y el respeto, mientras el resto sigue cada situación con una mezcla constante de risas, sorpresa y expectación. Niños y adultos disfrutan por igual de una función que mantiene la atención de principio a fin y que encuentra en esa comunicación directa una de sus mayores fortalezas.

Triplette. Foto: Arian Botey

Las aceitunas que vuelan por el parque, las copas que inevitablemente terminan derramadas, el agua que acaba salpicando a buena parte del público o los continuos intentos frustrados por organizar el banquete construyen un caos perfectamente medido. Cuando la escena concluye, el suelo queda cubierto de aceitunas y empapado, como si el fracaso del banquete fuera precisamente el mayor de sus éxitos. Todo parece improvisado, aunque detrás de esa aparente espontaneidad se adivina un trabajo de precisión técnica y de escucha constante entre los tres intérpretes.

Si muchos espectáculos buscan sorprender mediante grandes recursos escénicos, Triplette demuestra que bastan unos pocos objetos y tres precisos clowns para levantar un universo propio. El entusiasmo con el que el público despide la función, entre largos aplausos y sonrisas de niños y adultos, es la mejor prueba de que este banquete imaginario ha conseguido alimentar, durante unos tres cuartos de hora, la capacidad de asombro de todos los presentes.

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