Atayde, una tradición centenaria [Galas Circo Atayde]
Por las fechas en que en años anteriores se ha programado FiRCO (el Festival Iberoamericano de Circo), el Teatro Circo Price ha acogido este octubre las Galas del Circo Atayde, una compañía mexicana que este 2026 cumple 138 años, como nos recuerdan durante la representación.
Fundada por Aurelio Atayde en 1888, la compañía se presenta por primera vez en Europa, con orquesta en directo y una sucesión de números de distintas disciplinas circenses.
La función comienza a las 18.30 h, un horario pensado para atraer al público familiar. Sin embargo, en la sesión de martes que vimos, la asistencia rondaba un centenar de personas, entre ellas apenas seis o siete niños y niñas. Según se comentaba, el fin de semana anterior había registrado una mayor afluencia y se esperaba también una buena respuesta para el siguiente.
Sobre el telón de fondo un luminoso de bombillas deja leer la palabra ATAYDE y, debajo, una fecha: 1888. Bajo las bombillas se encuentra la orquesta El Artista Invisible, formada por nueve músicos y dirigida por Carlos Alberto Ramírez, que acompaña buena parte del espectáculo con un repertorio que va de Simon & Garfunkel a Tina Turner, pasando por los musicales Barnum o Chicago.
En escena se puede ver a dieciocho artistas que recorren distintas disciplinas: malabares con pelotas, mazas y aros, equilibrio sobre rulos, hula hoop, straps, rueda cyr, danza con un elenco de cuatro mujeres y dos hombres, funambulismo…

Hay también suspensión capilar y un breve momento de suspensión mandibular en el número de una pareja de patinadores sobre una pequeña plataforma circular, y estos dos son los números que más llaman la atención por su dificultad y el riesgo que entrañan.
Otros números resultan más discretos, aunque algunos destacan por su elegancia.
El espectáculo apuesta por un circo clásico y convencional, con una sucesión de disciplinas conocidas y pocas sorpresas. No hay una voluntad clara de construir una dramaturgia que dé unidad a los números, que se suceden siguiendo la estructura habitual de la pista. La propuesta se mantiene fiel a los códigos del circo tradicional, pero pocas veces consigue despertar el asombro o dejar huella.
Hay otro aspecto que llama la atención: pese a tratarse de una compañía mexicana que cruza por primera vez el océano para actuar en Europa, apenas hay rastro de ese origen en la propuesta. La selección musical se mueve por un repertorio internacional, fundamentalmente anglosajón, y no parece buscar una identidad ligada al folclore mexicano.
Tampoco ayuda a acercarse a sus protagonistas la ausencia de un programa de mano y de información sobre los artistas en la web del Teatro Circo Price. Sabemos que son dieciocho porque podemos contarlos en los números inicial y final, pero no quiénes son. Una ocasión como esta habría merecido, al menos, poner nombre a quienes salen a la pista.

El apartado cómico tampoco termina de levantar el vuelo. Pancho, un marciano que llega dispuesto a destruir a la humanidad, protagoniza dos momentos. En su primera intervención saca a un espectador de entre el público, como representante de los humanos, para enfrentarse con él.
El voluntario improvisa un chiste que provoca más risas que las intervenciones del propio payaso, quien, herido en su amor propio, le reprocha que no puede hacer más gracia que su espectáculo.
Hacia el final de la tarde, el marciano reaparece convertido en un augusto, acompañado por un hombre de negro que ejerce de cara blanca; el intento de recuperar el juego clásico de payasos tampoco termina de funcionar, y el número concluye cuando ambos intérpretes abandonan la escena, sin un remate que le dé verdadero cierre el número. Quizá habría sido mejor situarlo antes en la gala y buscar para el final otro número más gracioso.

Sin embargo, hay varios pasajes más atractivos que el resto, como los ya mencionados de suspensión capilar y de los patinadores y, especialmente, uno de clown que reúne distintas habilidades musicales.
Un payaso canta en directo la famosa aria de El barbero de Sevilla, de Rossini, sobre una base musical grabada; toca el saxofón y consigue interpretar On My Way dejando escapar el aire de un globo poco a poco y modulándolo con la abertura de la boquilla frente al micrófono, mientras la orquesta lo acompaña.
Finalmente, tras bailar algo de claqué, toca la melodía principal de Razzle Dazzle, del musical Chicago en un órgano de botellas de cristal y con la orquesta interpretando el acompañamiento. Es, probablemente, el número que más consigue mantener la atención, gracias a la variedad de recursos musicales y a los pequeños giros que va introduciendo.
La orquesta es uno de los elementos más sólidos de la gala y aporta cuerpo musical a unos números que no siempre consiguen mantener el interés por sí mismos. Su presencia cobra especial sentido en el tramo final, cuando todos los artistas se reúnen en la pista para bailar al ritmo de Bella ciao.

Las Galas Atayde reivindican una tradición circense centenaria y ofrecen una velada agradable para quienes buscan un circo sin grandes complicaciones.
Pero entre la longevidad de una compañía y la capacidad de sorprender sobre la pista hay una distancia que no siempre se salva.
Los 138 años de historia merecen nuestra atención; la función, o al menos la que vimos, no consigue convertirlos en un gran espectáculo.