Luis ‘Loco Brusca’: los viejos clowns nunca mueren
La sala Romagosa acogerá el viernes 23 de octubre a las 22:30 a Loco Brusca y su aclamado show Mr. X. La cita es uno de los grandes reclamos de la 21ª edición del Festival Internacional de Pallassos de Cornellà de Llobregat – Memorial Charlie Rivel.
Ramon Bech ha tenido la ocasión de entrevistar al veterano clown argentino y trazar su recorrido personal y profesional.
Orígenes
Luis María Brusca Urbano (Arata, La Pampa-Argentina, 05/10/1964) era el niño más inquieto de todos los que vivían en Ingeniero Luiggi, un pequeño municipio de La Pampa, donde de vez en cuando llegaban humildes circos ambulantes que despertaban la curiosidad de toda la chiquillería.
Ver alzar una carpa y desmontarla o contemplar a los animales eran espectáculos tanto o más interesantes que la función. Nada, sin embargo, comparable al día que fue al Tihany en Mar del Plata y alucinó con la grandiosidad de las instalaciones y la calidad de un programa repleto de grandes atracciones.
La pasión por el circo, no obstante, no fue más allá de construirse dos aros de madera y crear un sencillo número de malabares sobre patines que presentó en una fiesta escolar de fin de curso.
Empezar de cero
Convencido de que su futuro pasaba por el mundo de la interpretación, se matriculó en la Escuela Nacional de Arte Dramático de Buenos Aires. La decepción fue grande: un aula masificada hasta más no poder y un método de enseñanza que no le convencía.
Además, quería dejar atrás la mala vida que llevaba y tenía claro que su país no era el mejor lugar para abrirse camino en una profesión tan inestable como la que había escogido.
Enfadado con el mundo, en lugar de acabar el curso, compra un billete de avión con destino a Madrid, persiguiendo el sueño de formarse como director de cine. Una auténtica locura, porque ni disponía de información sobre dónde demonios estudiar, ni conocía a nadie que pudiera echarle una mano.
El 10 de septiembre de 1985 llega a la capital del Estado español y pronto se da cuenta de que se encuentra en un callejón sin salida. Se le ocurre dejar las maletas en la consigna del aeropuerto y subir sin billete al primer tren hacia Barcelona.
Un día, mientras viaja en autobús, ve un anuncio del Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya, dirigido entonces por el argentino Héctor Faver. No se lo piensa dos veces, llama por teléfono y se inscribe.

Regresa a Madrid para recoger su equipaje, empieza los estudios y también se apunta a una escuela de teatro que había en la calle Bilbao de la Barceloneta, donde conoce a dos actores con los que rueda una corta tragicomedia inacabada porque la chica que filmaba se olvida de cambiar de cinta y registrar las últimas secuencias. Tota una premonición: aquel camino no llevaba a ninguna parte.
La vida aprieta cada vez más. Su mujer llega de Argentina y da a luz a su primer hijo en la Ciudad Condal. Se alojan en una pensión de mala muerte y los ahorros se acaban. No le queda otra que hacer algo para llevar dinero a casa. Se viste con un traje de aviador que le había regalado un amigo, se recoge el cabello con una coleta, se maquilla con un toque oriental y sale a la calle a buscarse la vida.
Llega ante la Catedral y el pánico escénico le invade. Tarda unos cuantos minutos en atreverse a empezar a actuar. Durante un buen rato hace de estatua que de vez en cuando se mueve parsimoniosamente. Pocas monedas caen en los dos boles de coco que utiliza para pedir la voluntad. Y así, día tras día, para ganar lo justo para sobrevivir.
Consigue alquilar un cuarto piso en el Gótico sin ascensor. Pero la situación se complica aún más: se separa cuando su mujer está embarazada de Luna y el pequeño Syd tiene pocos meses. Finalmente, ella acaba marchándose de casa y él se queda con la custodia de los pequeños.

La presión para llevar el pan a casa es angustiante: no puede fallar, tiene que ser bueno por narices. No hay día que no saque un gag nuevo para sorprender a los transeúntes. Se inventa un número de mimo con un silbato, pero la cosa no mejora.
Todo cambia cuando se le ocurre empezar a hacer reír persiguiendo a la gente que se encuentra por la calle, idea con la que tanto él como Àlex Navarro consiguen hacerse populares por los alrededores del Bar Zurich. Y así, de la noche a la mañana, como por arte de magia, empieza a ganarse muy bien la vida.
Durante un tiempo trabajan juntos como la Cia. A Cap cap cap. Se trasladan a Ibiza para hacer la temporada veraniega y, a la vuelta, cada uno vuelve a ir por su cuenta.
Primeros éxitos en solitario
Luis aprende la técnica de la globoflexia y perfecciona el lenguaje clownesco con grandes maestros como Jango Edwards, Johnny Melville y Albert Vidal.
Después de mostrar su rechazo por la guerra de Irak en General Mierden (1991), alumbra su primer gran éxito: Speerman & his friends (1994). La provocación de este gamberro antihéroe funciona porque no se corta un pelo: tras repartir unos cuantos paraguas saca una pistola de agua y rocía a discreción, se pone un condón en la cabeza y critica a la Iglesia su oposición a los métodos anticonceptivos…
Un día de 1995 se presenta a una audición que el Festival de Teatro de Shizuoka hace en una sala de baile de Sants y consigue que lo contraten. Se da cuenta de que tiene delante la oportunidad de su vida y se aprende el texto de su solo en japonés.
Las dos primeras actuaciones el día del estreno son un fracaso: nadie ríe. Desesperado, empieza a pensar cómo dar la vuelta a la situación y se le ocurre gesticular muchísimo y gritar como los cómicos de manga. Mano de santo: los nipones se ríen a mandíbula batiente.
Al año siguiente lo vuelven a invitar y consigue que todo el mundo hable de él gracias al one minute show previo a la inauguración del festival.
Luis, ante un inmenso teatro lleno hasta la bandera, presenta una versión reducida de la rutina de la pulga. Un insecto invisible cae en la cabeza de un espectador e intenta enviarlo al otro barrio a martillazos. Fracasa en su intento y el bicho vuela hacia otra pista de aterrizaje. Luis coge un martillo gigante y consigue su propósito. ¿Cómo es que todo el mundo se descojona? ¡Sin saberlo, había golpeado en la cabeza al alcalde de Shizuoka!

El argentino se vuelve a meter a todo el público en el bolsillo: le regalan un muñeco de Speerman fabricado a mano y un montón de fotos de las actuaciones del año anterior, y después de la función siempre había gente esperándole para hacerse una foto con él o pedirle un autógrafo.
De nuevo, un éxito apoteósico tanto en Shizuoka como en el Tivoli Park de Kurashiki. Había algo, sin embargo, que lo sacaba de quicio: cuando sacaba a un niño del público para subirlo sobre sus hombros al monociclo casi siempre lloraba, y se veía en apuros para encontrar quién aceptara.
Como anécdota con este espectáculo, la que tuvo lugar en Figueres el 1998. Sperman dirigía el tráfico en el centro de la ciudad hasta que un joven bajó de un coche para pedirle que dejase de hacer el indio.
Al ver que no le hacía ni el más mínimo caso le enseñó una placa de los Mossos d’Esquadra y a continuación le pidió que se identificara, pero Luis, haciendo caso omiso, intentó bailar un tango con él. La cosa fue subiendo de tono hasta que alguien le explicó al agente del orden que era un clown contratado por el Ayuntamiento.

La reinvención constante
Tal como pasó con películas de superhéroes como Superman o Batman, este espectáculo tuvo una secuela: Speerman Returns (2013), donde demostró de nuevo por qué es admirado por los niños, adorado por las mujeres y envidiado por los hombres…
Después del personaje Don Zoilo (1996) y sus cuentos delirantes, critica el machismo en Te tango tanto (1999). Haciendo tándem con Cristina Solé, muestra su habilidad como lanzador de puñales, disciplina que empezó a practicar a los diez años influenciado por las películas del Far West.
Seguidamente, con la bailarina Eva Magrané concibe Petrushka y Gork (2001), pieza que no tuvo mucho recorrido, quizá porque era demasiado contemporánea para la época y el público no acababa de entenderla.
Todo lo contrario que El hombre esquizofrénico del siglo XXI (2003), donde influenciado por las películas de Tarantino interpreta, con una energía desbordante, un reguero de personajes que suben y bajan de un autobús de línea urbana, demostrando una habilidad camaleónica para pasar de un protagonista a otro en un abrir y cerrar de ojos.
A continuación, llega Agonía de la naturaleza (2004), espectáculo en el que carga con fuerza contra todos aquellos que aún no han entendido la carta que el jefe indio Noah Sealth envió al presidente de los Estados Unidos en respuesta a la oferta de compra de las tierras de los suquamish: «Solo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, te darás cuenta de que no puedes comer dinero».
Una improvisación en la Ópera de L’Hospitalet, con la idea de hacer el ridículo y después hacerse el harakiri, dio pie a la creación de una nueva disciplina: el butoh clown, que tiene como idea inicial la parodia de los movimientos erráticos y grotescos, en muchos casos repetitivos, de esta danza nipona. Partiendo de ahí ha creado tres espectáculos: Guasabi (2007), Guasabi-Bunraku (2015) —con la mexicana Valeria Monforte—, y Guasabi Spicy (2023).
Desgraciadamente, ni Los cuentos del Tipi (2007) ni Baka Struck (2011) consiguieron girar demasiado. El primero supuso una ruptura con todo lo que había hecho hasta entonces, creando un espectáculo dirigido a la infancia de hasta doce años, contando con la complicidad de Lluís Petit y Alba Serraute y la música de Claudio Levati.
Este último también le acompaña musicalmente en la segunda obra, Baka Struck, donde tenía como eje central la manipulación, tanto la que ejercemos sobre los demás como la que recibimos del exterior.
Más éxito tiene con Mr. X (2010), donde se mete en la piel de un personaje histriónico que critica la locura del mundo actual, invitándonos a alejarnos de todo aquello que nos hace daño emocionalmente. La idea tendrá continuidad en SIMIUS X-22 (sin estrenar aún), donde recrea una especie de experimento tipo Dr. Jekyll y Mr. Hyde para cuestionar si el hombre viene del mono o es al revés.
El legendario payaso Emmet Kelly lo inspiró para crear al entrañable vagabundo de The train… is gone (2018), el cual, hecho polvo tras perder un tren, entretiene a la gente que se encuentra en el andén de la estación.
Una tragedia familiar
Luis no ha tenido una vida fácil. El 27 de septiembre de 1991 desapareció su hermano José Daniel. La Policía Nacional no le dejó hacer la denuncia correspondiente hasta presentar un certificado conforme el joven argentino de dieciocho años vivía de manera legal en el país. El trámite burocrático no sirvió de nada.
La desesperación de la familia les llevó a explicar el caso en Quién sabe dónde, programa de TVE de máxima audiencia, y a viajar a París porque alguien les dijo que habían visto al desaparecido haciendo malabares por las calles.
Luis, después de años sin tener noticias, denunció la desaparición a los Mossos d’Esquadra. La policía catalana acabó comunicándole, treinta y tres años más tarde de la fatídica fecha, que su hermano había muerto el mismo día que desapareció en el aeropuerto de El Prat.
A día de hoy, las causas del fallecimiento no están claras: un traumatismo craneoencefálico causado al chocar contra una torre de control. Pero ¿cómo llegó hasta allí? Esta y otras preguntas continúan sin respuesta. Lo único evidente es que el hecho de que en aquella época los dos cuerpos policiales no compartieran información provocó un desesperante silencio administrativo y que el difunto haya estado durante más de tres décadas enterrado en el cementerio de El Prat de Llobregat.
Ni el propio Luis sabe cómo ha podido hacer reír a la gente con el corazón roto. A día de hoy sigue al pie del cañón, impartiendo talleres de teatro de calle, improvisación y butoh en la naturaleza, y haciendo bolos muy de vez en cuando.
Cada vez le cuesta más encontrar trabajo en un circuito en el que uno nunca sabe por qué puedes pasar de tener la agenda llena a no tener nada. Pasados los sesenta, el psicoclown argentino vive cada actuación como si fuera la última.

El tiempo le ha pasado volando, pero el mejor telón de fondo es su familia: cuatro hijos —Syd, Luna (los que están en la foto), Nayara y Ilan— y dos nietos, uno de cada uno de sus dos hijos mayores, Emma y Riu.