El circo de las chaquetas [Décrochez-moi ça!, Bêtes de foire]

El circo de las chaquetas [Décrochez-moi ça!, Bêtes de foire]
'Décrochez-moi ça! ' de Bêtes de foire. © Vincent Muteau

Dentro del ciclo dedicado al clown que el Teatro Circo Price programa del 17 de septiembre al 4 de octubre, conviven propuestas que recorren desde la tradición más clásica del payaso hasta formas de creación contemporánea.

El programa comienza con Décrochez-moi ça! (¡Descuélgame eso!), de la compañía francesa Bêtes de Foire, que pudo verse los días 17, 18 y 19 de septiembre.

La compañía nace del encuentro entre el artista circense Laurent Cabrol y la figurinista y actriz Elsa De Witte, dos creadores unidos por el deseo de recuperar una forma de circo artesanal. En este espectáculo, esa mirada se traduce en una propuesta que combina circo, teatro visual, humor, música en directo y teatro de objetos.

Como siempre en los espectáculos de carpa pequeña, la experiencia comienza antes, con la entrada en la carpa. En esta ocasión, el público espera en la parte trasera de la pista del Price, y tras la habitual cuña sonora que pide apagar los teléfonos, en voz de Pepe Viyuela, se abre la carpa y los espectadores van ocupando una pequeña grada circular de madera, con cuatro accesos.

A pesar de la lucha por entrar, no es necesario ser de los primeros, ya que eso no asegura un mejor asiento. Pero lo mejor de esta forma de acceder es que la relación con los intérpretes comienza desde ese momento. Te preguntan si vienes acompañado, te indican dónde sentarte y, si estás en primera fila, te recomiendan no estirar las piernas: «Va a haber mucho tráfico durante una hora», advertía Elsa De Witte. Y no exageraba.

La pequeña carpa, con capacidad para algo más de 150 espectadores, contribuye a crear esa sensación de proximidad. En el centro, sobre una plataforma giratoria, hay dos burras de vestuario con numerosas chaquetas colgadas. Sobre ellas aparecen también sombreros y otros objetos que sabemos que acabarán entrando en juego.

A un lado está el músico rodeado de instrumentos que resultan tan extravagantes por su aspecto como por la manera de hacerlos sonar. Enfrente se encuentra un regidor, que se ocupa de manipular los mecanismos y mover los distintos elementos del escenario. Todo está a la vista y todo parece preparado para entrar en juego en algún momento.

El espectáculo arranca con el cierre de los otros dos accesos de la carpa, cubiertos con un buen montón de chaquetas cada uno. Elsa De Witte se pasea frente al público, abre ligeramente una de las solapas de su chaqueta y muestra la señal que prohíbe utilizar el teléfono; tras ello, abre la otra, en la que se ve la señal que prohíbe hacer fotografías.

Poco después se escucha a alguien dando vueltas alrededor de la carpa, haciendo ruido sin que podamos verlo. Es un gesto sencillo, pero suficiente para mantener al público atento y preparar el terreno para lo que viene.

A partir de ahí, Bêtes de Foire construye un universo extraño y maravilloso en el que los objetos parecen cobrar vida y cualquier elemento puede convertirse en un nuevo número de circo. Elsa De Witte y Laurent Cabrol se colocan una chaqueta sobre otra hasta acumular varias capas.

La gracia no está únicamente en la cantidad, sino en cómo la ropa comienza a modificar sus cuerpos y a limitar sus movimientos. Los dos intérpretes parecen convertirse por momentos en marionetas, atrapados en sus propias prendas. Después llega el proceso inverso: quitárselas una a una, liberándose de ese cuerpo que ellos mismos se han construido. 

Laurent concentra buena parte de los números circenses del espectáculo: lanza sombreros hacia las perchas del mástil central de la carpa y juega con las pelotas que cuelgan de una cesta de huevos, primero sobre una mesa y después contra el suelo y la superficie situada bajo ella. Son números de apariencia sencilla pero ejecutados con una precisión que deja espacio también al humor y la falsa torpeza.

Un pequeño perro aparece de repente, para sorpresa del público, y se convierte en otro de los protagonistas. Se lleva distintos objetos de Laurent, incluida alguna pelota, hasta llegar a quitarle incluso parte del vestuario. 

Elsa, por su parte, protagoniza el momento más extraño de la función: aparece caracterizada como un personaje diminuto, una mujer cargada con un enorme bulto de ropa a la espalda, que entra simplemente para recoger una chaqueta que ha quedado en el suelo. La escena tiene algo de marioneta y de cine mudo y vuelve a jugar con la transformación del cuerpo y del vestuario. Es una aparición absurda y fugaz, pero encaja en ese universo en el que los objetos parecen tener vida propia.

El espectáculo tiene algo de viaje onírico y atemporal. Sin una sola palabra, los intérpretes construyen una sucesión de imágenes en las que el humor convive con la delicadeza. Las chaquetas, los sombreros, las pelotas y los distintos elementos que pueblan la carpa dejan de ser simplemente objetos para convertirse en compañeros de juego, obstáculos o incluso personajes.

La compañía consigue así que el artificio no desaparezca, sino que forme parte del encanto de la propuesta. Además, la música en directo, a cargo Thomas Barrière y Bastien Pelenc, tiene un papel fundamental. Violín, acordeones, teclados, percusión e instrumentos inesperados acompañan cada escena como un personaje más.

El músico funciona como un hombre-orquesta y consigue que los instrumentos formen parte del juego visual. La música crea una atmósfera que oscila entre lo festivo y lo melancólico y contribuye a esa sensación de estar dentro de un pequeño mundo ajeno al exterior.

Pero no todo funciona con la misma intensidad. El tramo final supone una transformación importante del espacio. Sobre la plataforma circular se colocan varios paneles verticales, y todo el conjunto comienza a girar. A través de las rendijas del dispositivo creado se produce un efecto parecido al de un zoótropo (uno de los dispositivos ópticos que anticiparon la aparición del cine en el siglo XIX).

Pero si aquellos primeros aparatos permitían disfrutar de una sucesión de imágenes que creaban en el espectador la sensación de movimiento, aquí lo que vemos no termina de tener demasiado interés.

Es una idea visualmente poderosa y coherente con el universo de la pieza, pero el resultado, al menos en la representación que vimos, deja cierta sensación de oportunidad desaprovechada: después del largo proceso de transformación, el espectáculo no parece sacar todo el partido posible a ese nuevo dispositivo, y no tiene el mismo interés que todo lo anterior.

Más allá de este último tramo, Décrochez-moi ça! encuentra su fuerza precisamente en la capacidad de asombro que consigue generar con muy poco. Una carpa de apenas 150 espectadores, unos cuantos objetos, una música que está siempre presente y dos intérpretes bastan para construir durante ochenta minutos un mundo en el que unas chaquetas, una pelota, un sombrero o una mesa pueden convertirse en el centro de una pequeña historia.

Un circo hecho de cosas pequeñas que consigue, durante buena parte de la función, que miremos esos objetos cotidianos como si los viéramos por primera vez.

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