Los cómicos que salvaron el teatro [Chusma, Rana Teatro & Goutas]

Los cómicos que salvaron el teatro [Chusma, Rana Teatro & Goutas]

Dentro del Mes del Payaso del Teatro Circo Price, las compañías Rana Teatro y Goutas han presentado Chusma los días 23 y 24 de septiembre en la sala Parish, un pequeño espacio de poco más de cien asientos situado tras la pista central del Price.

Chusma es una comedia gestual en la que Jaime Pastor y Hayleigh Smillie interpretan a dos cómicos que huyen como polizones en un barco, con mucha hambre y un repertorio de números de corrales de comedia como único equipaje.

La pieza parte de una investigación de Jaime Pastor sobre los entremeses que acompañaron a los cómicos españoles durante el exilio provocado por la Inquisición.

Estos números, fruto del carácter itinerante de las compañías, debían adaptarse constantemente para garantizar la supervivencia de los cómicos, y han llegado hasta nuestros días transformados por su contacto con el teatro popular, el circo y, posteriormente, con el cine.

Unas pinceladas de música en directo y de acrobacia, varios objetos, guiños al cine mudo y un ligero juego con el público se mezclan en un espectáculo que atraviesa el Siglo de Oro para llegar, varios siglos después, al Teatro Circo Price.

Chico y Rana, sus protagonistas, son la chusma, término utilizado en el ámbito de las galeras para referirse a los galeotes que remaban en ellas; también se llamaba así al tambor que marcaba el ritmo de los remeros.

El público entra en la sala Parish y ve en escena dos sacos, una tela blanca, un palo, una zanahoria que cuelga del techo, una caracola gigante y una luna llena hecha con un tambor iluminado (quizá la chusma que marca el ritmo del remo).

Al comenzar el espectáculo, Chico (Jaime Pastor) sale de uno de los sacos, juega con la zanahoria y vuelve a esconderse al oír ruidos en el otro, del que asoman las orejas, similares a las de un conejo, que lleva en la cabeza Rana (Hayleigh Smillie).

Ella presenta a un personaje gracioso y soñador, muy aficionado a las zanahorias. Suena la música de La Strada, de Fellini. Todavía no sabemos muy bien qué está pasando ni quiénes son estos personajes, pero tampoco parece importar demasiado. Antes de que llegue ninguna explicación, Chico y Rana ya están luchando por la zanahoria.

La historia se cuenta casi sin palabras. La única voz, excepto en un pequeño juego de Chico con el público, nos llega a través de la caracola-radio, que proporciona en ciertos momentos las coordenadas necesarias para no perdernos, pero son los cuerpos, los objetos, la música y las miradas los que hacen avanzar la función.

Por la caracola-radio nos enteramos de que la acción comienza en 1598, con el cierre de los corrales de comedias por orden de Felipe II y el forzado exilio de dos cómicos que representaban un número con hortalizas.

Y entre el saxo que toca Chico (del que Rana consigue sacar una zanahoria), la señora del público rebautizada como Madame Versace (a la que Chico lanzará besos durante toda la obra) y las numerosas referencias al cine mudo, al clown, a la commedia dell’arte y al teatro popular, se van sucediendo los distintos momentos del espectáculo y va pasando el tiempo.

Cada objeto encuentra su utilidad: la tela blanca sirve para crear un telón, las pelotas son las bolas de los cañones del barco (y el público se verá inmerso en una batalla naval a cañonazos), el palo resulta ser un catalejo…

Y la zanahoria merece un capítulo aparte. Durante buena parte del espectáculo, los dos intérpretes intentan hacer un número con ella: lo empiezan, lo interrumpen, lo vuelven a intentar, parece que lo recuerdan y después parece que no. Aparecen más zanahorias, incluso cayendo del cielo. El número se convierte en una especie de obsesión y acaba acompañándolos durante todo el viaje hasta su llegada al Circo Price en 1921.

La obra juega también con referencias reconocibles: Chaplin aparece en una escena con un espejo que Pastor y Smillie reconstruyen desde el gesto y la precisión corporal; Fellini vuelve a través de la música; el lenguaje del circo aparece en las acrobacias y en la relación directa con el público. 

Pastor construye un personaje de enorme expresividad, capaz de provocar la risa con un movimiento de cejas, una mirada o un pequeño desplazamiento del cuerpo.

Smillie trabaja desde un registro más ingenuo y físico, cercano en algunos momentos al personaje de Giulietta Masina en La Strada, una referencia que la música de la película refuerza a lo largo de la función.

Su energía contrasta con la precisión de su compañero y entre ambos consiguen mantener un juego constante durante toda la pieza. Somos testigos de una bonita relación entre ellos: compañeros de viaje, supervivientes, niños que encuentran unos cuantos objetos y deciden convertirlos en teatro.

Y el público entra rápidamente en ese juego. Una niña que se ríe con una inocencia contagiosa durante buena parte del espectáculo y termina funcionando casi como una tercera intérprete. Los adultos también ríen, aunque de una manera bastante más contenida.

 

Muchos aplausos y vítores tras el primer final, y después llega un bis que parece no querer terminar. Chico hace subir a un espectador, al que convierte durante unos minutos en Ramón Gómez de la Serna (que dedicó parte de su obra y de sus conferencias al mundo del circo), y que acaba sentenciando una frase que aparece en el programa de mano —en el que, por cierto, se echan en falta los nombres del equipo—: «El que más noches de circo tenga en su haber, entrará el primero en el reino de los cielos».

Tras los consiguientes aplausos, Pastor explica que Chusma siempre termina en el Price y que, por primera vez, ha terminado en el Price de verdad. Después agradece al personal del espacio y pide un aplauso para su actual directora artística, Aránzazu Riosalido. 

El hecho de que la función haya llegado al Price tiene algo de celebración y también de círculo que se cierra. Aquellos cómicos que tuvieron que abandonar los corrales para seguir actuando llegan, cuatro siglos después, al Price.

Han cambiado los barcos por el circo, la Inquisición por otros obstáculos y los antiguos entremeses por espectáculos largos con un poco de todo. Pero siguen haciendo lo mismo: buscar la manera de que la función continúe. Y continúa.

A la salida, una espectadora resumió el espectáculo: «sales con el corazón tierno». Quizá sea una buena forma de explicar la sensación que dejan Pastor y Smillie después de una hora jugando con sacos, zanahorias, pelotas, una caracola y un público que, por un rato, también se convierte en parte de la chusma.

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