Volver a jugar [Voa!: La gata japonesa]

Volver a jugar [Voa!: La gata japonesa]
Fotos: Gaby Merz

Dentro de la programación de Teatralia 2026, el Centro Cultural Paco Rabal ha acogido Voa!, de la compañía La Gata Japonesa, un delicado y bellísimo unipersonal que combina circo y teatro gestual para reivindicar el juego como territorio de libertad frente a la rigidez de la vida adulta.

Con dramaturgia, coreografía e interpretación de Diego García Molino, y bajo la dirección del clown catalán Leandre Ribera, la pieza se construye desde una extrema economía de medios: una farola, un banco, una radio antigua, un cubo de basura… Apenas nada, y sin embargo suficiente para levantar un pequeño universo donde cada elemento cotidiano despliega una enorme capacidad de juego.

El punto de partida es sencillo: el intérprete, que se confunde con el público en el hall antes de comenzar, entra en la sala como un espectador más. Camina por el pasillo entre las butacas, observa, duda, se acerca a las primeras filas y mira al escenario. Sobre un banco ve una gabardina y un sombrero abandonados. Mira al público, como pidiendo permiso; este se lo concede, y finalmente sube. Se los prueba y algo cambia: como si el espíritu de su antiguo dueño lo habitara, el cuerpo del protagonista comienza a transformarse.

En un audio oímos una voz que propone volver a la inocencia, como una marioneta movida por los hilos de la ilusión. A partir de ahí, Diego García Molino comienza a jugar con todo lo que tiene y todo lo que se va encontrando, trabajando con gran precisión física y combinando técnicas de circo —cuerda, mástil— con el lenguaje del clown y del mimo. Lo más interesante de la propuesta no es el virtuosismo (que lo hay), sino que el personaje parece sorprendido de sí mismo, como si redescubriera sus posibilidades —y las de los objetos— a cada instante.

El espectáculo avanza como una sucesión de situaciones que oscilan entre el humor, la fragilidad y una leve melancolía. La relación con el público es constante y orgánica, proponiendo juegos sencillos que activan la imaginación colectiva: un gesto de manos que todos imitan, un pájaro invisible que vuela de mano en mano —“creo que era un mirlo, por el canto”, decía un niño tras la función— o ese calambrazo que recibe de la farola y contagia a un espectador de la primera fila, hasta lograr que toda la sala, cogida de las manos, sienta circular esa corriente imaginaria. El patio de butacas se convierte así en parte activa del dispositivo escénico.

Los objetos participan también de esa lógica transformadora. El banco suena, de una maleta surge una tetera cuyo contenido sorprende tanto al intérprete como al público, un pequeño paraguas provoca la lluvia al abrirse. La radio se resiste a funcionar en un juego de equívocos con un cable interminable, y aparece Elena Vives, una de sus socias de la compañía, con otro cable para ayudarle a enchufar la radio… hasta que, finalmente, el aparato suena sin necesidad de enchufe. Cada acción parece regirse por una lógica propia, ligeramente desplazada de lo real.

El diseño sonoro —siempre presente— de Proyecto Voltaire y Ander Yarza amplifica esa dimensión imaginaria: pájaros, perros, una criatura invisible que habita en el cubo de basura y devora todo lo que se arroja en él… La iluminación de Sergio Torres, muy cuidada, acompaña con precisión este tránsito entre lo cotidiano y lo fantástico.

Hay incluso un momento en que el intérprete sale al público con una suerte de estetoscopio para escuchar corazones. En el suyo propio suena un latido, pero en los de los espectadores, como ya podemos suponer, suena algo distinto. En uno de ellos se escucha una reflexión: “¿pero esto no era un espectáculo de circo?”. Y sí, lo es: un espectáculo que hace disfrutar y conmueve desde su sencillez, y en el que hay únicamente dos elegantes momentos, no muy extensos, de trabajo acrobático, un breve número de mástil (la farola) y un número de cuerda (que cae de las varas hacia el final).

Voa! propone mirar la vida sin prejuicios, invita a transformar cualquier objeto en otra cosa, e incita a habitar el juego como forma de conocimiento. La dramaturgia avanza a través de asociaciones libres, como un sueño ligero en el que las reglas nunca terminan de fijarse del todo. El público —niños y adultos— entra sin resistencia en ese pacto y disfruta visiblemente del recorrido. Se ríe, participa, se deja llevar y sale con la sensación de haber regresado, durante un rato, a un lugar puramente lúdico y abierto.

Voa! nos hace reflexionar, sin subrayados, sobre en qué momento dejamos de jugar. Y, sobre todo, nos sugiere que todavía estamos a tiempo de volver a hacerlo.

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